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Los adalides de la «nazificación» republicana pretenden socavar el compromiso con los derechos humanos, las leyes justas, las prestaciones sociales y la paz global, abusando del concepto de libertad.
Aunque no todos tuvieron que enfrentarse a un proceso judicial, bastantes de ellos no estaban protegidos por su estatus elevado, alto cargo oficial o afirmaciones de “inocencia” o “patriotismo”. El único lenguaje que conocían era el del poder a través de la violencia –no el de la justicia ni el de la libertad– y tuvieron que rendir cuentas. Estos criminales se sometieron en Núremberg ante un tribunal tan trascendental que la palabra “nazi” quedó estigmatizada y se asociará por siempre a quienes participaron en esos horribles crímenes y posibilitaron que ocurrieran.
Después la guerra, Alemania prohibió las banderas nazis y a los neonazis. De hecho, la única manera en que la parafernalia nazi podía llegar a Alemania era de contrabando desde otros países como Estados Unidos. Una de las personas que hicieron esto posible fue el propagandista nazi Gerhard Lauck, de Nebraska, el hombre a quien llamaban “el Führer del Granero del Noroeste”, que paso cuatro años en una prisión alemana por distribuir simbología nazi prohibida por toda Europa.
Conozco el tema porque organizo un curso sobre supremacía blanca en el Smith College, centrado en el antisemitismo, el racismo contra los negros y otros componentes entrecruzados de la ideología supremacista blanca. Después de más de 30 años dando clases sobre fascismo como académica y de activista feminista negra, conozco la influencia destructiva de esas ideas nocivas y enseño a los jóvenes a interpretarlas y resistir a su influjo.
En Estados Unidos debería aprender el desprecio que suscita hoy en día en todo el mundo la palabra “nazi”, especialmente tras el intento criminal de golpe de Estado que tuvo lugar con el asalto al Capitolio del 6 de enero. Cualquiera que simpatice, apoye o financie estos actos sediciosos que pretenden impedir la transferencia pacífica de poder en nuestro país debería ser tratado con el mismo desprecio y la misma condena pública que los nazis recibieron tras la Segunda Guerra Mundial. En este apartado incluyo a las personas nazificadas en el Congreso, en los medios de comunicación, en las universidades, en los lugares de trabajo y en toda la sociedad, porque el fascismo no es el sueño enfebrecido de un hombre alucinado. Trump es un supremacista blanco; que también sea un narcisista perturbado es algo incidental.

El Republicano es un partido político moralmente en bancarrota que apoyó a un presidente perturbado que ha llevado a esta frágil democracia en evolución al borde de la extinción, simplemente porque no puede soportar el glacialmente lento y justificado empoderamiento de la gente de color ni cualquier límite a su poder para amasar una cantidad inmoral de riqueza. Parafraseando al destacado educador negro Vincent Harding, somos ciudadanos de un país que todavía está por formarse.
La marca “Republicano” como legítimo partido político quedará por siempre asociada a las ideologías de extrema derecha, incluyendo a los neonazis y a los neoconfederados. Estos líderes supuestamente “respetables” consintieron y azuzaron una insurrección supremacista blanca alentada por Trump los últimos cuatro años. Su oportunismo transaccional permitió que las banderas confederadas desfilaran desafiantes frente al Capitolio de EE.UU., un acto vergonzoso que ni siquiera se produjo durante la Guerra Civil. Allí demostraron que no desean compartir una democracia pluralista con otros intereses y partidos políticos.
Los Republicanos han demostrado que, si no pueden dominar permanentemente este país porque la demografía muestra que cada vez va a haber menos blancos enojados, están preparados para hacerlo volar en pedazos, en sentido figurado y literal. Ahora quieren que nos apresuremos a perdonarles y reconciliarnos, ignorando que para lograr la sanación, primero debe imponerse la verdad y la rendición de cuentas.
Hitler capitaneó una insurrección contra el gobierno alemán en 1923 y fue sentenciado a cinco años de prisión, de los cuales solo cumplió uno, y utilizó esa indulgencia para llevar a cabo el Holocausto. Nunca hay que olvidar lo peligroso de otorgar un perdón prematuro antes de exigir responsabilidades. Los fascistas son violentos por ser quienes son, y no por lo que hagamos nosotros –como los alemanes comunes que subestimaron a los nazis y pensaron que se trataba tan solo de otro partido político de derechas. Los alemanes que no se consideraban nazis continuaron pasivamente con su vida normal y negaron lo que estaba ocurriendo con sus vecinos judíos en aras de la “unidad”.
Los Republicanos ya no tienen derecho a existir como partido político legítimo porque este retroceso autoritario se lleva gestando desde la aprobación de las nuevas leyes de Derechos Civiles en 1964 y 1965, en respuesta a la violencia racista captada por las cámaras de televisión que tuvo que sofocar la Guardia Nacional. Luego el presidente Lyndon Johnson predijo que la mayor parte de los blancos abandonaría el Partido Demócrata para unirse al movimiento político revanchista, segregacionista, antifeminista y homófobo de George Wallace, Richard Nixon y Ronald Reagan. Ninguno de los presidentes republicanos elegidos de forma no democrática desde la década de los 60 (por un colegio electoral diseñado para privar del derecho al voto) ha conseguido repudiar a esta ala neofascista de su partido.
Estoy harta de conceder a los Republicanos el beneficio de la duda después de 50 años
El término nazi no es lo bastante duro para expresar el oprobio y la indignación que sienten los activistas de derechos humanos por aquellos que afirman con toda desvergüenza ser simples patriotas que opinan diferente. Desde la Casa Blanca, desde el Congreso y desde las calles, han declarado la guerra a la democracia. Son sedicionistas, co-conspiradores y neonazis ocultos a plena vista que optan por utilizar cualquier poder, plataforma o micrófono a su alcance para derribar este sistema de gobierno. Su objetivo aparente es instaurar un sistema de tipo apartheid en el que una minoría fortificada de personas gobierna sobre millones de personas que se les oponen. Es nuestro deber enviar una señal inconfundible de que no toleraremos algo así cuando otro neofascista más competente intente obtener poder permanente en el Congreso o en la Casa Blanca en el futuro.
Estoy llamándoles nazis porque han adaptado el guión del Tercer Reich a EE.UU. Trump se habrá ido, pero el trumpismo sigue ahí. Como dijo la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi, ellos “priorizan su blanquitud sobre la democracia”, como queda de manifiesto en su implacable ataque al derecho al voto. Los Republicanos que promovieron esta peligrosa resurrección del fascismo andan ya intentando borrar lo que pasó o considerarlo como una “simple protesta enmarcada en la Primera Enmienda”. A estos apologistas empeñados en limpiar su reputación destrozada se les deberían negar los empleos, la participación en los medios de comunicación, los contratos editoriales y cualquier otra oportunidad de difundir su desprecio por la democracia. Como observó el filósofo Karl Popper en 1945, “Para mantener una sociedad tolerante, la sociedad debe ser intolerante con la intolerancia”.
Debemos defender una sociedad abierta y democrática frente a estas fuerzas del fascismo disimuladas en un respetable Partido Republicano, que alentaron una insurrección supremacista con el fin de gobernar por encima de la ley, como los reyes. Para ellos, como para todos los fascistas, las llamadas a la unidad y al civismo son muestra de debilidad. Se aprovechan de vivir en una sociedad abierta para debilitar el progreso gradual conseguido en el siglo XX en cuestiones de género, raza, ciudadanía y relaciones nacionales e internacionales. Durante más de un siglo han demostrado que no son de fiar. Han derribado otras democracias y promovido guerras y conflictos de baja intensidad por todo el mundo que han causado millones de muertos. Son incapaces de aceptar la complejidad de un mundo globalizado multicultural y multirracial, así que se cuecen en su propio resentimiento y combaten todas las iniciativas para democratizar los privilegios y beneficios de nuestro mundo. Se encuentran ante la muerte natural de un partido político que pretendía agarrarse al poder mediante una red de mentiras tejida sobre sus seguidores para enriquecer a una pequeña camarilla de personas.
La maltrecha reputación global de Estados Unidos está en juego en esta interminable Guerra Civil. En lugar de denunciar a los traidores en 1865, nos permitimos rehabilitarles y levantarles monumentos en todo el país. Cuando nuestros descendientes echen la vista atrás, ¿verán que otra vez volvimos a flaquear en el momento de exigir responsabilidades a los insurrectos? Si no lo hacemos, la historia se repetirá antes de lo que podamos imaginar.
Los autoritarios pretenden socavar nuestro compromiso con los derechos humanos, las leyes justas, las prestaciones sociales y la paz global, abusando del concepto de libertad. Deberíamos llamarles nazis a todos ellos e impedir que se oculten tras palabras evasivas porque ya nos han demostrado quienes son. Ahora debemos creerles.
Fuente: counterpunch.org
lustración: Nathaniel St. Clair
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo
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