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Una segunda vuelta inédita en cuatro décadas enfrenta a un socialismo moderado con un proyecto reaccionario construido desde el resentimiento.
La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Portugal, celebrada el 19 de enero, ha dejado una fotografía inquietante. Por segunda vez desde el fin de la dictadura salazarista en 1974, el país se ve abocado a una segunda vuelta. La anterior fue en 1986. Cuarenta años después, el motivo no es la pluralidad democrática sino la fragmentación política, la desafección ciudadana y el avance sostenido de la extrema derecha.
El candidato socialista Antonio José Seguro se impuso con el 31,1% de los votos. En segundo lugar quedó André Ventura, líder del partido ultra Chega, con un 23,5%. Ambos se enfrentarán en la segunda vuelta del 8 de febrero de 2026.
No es un detalle menor. La presidencia portuguesa, aunque formalmente ceremonial, tiene capacidad para vetar leyes, disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas. En un contexto europeo de deriva autoritaria, el cargo se convierte en una palanca política nada inocente.
EL ASCENSO DE LA ULTRADERECHA COMO SÍNTOMA
Que Chega haya alcanzado este nivel de apoyo en apenas siete años de existencia no es una anomalía portuguesa. Es parte de una enfermedad continental. En las legislativas de mayo de 2025, la formación ultra se convirtió en principal fuerza de la oposición con el 22,8% de los votos. Desde entonces, el discurso político dominante ha virado hacia posiciones más restrictivas en inmigración, seguridad y derechos civiles, incluso entre partidos que se autodefinen como moderados.
Ventura no es un accidente. Es un producto perfectamente funcional del capitalismo político contemporáneo, donde la indignación se monetiza, el odio se convierte en identidad y la política se reduce a espectáculo. Excomentarista deportivo, Ventura ha construido un partido a su imagen y semejanza. Chega es, en la práctica, un proyecto unipersonal, una estructura hueca sostenida por la confrontación permanente y la provocación calculada.
Los datos son claros. Más del 60% del electorado rechaza explícitamente a Ventura, según todos los sondeos previos a la segunda vuelta. El propio Economist Intelligence Unit lo señala en un informe reciente: una segunda vuelta Seguro-Ventura sería “más sencilla” para el socialista debido a la incapacidad del ultra para ampliar su base más allá de su núcleo duro. La EIU subraya además que, aunque Ventura promete un presidencialismo más intervencionista, es poco probable que eso se traduzca en una victoria real.
Pero el problema no es solo si gana o pierde. El problema es que ya ha ganado espacio, agenda y legitimidad.
LA NORMALIZACIÓN DEL AUTORITARISMO Y EL VACÍO DE LA DERECHA TRADICIONAL
Mientras Ventura promete “luchar minuto a minuto para que no haya un presidente socialista”, el resto del espectro conservador se descompone. El primer ministro Luís Montenegro, líder de los socialdemócratas, anunció que su partido no apoyará a ninguno de los dos candidatos en la segunda vuelta. Su aspirante, Luís Marques Mendes, quedó relegado a un 11,3%, una cifra que certifica la irrelevancia creciente de la derecha clásica.
También João Cotrim de Figueiredo, de la Iniciativa Liberal, tercero con un 16%, se ha desmarcado explícitamente de Ventura. No por convicción antifascista, sino por cálculo. La ultraderecha incomoda cuando amenaza con devorar a quienes le han allanado el camino.
El resto de candidaturas dibuja un paisaje desorientado. El almirante retirado Henrique Gouveia e Melo, responsable de la campaña de vacunación contra la COVID-19, obtuvo un 12,3% apelando a una tecnocracia desideologizada. El humorista Manuel João Vieira superó el 1% prometiendo un Ferrari por hogar y vino del grifo. La sátira funciona cuando la política ha perdido toda credibilidad.
Seguro, por su parte, representa un socialismo institucional, prudente y sin aristas, que confía más en el rechazo a Ventura que en la movilización ilusionante. Esa estrategia puede ser suficiente para ganar una segunda vuelta, pero no para revertir el caldo de cultivo que alimenta a la extrema derecha.
Portugal no está eligiendo solo un presidente. Está decidiendo si acepta como normal que el autoritarismo forme parte estable del paisaje político, o si aún queda margen para frenar una deriva que ya ha hecho estragos en otros países europeos.
La segunda vuelta del 8 de febrero de 2026 no será un trámite. Será un termómetro. Y el mercurio lleva años subiendo.
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