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La historia no siempre se repite con los mismos uniformes, pero sí con las mismas excusas.
Por Javier F. Ferrero
Hay algo profundamente perturbador en la forma en que parte del mundo está reaccionando ante el liderazgo de Donald Trump. No tanto por lo que hace (que también) sino por la facilidad con la que una parte de la opinión pública, de las élites políticas e incluso de gobiernos extranjeros encuentra argumentos para justificarlo. Cada gesto autoritario se presenta como estrategia, cada amenaza se traduce como negociación y cada ruptura con las reglas del orden internacional se vende como un simple exceso de carácter. Es una escena que la historia conoce demasiado bien: cuando un dirigente empieza a desbordar los límites democráticos, siempre aparece un coro de voces dispuesto a explicar que todo forma parte de un cálculo político o de una reacción comprensible. En lugar de ver un peligro, se prefiere ver una exageración pasajera. Y lo inquietante no es que ocurra, sino que ocurre siempre.
Existe una imagen muy extendida sobre cómo se enfrentó Europa al ascenso de Adolf Hitler. En el relato simplificado que suele enseñarse, el mundo democrático aparece como una comunidad que comprendió rápidamente el peligro del nazismo y que terminó organizándose para derrotarlo. Sin embargo, si uno se acerca a la realidad histórica con algo más de honestidad, descubre que la mayor parte del tiempo lo que predominó fue la normalización del peligro, no su combate frontal. Durante años, Hitler fue tratado por sectores de la prensa, de la política y de la economía como un agitador incómodo pero manejable. Muchos dirigentes conservadores alemanes creyeron que podrían utilizar su popularidad para frenar a la izquierda sin permitir que el poder real escapara de sus manos. Grandes empresarios financiaron su movimiento pensando que el nacionalismo radical serviría para estabilizar el país. Incluso gobiernos europeos optaron por la política de apaciguamiento con la esperanza de que satisfacer algunas de sus demandas bastaría para moderarlo.
La historia terminó demostrando hasta qué punto aquellas interpretaciones fueron ingenuas o interesadas. Hitler no se moderó al llegar al poder en 1933; el poder le permitió radicalizarse con mayor eficacia. El proceso fue gradual y por eso mismo resultó tan difícil de detener. Primero se produjo la deslegitimación sistemática de los adversarios políticos, presentados como enemigos de la nación. Después llegó la erosión del sistema institucional, con leyes que debilitaban el Parlamento y concentraban el poder en el ejecutivo. Más tarde comenzó la persecución abierta contra quienes cuestionaban el nuevo orden, desde periodistas hasta dirigentes sindicales o militantes de la oposición. Cada uno de esos pasos fue acompañado por una explicación tranquilizadora: que se trataba de medidas temporales, que el país necesitaba estabilidad, que el sistema acabaría corrigiendo los excesos. Lo que en realidad estaba ocurriendo era lo contrario: el sistema se estaba acostumbrando a la excepción permanente.
Comparar a Donald Trump con Hitler no significa afirmar que la historia vaya a repetirse de manera idéntica. Las circunstancias históricas de la Alemania de 1933 y las de Estados Unidos en 2026 son profundamente distintas. Pero lo inquietante no es la coincidencia exacta de los hechos, sino la similitud de los mecanismos de normalización. Trump ha construido su liderazgo sobre un discurso que desprecia abiertamente las reglas del sistema democrático, que presenta a los adversarios políticos como enemigos internos y que utiliza el conflicto permanente como forma de movilización política. Su retórica no se limita a la polarización electoral: cuestiona tribunales, desacredita procesos electorales, amenaza con utilizar el poder del Estado contra quienes considera traidores y exhibe una admiración poco disimulada por líderes autoritarios de todo el mundo. Y aun así, una parte del establishment político y mediático insiste en analizar sus movimientos como si fueran simples tácticas dentro del juego democrático tradicional.
Lo verdaderamente preocupante no es que Trump actúe como actúa, sino la red de legitimación que permite que ese comportamiento sea percibido como algo aceptable o inevitable. A su alrededor aparecen empresarios que ven en su agenda una oportunidad para desregular mercados o reducir impuestos. Surgen comentaristas que convierten cada gesto autoritario en una jugada estratégica. Y aparecen también dirigentes internacionales que prefieren adaptarse al nuevo equilibrio antes que confrontarlo, convencidos de que mantener una relación pragmática con Washington resulta más conveniente que denunciar la deriva. Esta reacción no es nueva: la historia demuestra que los autoritarismos rara vez avanzan solos. Necesitan un ecosistema de intereses que prefiera convivir con ellos antes que arriesgarse a enfrentarlos.
Cuando uno revisa los años previos a la Segunda Guerra Mundial, resulta evidente que el problema nunca fue solo Hitler. El problema fue la cantidad de personas influyentes que pensaron que podrían convivir con él o incluso beneficiarse de su poder. Políticos que creyeron que podrían controlarlo. Empresarios que pensaron que podrían utilizarlo. Intelectuales que consideraron que las advertencias eran exageradas. Y sociedades enteras que, poco a poco, fueron acostumbrándose a un lenguaje político cada vez más agresivo y excluyente. El resultado fue que cuando finalmente quedó claro lo que estaba ocurriendo, el coste de detenerlo ya era inmenso.
Por eso la pregunta que deberíamos hacernos hoy no es si Trump es exactamente comparable a Hitler. La pregunta incómoda es otra: si hoy estuviéramos viviendo el comienzo de algo parecido, ¿realmente estaríamos reaccionando de forma diferente a como reaccionaron entonces? Porque la historia demuestra que los grandes peligros políticos rara vez avanzan en silencio. Lo hacen a plena luz del día, mientras una parte de la sociedad insiste en que no hay motivo para alarmarse.
Y cuando finalmente se reconoce el peligro, suele ser porque ya es demasiado tarde.
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