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Entre los nombres señalados destacan figuras recurrentes del sector más reaccionario, como el sacerdote Javier Olivera Ravasi, Julián Lozano y Juan Andrés Talens.
La denuncia interpuesta por la Asociación Española contra las Terapias de Conversión y el Ministerio de Igualdad ha destapado el entramado de prácticas que, bajo un disfraz espiritual, buscan “curar” la orientación sexual de gays y lesbianas. Detrás de estas actividades se encuentran miembros de la ‘fachosfera clerical’, un grupo de sacerdotes ultraconservadores que han creado su propio ecosistema paralelo dentro de la Iglesia. Aunque estas terapias están condenadas tanto por Roma como por la Conferencia Episcopal, la realidad demuestra un preocupante encubrimiento.
La acusación, presentada el pasado 30 de diciembre, señala a siete diócesis, incluidas Barcelona, Madrid, Getafe y Valencia, y a instituciones como Media Salud Comunicación SL y la Fundación Nueva Evangelización para el Siglo XXI. Entre los nombres señalados destacan figuras recurrentes del sector más reaccionario, como el sacerdote Javier Olivera Ravasi, Julián Lozano y Juan Andrés Talens, conocidos por sus discursos inflamatorios contra el colectivo LGTBIQ+. También se denuncia la actividad de Courage, una organización que defiende la homosexualidad como patología y que sigue activa en varias diócesis pese a su carácter abiertamente discriminatorio.
Los hechos son claros: charlas y testimonios en parroquias, donde “exgays sanados” relatan sus historias para legitimar la represión sexual. Uno de estos encuentros, celebrado en la Parroquia de San Miguel y San Sebastián de Valencia el 28 de junio de 2023 —coincidiendo con el Día del Orgullo—, reunió a más de 150 personas. Allí, Talens presentó incluso un libro prologado por el obispo Munilla que defiende estas prácticas. La estrategia es clara: disfrazar la terapia de conversión de “apostolado de castidad”, perpetuando el estigma y el sufrimiento bajo un manto religioso.
Los responsables han intentado justificarse. Julián Lozano, en un hilo de la red social X, insistió en que se trató de “testimonios de conversión a la fe”, no de terapia. Sin embargo, las palabras se desmontan cuando los propios organizadores reconocen que su objetivo es “ordenar el corazón” de personas LGTBIQ+ hacia la abstinencia, ignorando la existencia de identidades y orientaciones legítimas. La diócesis de Getafe se ha limitado a un escueto comunicado en el que “reitera su rechazo a las terapias de conversión”, pero los hechos contradicen su defensa.
OBISPOS PROGRESISTAS Y EL SILENCIO QUE PERPETÚA EL DAÑO
Más alarmante aún es el silencio de quienes, en teoría, deberían alzar la voz contra estas atrocidades. La pasividad de ciertos obispos, considerados “moderados” o incluso progresistas, pone en evidencia un vacío ético y moral. Saúl Castro, presidente de la asociación No es Terapia, ha sido contundente al afirmar que “se promueven estos encuentros con un fin claro: captar a nuevas víctimas y promover la represión de su identidad bajo el disfraz de la fe”. Castro asistió a varios eventos y denunció un ambiente opresivo donde se pintaba “la vida gay” como sinónimo de violencia, drogas y miseria.
Mientras tanto, medios ultracatólicos como Religión en Libertad tachan la denuncia de “bulo disparatado”, al tiempo que reconocen implícitamente su apoyo al proyecto Transformados. Las declaraciones de Marta Sanz, responsable de Media Salud Comunicación, son un ejemplo de cinismo: admite la ilegalidad de los acompañamientos, pero continúa difundiéndolos en redes bajo otra terminología.
Las consecuencias de estas actividades van más allá del ámbito eclesial. En España, las terapias de conversión no son delito penal, pero sí están sujetas a sanciones administrativas. Las multas pueden alcanzar los 150.000 euros, y se contempla el cierre de las entidades y páginas web implicadas. Sin embargo, el daño psicológico infligido a las personas sometidas a estas prácticas es incalculable. CRISMHOM, el colectivo cristiano LGTBI+H de Madrid, emitió un comunicado rechazando tajantemente estas prácticas, recordando que atentan contra los derechos fundamentales. “Oramos por las víctimas y por la conversión de quienes son victimarias”, señalaron.
La existencia de este tipo de redes dentro de la Iglesia evidencia que el odio puede camuflarse bajo rezos y sermones. La pregunta que queda es por qué tantas autoridades siguen haciendo la vista gorda, dejando que la homofobia encuentre cobijo en los templos. La fe no puede ser excusa para legitimar la opresión, y los responsables deben rendir cuentas antes de que el daño sea irreparable.
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