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La ONU advierte que lo peor está por llegar mientras el país con mayor nivel de hambre del mundo se desangra entre asedios, drones y abandono internacional.
Sudán supera ya los 1.000 días de guerra. Más de mil días de combates entre el Ejército regular y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido que han convertido el país en un laboratorio de devastación. El 9 de febrero de 2026, ante el Consejo de Derechos Humanos, el Alto Comisionado de la ONU, Volker Türk, fue tajante: “Solo podemos esperar que lo peor esté por venir” si no se detiene la guerra. No es una advertencia retórica. Es una constatación.
Sudán es hoy el país con mayores niveles de hambre del planeta. Y, salvo Gaza desde octubre de 2023, es el único territorio que concentra dos hambrunas oficialmente declaradas al mismo tiempo. Dos. En pleno siglo XXI.
EL HAMBRE COMO ESTRATEGIA DE GUERRA
Una de esas hambrunas golpea desde septiembre de 2025 a Kadugli, capital de Kordofán del Sur. La ciudad llevaba meses sitiada por las Fuerzas de Apoyo Rápido desde que en abril de 2023 rompieron con el Ejército sudanés y el país se precipitó a la guerra abierta. La segunda ciudad del estado, Dilling, quedó también cercada. Allí los niveles de hambre son similares, pero la ONU ni siquiera puede clasificarlos por falta de datos fiables. No hay acceso humanitario. No hay cifras. Solo hambre.
El 3 de febrero de 2026, el Ejército anunció haber roto el asedio de Kadugli y días antes había recuperado las rutas hacia Dilling. Los mercados volvieron a abastecerse y los precios bajaron. Pero el alivio es frágil. El 5 de febrero, la Red de Sistemas de Alerta Temprana contra la Hambruna (FEWS NET) advirtió que la hambruna podría persistir hasta mayo si no hay alto el fuego y acceso humanitario sostenido. El riesgo de que se restablezcan condiciones de asedio entre febrero y mayo es alto.
En Sudán, el hambre no es una consecuencia colateral. Es una herramienta. Las ciudades se cercan. Se bloquean suministros. Se bombardean convoyes.
El 7 de febrero, un dron de las Fuerzas de Apoyo Rápido mató al menos a 24 personas, entre ellas ocho niños y niñas, incluidos bebés, que huían del combate en Dubeiker. Un día antes, un ataque con dron alcanzó un convoy del Programa Mundial de Alimentos que se dirigía a El Obeid. Una persona murió y varias resultaron heridas.
Se bombardea comida en medio de una hambruna declarada. La guerra ha cruzado el umbral de la obscenidad.
Mientras tanto, El Obeid, capital de Kordofán del Norte, se fortifica con muros de tierra para resistir el avance paramilitar. Es una ciudad estratégica en la ruta hacia Jartum. El frente se desplaza. El hambre se expande.
DARFUR: EL AVISO IGNORADO
Darfur ya vivió la advertencia que nadie quiso escuchar. El Fasher, capital de Darfur Norte, fue asediada durante más de 500 días antes de caer a finales de octubre de 2025. Durante más de un año, la oficina de Volker Türk alertó del riesgo de atrocidades masivas. No fueron atendidas.
Dos meses después de la caída, un análisis por satélite del Laboratorio de Investigación Humanitaria de Yale confirmó que la ciudad había sido despoblada tras la toma paramilitar. Las estimaciones hablan de decenas de miles de personas asesinadas. La palabra “masacre” se queda corta cuando se destruye una ciudad y se expulsa a su población.
Ahora la ONU teme que el mismo patrón se repita en Kordofán. Las atrocidades de Darfur pueden repetirse.
Al menos 127.000 personas han logrado escapar de El Fasher y sus alrededores, según la Organización Internacional para las Migraciones. Muchas huyeron hacia la frontera con Chad, hacia localidades como Um Baru, Kernoi o El Tine. Son poblaciones remotas con recursos limitados. La llegada masiva de desplazadas y desplazados ha desbordado cualquier capacidad de respuesta.
El 6 de febrero, datos de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC) confirmaron que en esas zonas el hambre ya ha superado el umbral de hambruna. Más de la mitad de las niñas y niños en Um Baru sufren desnutrición aguda. En Kernoi, el 34%.
No es un deterioro lento. Es un colapso.
La propia IPC reconoce que otras áreas afectadas por el conflicto pueden estar en condiciones similares o peores, pero no hay acceso para verificarlo. En Sudán, la ausencia de datos es también una forma de invisibilización.
Acción contra el Hambre advierte de que más de 375.000 personas están en riesgo real de morir por inanición. Millones sufren malnutrición en Darfur y Kordofán. Son cifras que deberían activar todos los mecanismos internacionales. No lo hacen.
La guerra sudanesa no ocupa portadas sostenidas. No moviliza sanciones proporcionales. No genera cumbres urgentes. La vida de cientos de miles de sudanesas y sudaneses parece pesar menos en la balanza geopolítica.
Más de 1.000 días de guerra. Dos hambrunas oficiales. 127.000 desplazadas y desplazados solo desde El Fasher. 375.000 personas al borde de la muerte por hambre.
Las cifras están ahí. El sistema internacional también. Lo que falta es voluntad política para frenar una guerra que utiliza el hambre como arma y el olvido como cómplice.
Y mientras tanto, en Sudán, el tiempo no pasa: mata.
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