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El “visionario” convertido en burócrata de Trump pierde el favor del pueblo tras despedir a 20.000 trabajadores públicos y abrazar el autoritarismo neoliberal
Solo el 39% de la población estadounidense mantiene una imagen favorable de Elon Musk. En abril de 2024 era más de un 20% superior. Hoy, un año después, el hombre que quiso cambiar el mundo con coches eléctricos, cohetes reutilizables y cerebros conectados a chips ha terminado arrastrado por el fango político más reaccionario. La “motosierra” que le regaló Javier Milei ha sido su propio hacha de guerra, pero también el símbolo de su naufragio.
Todo comenzó con la creación de la Oficina de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés), diseñada por y para Musk a medida del expresidente y ahora de nuevo mandatario Donald Trump. Desde su nombramiento, más de 20.000 empleados públicos han sido despedidos, afectando a servicios esenciales como el Departamento de Educación, que ha visto reducida su plantilla en un 50%. La política de recortes, camuflada bajo el eslogan de “eficiencia”, ha generado un efecto dominó que debilita las estructuras básicas del Estado y ha colocado al magnate en el epicentro de una tormenta social, económica y mediática.
El desastre no se ha limitado a cifras frías. Manifestaciones frente a instalaciones de Tesla, boicots organizados, sabotajes, viralización de protestas en redes sociales y un descenso del 13% en las ventas de vehículos eléctricos de su empresa en lo que va de 2025 evidencian que el rechazo popular se ha transformado en acción colectiva. Mientras tanto, Musk sigue repitiendo en entrevistas que “solo quiere acabar con el despilfarro”, obviando que su cruzada ha dejado a miles de familias sin ingresos y a departamentos enteros sin capacidad operativa.
La comparación con Milei no es gratuita. Tras recibir del presidente argentino una motosierra como símbolo de su lucha común contra la «burocracia», Musk ha hecho suya esa iconografía ultraliberal que aplaude el desmantelamiento del Estado, aunque con consecuencias directas sobre derechos y servicios públicos. El problema es que esa motosierra no ha podado hojas muertas, sino que ha amputado arterias del sistema público estadounidense.
LA POPULARIDAD EN CAÍDA LIBRE Y LA HUIDA DE LA CASA BLANCA
El 60% de la ciudadanía tiene hoy una opinión negativa de Musk, según una encuesta reciente de la Universidad de Marquette. La favorabilidad neta del empresario es de -22 puntos, un hundimiento reflejado también en los agregadores de encuestas como Silver Bulletin, dirigido por Nate Silver, que recopila datos de estudios de TIPP Insights, Echelon Insights, Harvard/HarrisX y Marquette. Todas coinciden: Elon Musk ha dejado de ser un referente tecnológico para convertirse en símbolo de autoritarismo neoliberal.
Ni siquiera el respaldo de Trump logra frenar la caída. El presidente llegó a declarar que se había comprado un Tesla para defender a su “patriota” amigo. Cuando las protestas continuaron, no dudó en dar una vuelta de tuerca represiva: ordenó a la fiscal general que calificara las acciones contra Musk como “terrorismo doméstico”. Una amenaza tan inquietante como reveladora.
Pero hasta dentro del propio Gobierno estadounidense ha empezado a oler a cadáver político. Fuentes de la Casa Blanca han filtrado que Musk abandonará su puesto al frente de DOGE en las próximas semanas, algo que el magnate niega, aunque el vicepresidente JD Vance ya ha sugerido que su papel quedará reducido a “consejero”. Lo que no quieren decir en voz alta es lo evidente: su presencia daña más de lo que aporta, incluso para una administración tan insensible como la de Trump.
La motosierra se ha vuelto boomerang. Y la imagen de Musk, irreparable.
Ni sus promesas de ahorrar “más de 4.000 millones de dólares al día” logran convencer. El discurso de gestor eficiente se estrella contra la realidad de miles de personas despedidas, servicios colapsados y un país más desigual. Musk dice que no quiere que EE.UU. se declare en quiebra. Pero actúa como si lo estuviera ya, sacrificando a las y los trabajadores en el altar del déficit, mientras mantiene su red de empresas subvencionadas y exenciones fiscales.
Mientras tanto, Biden ha reaparecido con fuerza para cargar contra Trump por sus recortes: “En menos de 100 días ya ha hecho mucho daño”, denunció, marcando distancias con una administración que, al parecer, ni siquiera sabe cómo deshacerse del cadáver político de Musk sin mancharse las manos.
Los números no mienten. Los despidos no se olvidan. Y ni las baterías de Tesla aguantan ya el cortocircuito de su imagen.
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