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El reconocimiento llega tras años de complicidad con Israel y bajo la presión de un genocidio televisado.
EL TIEMPO PERDIDO Y LAS VIDAS ARRASADAS
El 21 de septiembre de 2025, Keir Starmer anunció lo que sus predecesores habían evitado durante más de medio siglo: el reconocimiento oficial del Estado de Palestina por parte de Reino Unido. Lo hizo en X, con un mensaje empaquetado en tono institucional, mientras la ofensiva israelí sobre Gaza seguía arrasando barrios enteros y multiplicando los desplazamientos forzosos. La foto del momento es una ironía amarga: un primer ministro británico hablando de paz mientras sus aliados siguen financiando armas que caen sobre la Franja.
Junto a Londres, se sumaron Canadá, Australia y Portugal. Mark Carney, Anthony Albanese y Paulo Rangel fueron los rostros de esta decisión en Ottawa, Canberra y Lisboa. Cuatro países con un pasado colonial y con responsabilidad directa en la arquitectura internacional que mantuvo a Palestina sin Estado durante generaciones. Ahora dicen buscar la “esperanza de paz” y “la solución de dos Estados”. Pero las cifras contradicen cualquier gesto simbólico: más de 40.000 palestinos asesinados en Gaza desde octubre de 2023, millones de desplazados y una ocupación que nunca se detuvo.
Starmer habló de “creciente horror en Oriente Medio”. Como si ese horror no hubiera empezado con el Nakba en 1948, cuando Reino Unido jugó un papel clave en la partición y en la legitimación de la limpieza étnica. El gesto de hoy pretende reescribir la historia: los mismos que alimentaron el fuego durante décadas se presentan ahora como bomberos de última hora.
EL SIMBOLISMO Y SUS LÍMITES
No es casual que el anuncio se produzca en vísperas de la Asamblea General de la ONU. Francia prepara también su reconocimiento y Europa intenta maquillar su complicidad con una medida tardía y, de momento, sin efectos materiales. Reconocer a Palestina sin sancionar a Israel ni imponer un embargo de armas es un brindis al sol.
Canadá asegura que ofrece su “alianza” para construir un futuro pacífico. Australia subraya que Hamás no debe tener ningún papel en ese horizonte. Portugal, en voz del conservador Marcelo Rebelo de Sousa, insiste en la moderación. Todas y todos parecen obsesionados en marcar distancias con la resistencia palestina, pero ni una palabra sobre los asentamientos ilegales, la colonización sistemática o la impunidad israelí.
España, Irlanda, Noruega, Eslovenia y Armenia ya habían dado el paso en meses anteriores. Ahora se suma este bloque anglosajón-luso. Pero hay una diferencia: el reconocimiento de Londres pesa por el peso histórico del Reino Unido en la región y por su papel de garante de un orden internacional que ha fallado sistemáticamente al pueblo palestino. El problema es que este reconocimiento llega mientras la maquinaria militar israelí intensifica su ofensiva, con apoyo explícito de Estados Unidos y complicidad europea.
El gesto político es presentado como avance diplomático, pero lo cierto es que el terreno se mancha con sangre día tras día. La decisión no devuelve las casas demolidas, no resucita a los niños asesinados y no rompe el bloqueo de Gaza. Es puro simbolismo, que se pretende redentor, pero que no cambia la correlación de fuerzas sobre el terreno.
Reconocer a Palestina después de décadas de silencio cómplice es como pedir perdón sin devolver lo robado.
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