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Con la muerte de Fidel Castro (2016) se abrieron muchas expectativas en relación con los posibles cambios que pudieran darse en la isla de Cuba, aunque, desde el exilio de Miami, la euforia duró poco porque supusieron que con la desaparición del líder de la revolución se derrumbaría de inmediato la dictadura. No obstante, para otros muchos, particularmente dentro de la isla, la designación de su hermano Raúl como sucesor alimentó la esperanza en la incorporación de reformas hacia un modelo basado en un capitalismo moderado y contenido por el socialismo para evitar la injusticia social.
De esta manera, en la teoría, se conservaban los triunfos del régimen y las ventajas del capitalismo, aunque sin concretar la fórmula exacta para lograr este objetivo. La apertura de negocios privados –durante la presidencia interina de Raúl Castro desde 2008 por la mala salud de Fidel– significó un cambio sustancial, aun siendo un espacio limitado y modesto. Todas las ilusiones de buena parte de la población se concentraron en el nuevo presidente.
Desde entonces las transformaciones aprobadas han pretendido, de acuerdo con la posición oficial, introducir reformas sin sacrificar ni renunciar a ninguno de los principios esenciales de la revolución. La última vez que se repite este lema, en el recién celebrado VIII Congreso del Partido Comunista, sin embargo, ya no sonó esperanzador, sino inmovilista y desmotivador.
Esta interpretación ha sido mayoritaria porque las expectativas no se han visto cumplidas. Pese a los cambios innegables llevados a cabo, estos han sido insuficientes, y no solo eso, también discontinuos, lentos y desarticulados. Por este motivo, los más esperanzados y menos impacientes también han sido invadidos, desde hace tiempo, por la desesperanza y la frustración.
A fin de cuentas, y pese a los cambios incorporados, Cuba ha sido hasta el momento una economía planificada en la que el Estado y la empresa estatal siguen siendo preponderantes, aunque se reconozcan “formas de gestión no estatal”, que no dejan de ser complementarias.
Por eso, cuando Raúl Castro declaró en el Congreso que “hay límites que no podemos rebasar porque llevaría a la destrucción del socialismo” se interpretó como una clara evidencia de inmovilismo y decepción ante una apertura económica. Esta acumulación de decepción y de frustración es muy comprensible y puede llegar a afectar a la gobernabilidad del régimen, un aspecto que el partido debería tener en cuenta.
El régimen advierte: no habrá cambios políticos
El régimen ha dejado muy claro que no habrá cambios, que seguirá siendo un régimen sin cambios, sin libertades y bajo un partido único. Lo cierto es que el ámbito político nunca ha sido contemplado como un espacio de reformas en todos estos años, y sigue sin considerarse. Muchos reformistas consideran que la vía del cambio político vendrá a través de las reformas económicas. En otras palabras, al margen de la voluntad del Partido Comunista de Cuba, si hubiera reformas económicas de trascendencia estas acabarían arrastrando al país hacia la democratización.
Junto a las resistencias a los cambios y la limitación de las reformas, es preciso sumar el desconocimiento de las modificaciones o ajustes que haya concretado el partido para lograr el modelo mixto pretendido.
Se desconoce si las reformas aplicadas son parte de la ejecución de un proyecto diseñado para llevar a cabo un cambio integral para alcanzar este modelo. Lo cierto es que, en la práctica, de acuerdo con las reformas aplicadas, los tiempos y las formas de llevarlas a cabo, todo parece responder más a la improvisación y a las coyunturas. Un factor que podría complicar aún más el necesario proceso de transformación integral que requiere el sistema cubano.
Dicho esto, y aunque pudiera parecer contradictorio, también hay que tener presente que en este momento se encuentran todos los ingredientes básicos para generarse un cambio en Cuba y el VIII Congreso ha venido a potenciarlo, pese a las limitaciones mencionadas. Este no era un Congreso más. Raúl Castro ha abandonado la Secretaría del Partido designando como sucesor a Miguel Díaz-Canel, al que ya le cedió la presidencia de la República en 2019.

Un relevo generacional
Aunque, de nuevo, Díaz-Canel creó muchas expectativas, lo cierto es que no ha habido grandes cambios y ha sobrevenido otra decepción. Sin embargo, hay cuestiones importantes: ya no hay ningún Castro en el poder, lo que da más margen de maniobra a Diaz-Canel. De hecho, se ha producido un recambio generacional y se ha renovado la cúpula del partido. Finalmente, los octogenarios revolucionarios también han abandonado la cúpula junto a Castro. Si a ello le sumamos la gravedad de la situación por la que pasa Cuba, agravada además por la pandemia del coronavirus, no hay muchas mas opciones que incorporar cambios, al menos para evitar el desmoronamiento del régimen.
La situación es de extrema gravedad, la Isla está desabastecida y las medidas de Donald Trump, que por el momento mantiene su sucesor en la presidencia estadounidense, Joe Biden, afectan al país aún más, ya que la pandemia impide que lleguen los ingresos proporcionados por el turismo.
La situación es tal que, si los planes de Raúl Castro cuando llegó al poder pasaban por cambiar para asegurar la continuidad del régimen, en la actual coyuntura los cambios deben incorporarse para salvar al régimen. Hasta el momento, el Partido cubano ha vivido fuera de la realidad y con gran habilidad estratégica ha ido encontrando diferentes fuentes de ingresos para sobrevivir.
En este momento, no hay más opción que conectar con la realidad y esto pasa necesariamente por abandonar la economía planificada y abrir la economía a un mercado que además traiga consigo el cambio democrático. Está por ver cómo afronta este reto la nueva generación gobernante.
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Sonia Alda Mejías does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organization that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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