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Cuando el sistema falla, el poder busca culpables. Y casi siempre, los que curan acaban pagando los errores de quienes gobiernan.
EL CINISMO COMO POLÍTICA SANITARIA
La desvergüenza política en Andalucía ha alcanzado un nuevo nivel. Carmelo Romero, senador del PP por Huelva, ha culpado a las y los médicos del colapso del programa de cribado de cáncer de mama, un fallo que ha puesto en riesgo la vida de 2.317 mujeres y costado la de otras tantas. Según él, quienes deberían dimitir no son los responsables políticos, ni los gestores que recortaron medios, ni el presidente Juan Manuel Moreno Bonilla, sino los propios sanitarios. Es decir: las víctimas convertidas en culpables.
La frase no es un lapsus. Es la expresión más clara de un modelo que lleva años construyendo el PP andaluz: privatizar los beneficios y socializar los fracasos. Si la sanidad pública se hunde, la culpa es del personal que la sostiene. Si una paciente muere por no ser citada a tiempo, es culpa de quien no pudo hacer milagros sin plantilla ni recursos. Si el sistema colapsa, el responsable nunca está en San Telmo.
El senador ha llegado a preguntar si fue Moreno Bonilla quien ordenó no llamar a las pacientes. La pregunta es tan cínica como peligrosa. Porque la responsabilidad política no se mide en llamadas individuales, sino en decisiones estructurales. Y las decisiones de este Gobierno han sido claras: precarizar, externalizar y desmantelar el sistema público para favorecer a las aseguradoras y a las clínicas privadas.
LAS VIDAS QUE NO ENTRAN EN LOS PRESUPUESTOS
Los fallos en el cribado del cáncer de mama en el Hospital Virgen del Rocío no son un error aislado. Son el resultado de años de políticas que han reducido la sanidad pública andaluza a una red de parches y contratos temporales. Según datos oficiales, la Junta ha destinado más de 4.500 millones de euros a empresas privadas desde 2019, mientras los hospitales públicos acumulan listas de espera que superan los 900.000 pacientes.
Y ahora, ante el escándalo, la reacción del Gobierno andaluz ha sido cesar a un delegado y a dos responsables del área de mama. Cambiar nombres para que todo siga igual. El consejero Antonio Sanz ha hablado de una “nueva etapa con nuevos equipos”, pero los cambios reales no llegan con un decreto ni con un cambio de carteles en los despachos. Llamar “humanización” a una consejería no humaniza nada si las enfermeras y enfermeros siguen sin poder atender con tiempo, si las oncólogas y oncólogos siguen sin recursos, si las auxiliares siguen cubriendo tres turnos seguidos.
La “nueva etapa” de Moreno Bonilla es la misma vieja fórmula neoliberal: cuando el sistema público se hunde, se culpa a sus trabajadoras y trabajadores y se abre otra puerta a la gestión privada. Mientras tanto, se aplaude a quienes se deslomaron durante la pandemia y se les pide dimitir cuando el desastre aflora. Un insulto más a quienes sostienen la sanidad con su agotamiento.
CUANDO LA INDIGNIDAD SE INSTITUCIONALIZA
Hasta el propio consejero de Sanidad ha tenido que desmarcarse del senador Romero, rechazando sus palabras. Lo cual es decir poco, porque el problema no son solo las palabras, sino la política que las respalda. La misma política que vendió hospitales públicos, cerró centros de atención primaria y dejó a miles de pacientes esperando diagnósticos que nunca llegaron. La misma que celebra superávits mientras las unidades de oncología trabajan con máquinas obsoletas y personal insuficiente.
No hay prudencia posible ante semejante insulto. No hay manera de justificar que un representante público utilice el poder que le otorga el voto para degradar a quienes salvan vidas. Y no hay peor síntoma de descomposición política que un partido que culpa a sus médicos para salvar a su presidente.
Las palabras de Carmelo Romero no son un desliz: son la doctrina Bonilla aplicada al límite. Esa que maquilla los recortes con discursos de eficiencia, que sustituye la gestión por el marketing y que convierte la tragedia en oportunidad política. Una doctrina donde las mujeres afectadas son estadísticas y las y los sanitarios, prescindibles.
En el fondo, la frase del senador no es más que el espejo de una estructura podrida. Porque cuando la incompetencia se institucionaliza, la dignidad molesta.
Y en Andalucía, hoy, el poder se siente más cómodo señalando a las y los médicos que mirándose al espejo.
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