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Estados Unidos abre la puerta a una intervención militar en Venezuela mientras reescribe quién es terrorista y quién no según sus intereses estratégicos.
UNA DESIGNACIÓN QUE HUELE A GUERRA Y NO A JUSTICIA
Estados Unidos ha decidido que Nicolás Maduro es terrorista. No porque hayan aparecido nuevas pruebas, sino porque la escalada militar en el Caribe exige nuevas coartadas. Al etiquetar al Cartel de los Soles como organización terrorista internacional, Washington se da a sí mismo lo que llama “herramientas ampliadas” para actuar. Herramientas que, traducidas al lenguaje del Pentágono, significan margen legal para disparar primero y justificar después.
Desde este lunes, Maduro y parte de sus altos cargos quedan oficialmente alineados con nombres como Al Qaeda o Estado Islámico. La equivalencia es tan desproporcionada como útil para la Casa Blanca, que necesita convertir un conflicto geopolítico en un episodio más de su guerra infinita contra el mal.
Mientras tanto, el Caribe vive un despliegue militar inédito. El portaaviones Gerald Ford, el mayor del mundo, se incorporó la semana pasada a la “Operación Lanza del Sur”. Con F-35, 15.000 soldados y el 20% del poder naval estadounidense movilizado a escala global, la operación ya lleva días realizando maniobras frente a Trinidad y Tobago. De fondo, suena siempre la misma excusa: combatir el narcotráfico.
Las líneas aéreas suspenden vuelos. La FAA pide evitar el espacio aéreo venezolano. La prensa estadounidense cita a cuatro altos cargos que hablan abiertamente de una segunda fase militar “inminente”. Todo recuerda más a la víspera de una invasión que a una operación policial marítima.
La guerra necesita un enemigo. Y Washington acaba de fabricarlo.
EL CARTEL DE LOS SOLES COMO COARTADA PERFECTA
El problema es que el Cartel de los Soles, tal como lo describen los propios estudios estadounidenses, no es un cartel. InsightCrime —think tank especializado en crimen organizado— lo define como “una red deslavazada, sin jerarquía ni estructura” compuesta por militares y cargos públicos que colaboran en actividades de narcotráfico. No se parece a Sinaloa, ni a los grupos colombianos, ni a ninguna estructura terrorista convencionales.
Pero la precisión importa poco cuando el objetivo es otro.
Este mismo año, Washington ya había metido en su lista negra al Tren de Aragua y al Cartel de Sinaloa. Ahora añade a Maduro, duplica la recompensa por su captura a 50 millones de dólares y anuncia que la nueva categoría permite “opciones militares dentro de Venezuela”. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo dijo sin metáforas: “da a nuestro Departamento más herramientas para ofrecerle opciones al presidente”.
La etiqueta de terrorista funciona como llave. Abre puertas que el derecho internacional cerraría.
El movimiento encaja con la narrativa de Trump, que lleva semanas anunciando una “nueva fase” de la operación. Una fase en la que, según reveló The New York Times, la CIA ya tendría autorización para operaciones encubiertas dentro del país. En paralelo, cuatro fuentes citadas por Reuters apuntan abiertamente a acciones en tierra y a que entre los objetivos posibles está la caída de Maduro.
Cuando los hechos se ordenan, el mensaje es cristalino: Estados Unidos se prepara para intervenir.
UNA OPERACIÓN QUE MATA EN EL MAR Y AVANZA HACIA LA TIERRA
Hasta ahora, la Operación Lanza del Sur ha atacado al menos 20 narcolanchas, con 83 muertos. Son cifras llamativas para una intervención que dice centrarse en “detener el tráfico de drogas”, pero que por su escala militar y su lógica interna se parece más a un bloqueo progresivo de un Estado.
Trump permanece en la Casa Blanca. Rubio negocia en Ginebra. El Pentágono mueve fichas. Las aerolíneas huyen del espacio aéreo venezolano. Todo se orienta hacia un punto: la justificación previa de la acción militar.
La designación terrorista no implica automáticamente el uso de fuerza, pero permite interpretarlo como opción legítima. Esa flexibilidad jurídica, acompañada de portaaviones, cazas y tropas, suele terminar en el mismo lugar.
La historia reciente de Estados Unidos en América Latina ya explicó cómo empieza esto. Nunca explicó cómo termina.
EL TERROR QUE SE NOMBRA Y EL TERROR QUE SE CALLA
En esta ofensiva hay algo todavía más inquietante. Washington convierte en terrorista a un Gobierno extranjero al mismo tiempo que refuerza su presencia militar global, sostiene conflictos en Oriente Medio, arma a regímenes que violan sistemáticamente derechos humanos y declara “operaciones encubiertas” a puerta cerrada.
El terror, parece ser, no es lo que se hace, sino a quién se le atribuye. Y la etiqueta es una herramienta política más.
Venezuela vive una deriva autoritaria evidente. Pero convertir a un presidente extranjero en terrorista para abrir vías legales de invasión no es defensa de la democracia. Es geopolítica desnuda. Es poder. Es la misma lógica imperial que ha devastado regiones enteras en nombre de la libertad.
Y aquí está el punto central que nadie en Washington quiere decir en voz alta:
quien define al enemigo define también la guerra.
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