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El fascismo ya no se esconde: se organiza, se financia y entrena.
EL NEGOCIO DEL ODIO
El fascismo español no vive en los márgenes: se financia, se entrena y se registra legalmente.
En pleno 2025, la ultraderecha ya no se disfraza de nostalgia ni se reduce a grupúsculos violentos. Tiene CIF, sedes, cuentas bancarias y hasta formularios de inscripción con preguntas sobre “tu rol en la comunidad”. Mientras los medios hablan de “jóvenes desorientados” o “revivals históricos”, lo que se consolida es una red estructurada de organizaciones racistas que operan bajo la cobertura de asociaciones “culturales” o “patrióticas”.
Según ha verificado Público, una quincena de colectivos ultraderechistas se reparten el mapa del odio en España. Desde Málaga hasta Zaragoza, pasando por Vicálvaro o Palma, sus discursos repiten el mismo dogma: “el derecho de sangre como única forma de ser español”. Ese es el núcleo ideológico de lo que llaman “defensa de lo nuestro”. Traducido: la construcción de una comunidad homogénea, blanca y católica, lista para señalar, excluir o agredir a quienes no encajan.
El informe del Global Project Against Hate and Extremism (GPHE), con sede en Montgomery (Alabama), lo resume sin eufemismos: “la larga sombra del fascismo aún ensombrece la cultura y la política españolas, con movimientos protofascistas, neonazis y anti-LGBTQ+ activos en el país”. Una advertencia que en España sigue sin provocar reacción institucional, mientras Interior permite que asociaciones como Núcleo Nacional o Devenir Europeo operen legalmente y convoquen actos públicos con antorchas, cánticos y símbolos hitlerianos.
El odio tiene oficinas. Y el Estado mira hacia otro lado.
EL ENTRENAMIENTO DEL MIEDO
El nuevo fascismo ya no grita “¡arriba España!” con camisa azul. Ahora vende camisetas de “resistencia” y organiza talleres de “defensa personal”. Núcleo Nacional, registrado ante el Ministerio del Interior, intenta convertirse en el referente neonazi del país. Reúne a jóvenes desencantados con el sistema, mezcla mensajes antisistema con racismo y convoca “jornadas deportivas” donde la lucha cuerpo a cuerpo sirve como iniciación política.
Su líder, encapuchado y con antorcha, proclama en vídeo: “solo tú tienes las llaves de las puertas que abrirán el futuro para España”. Detrás de ese lenguaje épico se esconde una maquinaria de captación que ya actúa en barrios obreros. En su último acto en Vicálvaro, se unieron dos nombres conocidos: Pedro Chaparro, dirigente de Democracia Nacional condenado por el asalto a Blanquerna, y Isabel Peralta, la neonazi que mantiene vínculos con el Movimiento de Resistencia Nórdico, organización terrorista en la lista de EE.UU.
Peralta es el rostro internacional del nuevo fascismo español: bilingüe, mediática y con doble militancia en Núcleo Nacional y Devenir Europeo. Este último grupo, también legal, vende libros de Hitler, organiza jornadas de oratoria y utiliza su cuenta bancaria —a nombre de la asociación— para distribuir material neonazi. Su canal de Telegram, con más de 5.600 miembros, es un escaparate del supremacismo blanco europeo adaptado al español: juventud, estética fitness y discurso identitario.
El modelo se repite. Zaragoza Resiste actúa como punto de encuentro para Devenir Europeo, falangistas y ultracatólicos de Comunión Tradicionalista Carlista, partido que aún califica el golpe de 1936 como “santa cruzada” y organiza campamentos para menores. Allí también opera Hexafolia, un grupo centrado en el “entrenamiento físico disciplinado” y las artes marciales como vía de adoctrinamiento. Lo mismo hacen Reconquista en Catalunya y Identitas en Palma, que ofrecen seminarios de “lucha grupal” y piden en sus formularios que el aspirante explique por qué quiere unirse “a la comunidad”.
No son asociaciones deportivas. Son escuelas del odio. Y su objetivo no es aprender a pelear, sino preparar a una generación para ejercer violencia política.
UNA RED CON RAÍCES Y RAMIFICACIONES
El mapa del odio no son puntos dispersos: es una red con vasos comunicantes. En sus márgenes actúan grupos menores como Asociación Cultural Málaga 1487, que combina boxeo con discurso antiinmigración, o Palestra Christiana, vinculada a Reconquista, que mezcla ultracatolicismo con entrenamiento militar. Todas comparten estética, narrativa y financiación. Todas están registradas y muchas tienen sedes físicas compradas “gracias al esfuerzo de la militancia”.
El patrón es claro: el fascismo se institucionaliza a pequeña escala.
Donde antes había clandestinidad, hoy hay IBAN, alquileres y convenios municipales. Donde antes había miedo, ahora hay impunidad.
Falange Española de las JONS, por ejemplo, sigue organizando entrenamientos en defensa personal en Córdoba mientras sus juventudes participan en disturbios en Gasteiz. En Telegram lo anuncian con naturalidad, como si se tratara de un club recreativo. Y mientras tanto, la ultraderecha política institucional —Vox y sus satélites— se alimenta de estos espacios, los legitima con su silencio y los retroalimenta con su discurso de odio.
El fascismo ya no lleva botas militares, sino zapatillas deportivas. Ya no imprime panfletos, sino flyers digitales. Ya no recluta en bares, sino en canales de Telegram.
Y lo hace en nombre de la patria, de la religión y del miedo.
El mapa del odio no es un archivo policial. Es el reflejo de una sociedad que ha normalizado el racismo y la violencia como parte del debate público. Y mientras los partidos conservadores juegan a distinguir entre “patriotas” y “extremistas”, los nuevos fascistas se preparan, se arman ideológicamente y entrenan para el día en que el Estado les necesite otra vez.
El fascismo nunca se fue. Solo estaba ensayando.
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