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«Como sociedad, debemos exigir a los medios de comunicación y a las empresas de encuestas que actúen con responsabilidad y transparencia»
Si nos retrotraemos al período pre-electoral que precedió al 23 de julio de 2023, una narrativa singular se había apoderado del panorama mediático: «El Partido Popular arrasará». Impulsada por diversas encuestas y analistas políticos, esta afirmación parecía ser más que una mera predicción. Pretendía establecer en la mente de los votantes una imagen de triunfo inminente para el Partido Popular, con la esperanza de arrastrar a los indecisos hacia la órbita de lo que se perfilaba como el ‘ganador seguro’. Sin embargo, tras la jornada electoral, se desveló que todas las encuestas estaban equivocadas.
La encuesta realizada por Sigma Dos para RTVE y Forta es un buen ejemplo para analizar. De acuerdo con este sondeo, el Partido Popular iba a obtener el 34,2% de los votos, una cifra significativa, pero no lo que podríamos calificar como un ‘arrasamiento’. La cuestión que surge es: ¿Se diseñó este pronóstico optimista para crear una sensación de inevitabilidad y persuadir a los votantes a favor del ‘ganador seguro’?
Además, no se puede pasar por alto el hecho de que la mayoría de las encuestas se llevaron a cabo durante la última semana antes de las elecciones, cuando, de acuerdo con los expertos, aproximadamente el 20% del electorado decide su voto. ¿Acaso este no es un intento sutil de influir en la opinión pública, aprovechando la coyuntura del indeciso?
La encuesta de Gad3 para Mediaset aportó un pronóstico aún más favorable para el Partido Popular. Las implicaciones de tal predicción son claras: en la mente de los votantes, el Partido Popular se posicionó como el caballo ganador, el partido imparable. Pero, como se demostró en los resultados, estas encuestas simplemente fallaron en su cometido.
Este fenómeno de las predicciones ‘arrasadoras’ se vuelve aún más interesante si tenemos en cuenta el papel que juegan los medios de comunicación en la presentación y el enmarcamiento de estas encuestas. Los medios, a menudo con fuertes afiliaciones políticas, tienen el poder de dar forma a la interpretación pública de estos sondeos. En este caso, «El PP arrasará» se convirtió en un mantra, una proclamación de victoria anticipada que fue repetida hasta la saciedad.
Sin embargo, los medios de comunicación, cuyo papel es crucial en nuestras democracias, deben tener un compromiso firme con la imparcialidad y el rigor informativo. La promoción de una narrativa de victoria segura puede interferir con el libre ejercicio del voto, alimentando la percepción de que la elección ya está decidida antes de que se haya depositado un solo voto. ¿No es esta una perversion del proceso democrático?
El problema se agrava cuando recordamos que las encuestas, que inicialmente se diseñaron como instrumentos de observación democrática, se han convertido en armas de influencia y manipulación. Lejos de ser meras mediciones de la opinión pública, se utilizan para inculcar sentimientos de inevitabilidad, para crear un impulso artificial, para reclamar una victoria anticipada.
No obstante, como ha demostrado la reciente elección, estas narrativas pueden ser castillos en el aire. Es hora de que adoptemos un enfoque más crítico y cuestionador hacia las encuestas y las narrativas que impulsan. Los votantes deben resistir la tentación de dejarse influir por predicciones grandilocuentes de ‘victorias arrasadoras’.
Como sociedad, debemos exigir a los medios de comunicación y a las empresas de encuestas que actúen con responsabilidad y transparencia. Las encuestas deben ser imparciales y su metodología debe estar claramente expuesta, permitiendo a los votantes entender cómo se han obtenido y analizado los datos.
En última instancia, el verdadero poder reside en las manos del electorado, no en las de las empresas de encuestas ni en las de los medios de comunicación. Recordemos que el único voto que cuenta es el que se deposita en la urna. Y como demostró el 23J, las encuestas no siempre reflejan la realidad. Las encuestas son, en el mejor de los casos, pronósticos y, en el peor, instrumentos de manipulación.
En lugar de dejarnos seducir por predicciones hipotéticas, concentremos nuestra atención en lo que realmente importa: el análisis serio de las propuestas políticas, el debate informado y la toma de decisiones basada en criterios propios. Dejemos que el voto hable por sí mismo, no una figura inflada y adornada en un gráfico de barras. Porque, a pesar de lo que los sondeos nos quieran hacer creer, la verdadera voz del pueblo se escucha en la urna, no en la sección de encuestas de los periódicos.
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