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Más de 30 millones dependen de ayuda mientras la violencia, el hambre y el silencio internacional se cronifican
El 15 de abril de 2023 empezó todo. O eso parecía. Aquella madrugada, los combates irrumpieron en el corazón del poder sudanés: el palacio presidencial, los aeropuertos de Jartum y Merowe. Era una lucha de poder entre dos figuras militares, Mohamed Hamdan Dagalo y Abdelfattah al Burhan. Tres años después, aquello ya no se parece a un pulso entre élites. Es otra cosa. Mucho peor.
Hoy, Sudán es una de las mayores crisis humanitarias del planeta. Más de 30 millones de personas necesitan ayuda. Más de nueve millones han sido desplazadas dentro del país. Y la guerra, lejos de apagarse, se ha fragmentado. Se ha extendido. Se ha convertido en una red de conflictos superpuestos que devoran regiones enteras.
Lo explican con crudeza en este análisis sobre Sudán al borde del abismo: el hambre ya no es una consecuencia, es un arma. Se utiliza. Se planifica. Se impone.
Y mientras tanto, el mundo mira hacia otro lado.
De lucha interna a guerra fragmentada
Lo que comenzó como un intento fallido de control del Estado ha mutado en algo más complejo. Un “archipiélago de guerras”, como lo define el analista Elhadi Abdalla Mohamed. No hay un único frente. Ni un único enemigo. Hay múltiples conflictos en paralelo: en Darfur, en Kordofán, en el Nilo Azul. Cada uno con sus actores, sus intereses y sus propias dinámicas.
Pero hay un hilo común. El control. Del poder. De los recursos. Del territorio. Y, sobre todo, de las rentas que genera la guerra.
Porque aquí la guerra también es negocio. El oro, por ejemplo. Sudán es uno de los principales productores del continente africano. Y ese oro circula. Financia. Alimenta alianzas. Emiratos Árabes Unidos ha sido señalado por su apoyo a las fuerzas paramilitares a través de estas redes. Egipto respalda al ejército. Otros actores internacionales juegan sus cartas. No es una guerra aislada. Nunca lo fue.
Mientras tanto, sobre el terreno, la forma de combatir ha cambiado. Menos caos inmediato, más desgaste prolongado. Drones. Asedios. Bloqueo de suministros. Ataques a infraestructuras. Una guerra más fría en apariencia. Pero igual de devastadora.
El asedio de El Fasher es un ejemplo claro. Desde abril de 2023 hasta octubre de 2025, cientos de miles de personas quedaron atrapadas. Sin agua. Sin comida. Sin salida.
“Nuestra vida sucedía en los túneles, sin comida y sin agua”, relató una trabajadora humanitaria. Cuando ya no quedaba nada, la gente empezó a comer cuero de animales muertos. Literalmente.
El coste humano: hambre, desplazamiento y violencia
Las cifras son abrumadoras. Pero no bastan para entender lo que está pasando.
Mariam tenía 18 años cuando fue violada por hombres armados mientras buscaba agua en El Fasher. No lo contó. Tenía miedo. Semanas después, su familia descubrió que estaba embarazada. Su historia no es una excepción. Es parte de un patrón.
La violencia sexual se ha convertido en una práctica extendida. Informes de organizaciones como Plan International señalan que en Darfur las adolescentes identifican el matrimonio infantil (18%) y la explotación sexual (16%) como formas habituales de violencia. A eso se suman violaciones, acoso, abuso psicológico. Todo normalizado dentro del caos.
Salir a por agua o leña se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Así de simple. Así de brutal.
El sistema sanitario está colapsado. Sin personal. Sin medicamentos. Sin capacidad operativa. Solo el 3,3% de adolescentes tiene acceso a anticonceptivos. Una proporción similar dispone de productos de higiene menstrual. La educación tampoco resiste: en algunas zonas, el 75% de adolescentes está fuera del sistema educativo.
Y luego está el desplazamiento. Más de nueve millones de personas dentro del país. Más de 3,5 millones han huido fuera. Egipto acoge a 1,5 millones, aunque solo la mitad está registrada. Chad supera los 900.000 refugiados. Sudán del Sur recibe a cientos de miles más.
Un éxodo masivo. Silencioso. Invisibilizado.
En este vídeo breve sobre la situación en Sudán se resume lo esencial, aunque la realidad es aún más dura de lo que cabe en cualquier formato.
Porque lo que ocurre en Sudán no es solo una guerra. Es un colapso progresivo. De un Estado. De una sociedad. De cualquier estructura que permita vivir con dignidad.
Y lo más inquietante es que no hay horizonte claro. La falta de coordinación internacional, los procesos de mediación fallidos y los intereses cruzados han convertido cualquier intento de solución en un gesto vacío. Se negocia. Se incumple. Y todo sigue igual.
O peor.
Porque mientras las potencias juegan su partida, hay millones de personas atrapadas en medio. Sin salida. Sin protección. Sin futuro inmediato.
Sudán no está en guerra. Está siendo consumido poco a poco, ante la indiferencia global.
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