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Confundir a propósito los términos para reescribir la historia: la estrategia de la extrema derecha para distorsionar el relato de las luchas obreras.
Javier F. Ferrero
El debate en torno al uso de la palabra «socialista» en la denominación del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán sigue siendo uno de los caballos de batalla de la desinformación contemporánea. No es un error casual, ni fruto de la ignorancia. Es un discurso orquestado para reforzar el relato reaccionario que pretende colocar al fascismo y al comunismo en el mismo plano. Sin embargo, un análisis mínimamente serio de los hechos históricos muestra hasta qué punto esta interpretación es burda y, sobre todo, interesada.
LA ESTRATEGIA DE LA CONFUSIÓN: PROPAGANDA Y APROPIACIÓN SIMBÓLICA
Adolf Hitler no eligió el término “socialismo” por convicción, sino como un acto de sabotaje ideológico. En los años 20, el socialismo y el comunismo eran movimientos que organizaban y movilizaban a las clases trabajadoras, en particular tras la Revolución Rusa de 1917 y el auge de las huelgas en Alemania. Para competir en esa arena, Hitler tomó prestados términos y símbolos de la izquierda obrera con el fin de penetrar en los círculos populares y disputarles su base. Así lo admite el propio Hitler en Mein Kampf, cuando explica que eligió el color rojo para sus carteles y banderas para provocar y atraer a la izquierda.
La apropiación no se limitó al léxico ni a los colores. Se trataba de un camuflaje calculado para ofrecer un mensaje dirigido al descontento social, pero vacío de cualquier contenido redistributivo real. En lugar de la lucha de clases, el nazismo propuso un relato de «unidad nacional» bajo una jerarquía racial, en la que los trabajadores quedaban supeditados a los líderes del “pueblo elegido”. De este modo, la retórica populista de Hitler disfrazaba un modelo profundamente elitista y autoritario, en el que los privilegios se otorgaban a una casta, y no al conjunto de la sociedad.
Hablar de «meritocracia» bajo un régimen nazi es, de hecho, una burla al propio concepto: los méritos eran definidos por la pertenencia étnica y la lealtad al régimen. Es imposible hablar de igualdad de oportunidades cuando el sistema parte de la exclusión deliberada de amplios grupos sociales a través de leyes represivas y campos de concentración.
DEL COLECTIVISMO OBRERO A LA JERARQUÍA RACIAL
El socialismo y el comunismo, en sus diversas expresiones, nacen de la reivindicación del colectivo frente a los privilegios individuales y las jerarquías heredadas. En cambio, el nazismo situó al individuo —concebido bajo parámetros raciales— como eje de su sistema de valores. El trabajador no era un sujeto con derechos conquistados en colectivo, sino una pieza funcional en la maquinaria del Estado, subordinado a las decisiones de un “líder natural”. En lugar de la emancipación económica, el nazismo ofrecía una mitología racista y una estructura piramidal en la que el poder fluía de arriba hacia abajo.
Los medios de producción no fueron democratizados ni socializados. Por el contrario, permanecieron en manos de grandes conglomerados industriales que colaboraron activamente con el régimen, fortalecidos por las políticas de guerra y de trabajo forzado. Empresas como Krupp y Siemens fueron cómplices directos del sistema esclavista que el nazismo instauró. Atribuir a ese modelo alguna forma de socialismo es no solo una aberración histórica, sino una perversión moral.
Resulta significativo recordar que las primeras víctimas del nazismo fueron, precisamente, militantes socialistas, comunistas, anarquistas y sindicalistas. Desde 1933, con la consolidación del régimen, miles de líderes obreros fueron perseguidos, encarcelados o asesinados. Fueron los primeros en llenar los campos de concentración, antes incluso de que el régimen comenzara la persecución sistemática contra la comunidad judía y otros colectivos. Esta realidad desmiente cualquier intento de asimilación entre nazismo y socialismo. Si ambos fuesen lo mismo, ¿por qué el primero aniquiló sistemáticamente a los segundos?
LA UTILIZACIÓN CONTEMPORÁNEA DEL DISCURSO FALAZ
La insistencia en señalar al nazismo como una forma de socialismo no es ingenua. Forma parte de una estrategia política diseñada para blanquear a las fuerzas autoritarias contemporáneas, trasladando el discurso de la extrema derecha al plano de la «defensa de las libertades individuales». De esta manera, quienes justifican la desigualdad estructural intentan equiparar los movimientos emancipadores con los regímenes más oscuros del siglo XX.
Esta táctica se enmarca en un fenómeno más amplio de revisionismo histórico que busca erosionar la legitimidad de las luchas obreras, presentándolas como el germen de totalitarismos. Al hacerlo, se borra de un plumazo el hecho de que fueron precisamente los movimientos populares los que resistieron al fascismo y pagaron con sangre esa resistencia.
El revisionismo no es solo un error académico, es un acto de violencia simbólica. Repetir que “Hitler era socialista” es equiparar a las víctimas con sus verdugos. Es banalizar el exterminio y legitimar discursos que, disfrazados de libertad, siguen defendiendo jerarquías y opresiones. En un momento en el que los derechos colectivos vuelven a ser puestos en cuestión, conviene recordar quiénes estuvieron siempre del lado de las y los oprimidos, y quiénes elevaron el individualismo y la supremacía como principios.
No se puede ser ingenuo: la historia es un campo de batalla, y el discurso de hoy construye las luchas de mañana.
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