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El genocidio en Gaza ha cambiado el tablero: por primera vez, el boicot a Israel ya no es marginal, sino una fuerza política, cultural y económica.
EL COLAPSO DE LA IMPUNIDAD
Durante décadas, Israel operó bajo una especie de inmunidad diplomática. Los crímenes contra la población palestina se denunciaban, pero no generaban consecuencias materiales. El movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones), lanzado en 2005 por organizaciones de la sociedad civil palestina, fue tratado como una extravagancia radical. Sin embargo, tras dos años de asedio total a Gaza y más de 67.000 personas asesinadas, según el Ministerio de Salud gazatí, algo ha cambiado de forma irreversible.
El genocidio televisado en Gaza ha roto los diques del miedo y de la propaganda. Lo que durante años se calificó como “antisemitismo” por parte de los lobbies proisraelíes, hoy se asume globalmente como una exigencia ética. Ya no se trata de izquierdas o derechas, sino de una reacción humana frente al exterminio.
Desde Eurovisión hasta la FIFA, pasando por festivales de cine y plataformas digitales, se multiplican las campañas para excluir a Israel del circuito cultural y deportivo internacional. Más de 4.500 trabajadores del cine —entre ellos figuras de Hollywood— firmaron en septiembre un compromiso para no colaborar con instituciones israelíes. El boicot cultural ha dejado de ser minoritario: ha pasado de las universidades y las ONG al corazón de la industria cultural global.
Bjork, Massive Attack, Zadie Smith o Ian McEwan se han sumado al rechazo, igual que decenas de colectivos literarios y artísticos en todo el mundo. En Estados Unidos, cadenas de restaurantes, empresas tecnológicas y marcas asociadas a Israel han visto caer sus ventas por la presión ciudadana. El boicot ya no es solo político, es también económico, simbólico y moral.
El caso de la cadena de restaurantes Shouk, en Washington, lo ejemplifica. Fundada por un empresario judío estadounidense, cerró su último local tras meses de protestas por importar productos israelíes y apropiarse de la cocina palestina. El cierre no fue un ataque aislado: fue la expresión de un nuevo consenso moral que identifica la complicidad económica con la complicidad genocida.
DE SUDAFRICA A GAZA: EL ECO DE LA HISTORIA
El movimiento contra el apartheid sudafricano se ha convertido en el espejo del presente. En los años sesenta y setenta, las campañas internacionales consiguieron expulsar a Sudáfrica de los Juegos Olímpicos, la FIFA y los principales circuitos culturales. El lema era claro: “No hay deporte normal en una sociedad anormal.” Aquel aislamiento global fue determinante para derribar el régimen racista de Pretoria.
Hoy, Gaza ocupa ese mismo lugar en la conciencia mundial. Israel, pese a su enorme poder tecnológico y militar, empieza a sentir el peso del aislamiento. El propio Netanyahu ha reconocido el daño económico y reputacional que su gobierno está sufriendo. Mientras Sudáfrica fue sancionada por segregar a la población negra, Israel lo es ahora por aplicar un sistema de apartheid contra el pueblo palestino, tal y como han confirmado organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch.
Omar Barghouti, fundador del BDS y premio Gandhi de la paz, señala que el movimiento vive su momento más fuerte desde su creación. El apoyo cultural y ciudadano se ha multiplicado, y ya alcanza sectores que antes eran impensables: Hollywood, la moda, la gastronomía o las redes sociales. Según Barghouti, “el genocidio ha hecho visible lo que Israel llevaba décadas ocultando”.
El paralelismo con Sudáfrica, sin embargo, tiene límites. Israel está profundamente integrado en la economía global, especialmente en el sector tecnológico y armamentístico. Europa, lejos de romper vínculos, ha alcanzado niveles récord de importación de armas israelíes, según datos del diario Haaretz. Y Estados Unidos sigue blindando diplomáticamente a Netanyahu, mientras la represión contra estudiantes propalestinos en sus universidades recuerda los peores tiempos de la Guerra Fría.
Pese a ello, la grieta cultural y generacional es ya irreversible. Lo que antes era impensable —que un festival, una universidad o una gran empresa se enfrentara a Israel— hoy es parte del debate público. El movimiento de boicot ha dejado de pedir permiso y ha empezado a imponer su legitimidad ética.
El mundo ha comprendido que el castigo colectivo no está en el boicot, sino en Gaza. Cada producto israelí comprado, cada partido jugado, cada artista invitado, prolonga el sufrimiento de un pueblo al que se le niega el derecho a existir. Aislar a Israel no es un gesto de odio, sino de responsabilidad colectiva.
El “momento Sudáfrica” ha llegado.
Y esta vez, el silencio ya no es neutral.
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