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Un grito que resuena por trigésimo primer año consecutivo en los oídos de una comunidad internacional, ya casi inmune al eco de su propia voz, se ha elevado desde la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esta voz exige, con la firmeza del que sabe tener la razón pero la impotencia del que carece de poder real, el cese del embargo económico y comercial de Estados Unidos sobre Cuba. ¿De qué sirve, pregunto, una condena cuando el mundo ve que la condena se ignora y la vida sigue igual?
En esta danza de la democracia global, donde 187 países se alinearon en una coreografía de manos alzadas en favor de Cuba, sólo Estados Unidos e Israel, hermanos en su lucha contra el mundo, herederos de lo anacrónico, desentonaron con un gesto de negación, y Ucrania, en un suspenso de abstención. En la ONU, el aplauso que siguió al conteo de votos fue tanto un estallido de aprobación como un acto reflejo de desesperación ante la reiterada inacción.
LA SOLEDAD DEL DISIDENTE
«Bruno Rodríguez, Canciller cubano, habló de violación del derecho a la vida y bienestar.» Sin embargo, seamos críticos, ¿de qué nos sirve señalar violaciones de derechos cuando no se acompañan de medidas efectivas? El bloqueo es como un muro anacrónico en la era de la globalización y la interdependencia, una muralla invisible que se erige no sólo entre Cuba y Estados Unidos, sino entre Cuba y el mundo.
La sesión especial de la Asamblea, un ritual anual, apunta a un embargo que es tan unilateral como perjudicial, tan obsoleto como opresivo. Los países aliados de Estados Unidos, en un giro que roza la hipocresía diplomática, han condenado el embargo y su efecto nocivo sobre las cubanas y los cubanos, que lo padecen no como un abstracto juego de poder, sino como la cruel realidad de su día a día.
Ocho coaliciones de países se han manifestado contra esta política, una muestra inequívoca de un consenso global que, sin embargo, parece desvanecerse en las fronteras del poder real. Esta votación, aunque unánime, no deja de ser un espectáculo sin espectadores, una declaración que se disipa en el aire sin encontrar eco en las calles de La Habana o en los pasillos del poder en Washington.
¿Cómo puede forjar un futuro Cuba y sus jóvenes cuando el pasado y el presente les atan con cadenas de sanciones y prohibiciones?
La realidad es que la Asamblea General de la ONU, con todo su simbolismo y buenas intenciones, no tiene dientes para morder en este asunto. Su resolución, repetida por décadas, no ha logrado perforar la dura cáscara de la política estadounidense, con esa muleta israelí y la servil Ucrania, hacia Cuba.
«Con una sola firma», Bruno Rodríguez señaló, la Administración Biden podría haber revertido las decisiones de Trump. Pero esa firma no llega, y mientras tanto, el embargo se endurece, y la isla sigue sufriendo un aislamiento que parece un castigo colectivo, no por actos propios, sino por las decisiones de otros.
El daño económico es incuestionable, pero más allá de las frías cifras que se citan —4.800 millones de dólares en pérdidas en un año, según las autoridades cubanas—, está el daño humano, el desarrollo truncado, la esperanza que se desvanece con cada resolución no cumplida.
Los jóvenes cubanos, los mismos que abandonan la isla buscando horizontes que su propio país no puede ofrecerles, están intentando «romper con el molde del exiliado». Sin embargo, ¿cómo pueden forjar un nuevo futuro cuando el pasado y el presente les atan con cadenas de sanciones y prohibiciones?
Estas son preguntas que deben resonar en nuestras mentes, más allá de las sesiones plenarias y las resoluciones simbólicas. Es hora de exigir acciones, no solo palabras; resultados, no sólo votos. Y mientras tanto, la ONU, con todo su peso y su prestigio, sigue siendo testigo de su propia impotencia, de su incapacidad para traducir la justicia en realidad.
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