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Mientras Gaza sangra, la cultura baila sobre capital riesgo y responde tarde, mal y arrastrando los pie
LA FUGA DE ARTISTAS NO ES UN BOICOT, ES UNA LLAMADA DE SOCORRO
28 artistas, 6 actividades, 6 expositores. Ese es el saldo, por ahora, de la desbandada del cartel del Sónar 2025 tras destaparse la relación del festival con KKR, fondo de inversión señalado por financiar empresas vinculadas a la ocupación y los asentamientos ilegales en Palestina. La mayoría de quienes se han bajado del cartel no lo hacen por postureo: lo hacen por ética. Porque mientras se ultiman montajes escénicos en Barcelona, más de 54.000 personas han sido asesinadas en Gaza, la mayoría menores y civiles, según recuentos de la ONU y organizaciones humanitarias.
El festival, propiedad de Superstruct Entertainment, fue adquirido en 2018 por el fondo Providence, que en octubre de 2024 traspasó su participación al consorcio liderado por KKR. Aunque Sónar alega que no tuvo voz ni voto en la operación, su silencio inicial y su tibieza posterior —limitándose a calificar el genocidio como una “catástrofe humanitaria”— han sido una mancha indeleble para muchas y muchos artistas, que no han querido poner su nombre donde otros pusieron dinero manchado de sangre.
Ahora, con la polémica desbordando las redes, el festival ha publicado en su web una sección titulada Sónar responde, donde intenta recomponer su imagen. Tarde. Y con la autoridad de quien actúa por presión, no por convicción.
“Sí, indudablemente, nuestra postura es clara e inequívoca: condenamos el genocidio sobre el pueblo palestino”, dice el comunicado. Pero la pregunta es: ¿dónde estaba esa postura hace una semana? ¿Por qué no hubo una condena cuando comenzaron las cancelaciones? ¿Por qué hubo que esperar a que se vaciara medio cartel para que se activara el pudor?
CULTURA, DINERO Y CÓMPLICES INVISIBLES
En su intento de desmarcarse de las decisiones del fondo KKR, Sónar se desliza por la cuerda floja del capitalismo cultural: alegan que los beneficios se reinvierten, que no hay relación directa con el fondo, que el evento tiene autonomía. Pero la realidad es más cruda: cuando una empresa depende de capital financiero, esa dependencia es estructural, no opcional. KKR no necesita elegir las canciones: ya ha comprado el escenario.
El caso Sónar es solo uno más de la creciente privatización del ecosistema cultural europeo, en el que los festivales se han convertido en activos financieros, trozos de capital emocional al servicio de accionistas invisibles. La música se alquila, el arte se terceriza, la ética se subcontrata. Y cuando llegan los conflictos, los festivales se lavan las manos como Pilatos en una rave.
A estas alturas, el comunicado del Sónar anunciando que permitirán entrar con símbolos propalestinos o que habilitarán “espacios de reflexión” es simplemente una medida cosmética en un decorado que se tambalea. La dignidad no se sube a una tarima ni se programa con luces LED. Se ejerce. Y este año, quienes la han ejercido son quienes se han bajado del cartel.
Entre las y los artistas que se han ido están nombres como Juliana Huxtable, patten, Le Motel, Sofia o Shannen SP. Sus cancelaciones no solo son una pérdida para el público: son un recordatorio de que la cultura no está por encima del conflicto, sino dentro de él. Y que cada silencio en el cartel es una posición política tan contundente como un discurso.
El Sónar ha activado un formulario de reembolso para quien quiera devolver su entrada. Quizá deberían activarlo también para quienes quieran devolverles la confianza.
En Gaza siguen cayendo bombas. En Barcelona, los escenarios ya no tapan las contradicciones.
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