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Un país que desafía a quienes lo daban por caído
Las redacciones occidentales llevan semanas anunciando el colapso inminente de Mali. Los avisos de viaje, redactados en tono apocalíptico, hablan de un Estado “cercado”, de una capital “asediada” y de una población a un paso del pánico. Mientras tanto, del 11 al 14 de noviembre de 2025, en Bamako se celebraba BAMEX 25, la primera feria internacional de defensa organizada por el país, con delegaciones de diez países africanos, además de Irán y Turquía. A lo que algunos medios llaman un escenario insostenible, el gobierno malienses lo llama otra cosa: soberanía en construcción.
LOS FANTASMAS NEOCOLONIALES
La narrativa dominante ha sido repetida tantas veces que suena a cantarilla rota. El grupo Al Qaeda del Sahel ataca convoyes de combustible, corta carreteras y amenaza la llegada de suministros a Bamako. A partir de ahí, gobiernos occidentales como EE.UU., Australia, Alemania e Italia publican avisos de evacuación urgente. Es el guion habitual: el caos siempre favorece la intervención.
Sin embargo, la versión de las y los malienses es distinta. Su ministro de Exteriores, Abdoulaye Diop, denunció que el relato del “Estado fallido” es un “escenario fabricado por servicios de inteligencia extranjeros”. Lo dijo el 12 de noviembre, a pocos metros de los pabellones donde se impulsaba la idea de una arquitectura de seguridad autónoma para África.
Esa autonomía no se improvisa. Es hija directa de un conflicto que arranca en 2011, cuando la destrucción de Libia por parte de la OTAN —un bombardeo “humanitario” que dejó un país deshecho— desató una cadena de grupos armados en todo el Sahel. Mali fue una de las principales víctimas. Francia, su antigua potencia colonial, volvió a desplegar tropas “para proteger al país”. Y lo que siguió fue peor: más ataques, más territorio en manos de grupos yihadistas y más dependencia militar de París.
En 2020, una revuelta popular y militar expulsó al presidente Ibrahim Boubacar Keïta, respaldado por Francia. Dos años después, el nuevo gobierno denunció que París había impedido la entrada del ejército maliense en Kidal, entregando ese territorio a Ansar al Dine y otros grupos aliados. La prueba definitiva llegó en noviembre de 2023: Mali recuperó Kidal tras expulsar al ejército francés.
“Los grupos terroristas ya no pueden enfrentarse a nuestras fuerzas”, declaró Diop. Por eso atacan convoyes civiles. Por eso golpean lo que llaman “objetivos blandos”. Y por eso, según el gobierno, las potencias occidentales han escalado sus advertencias, intentando pintar un país al borde del colapso cuando la realidad es más incómoda: Bamako empieza a caminar sola.
EL NEGOCIO DEL MIEDO: BLOQUEOS, LITIO Y SOBERANÍA
En septiembre de 2025, el JNIM comenzó a atacar camioneros que transportaban combustible desde Costa de Marfil. Fue un golpe duro: el Ministerio de Educación suspendió las clases el 26 de octubre porque el profesorado no podía desplazarse. Estados Unidos respondió con un aviso de viaje el 25 de octubre, y tres días después pidió a sus ciudadanos abandonar el país “de inmediato”.
El guion parecía perfecto. Sin embargo, Mali no se derrumbó. El 3 de noviembre, el presidente Assimi Goïta inauguró la segunda mina de litio del país en Bougouni, a 170 kilómetros de Bamako, en plena zona donde los convoyes habían sido atacados. Para 2026, el gobierno aspira a convertir Mali en la principal productora africana de este mineral clave para la transición energética global.
Dos días después, el 5 de noviembre, los convoyes de combustible escoltados por las fuerzas armadas entraron en Bamako entre aplausos. “El Estado se ha organizado y el suministro está garantizado”, insistió Diop.
La propaganda occidental no dio un paso atrás. Francia aconsejó abandonar Mali el 7 de noviembre. El Reino Unido aseguró el 13 de noviembre que “la capital está bloqueada”, justo cuando Bamako acogía su primer salón de pagos electrónicos y preparaba la reapertura de escuelas para el 10 de noviembre.
Resultado: mientras Europa hablaba de un país paralizado, Mali inauguraba hospitales, reabría aulas y aseguraba combustible.
UNA GUERRA POR DELEGACIÓN
Para las y los dirigentes malienses, lo que se libra en el Sahel no es “terrorismo”. Es un tablero geopolítico disfrazado de caos.
“Esto no es solo terrorismo. Es una guerra por delegación”, afirmó Diop. Drones en manos de grupos yihadistas. Inteligencia extranjera circulando en zonas prohibidas. Acusaciones directas de que Francia entregó armas a esos mismos grupos en los años previos.
En 2022, Mali denunció ante la ONU que Francia realizaba vuelos para entregar material a los grupos armados. En 2023 y 2024, Burkina Faso y Níger formularon acusaciones similares tras expulsar a sus contingentes franceses.
Mientras tanto, altos cargos franceses reconocen abiertamente que “África es ahora el epicentro del terrorismo” y que “amenaza nuestros intereses”. Una frase que dice más de sus motivaciones que de la situación real sobre el terreno.
“Si el JNIM no quiere tomar Bamako, ¿cómo lo sabe Francia? ¿Es Francia quien decide sus objetivos?”, preguntó Diop.
La pregunta señala lo esencial: la línea que separa al supuesto enemigo de quienes dicen combatirlo se ha vuelto demasiado fina.
El ministro lo vinculó a la decisión de Mali, Burkina Faso y Níger de romper con la dependencia colonial y formar la Alianza de Estados del Sahel (AES). Para él, el mensaje es claro: si África camina sola, será atacada.
La Unión Africana, lejos de respaldar ese camino, volvió a pedir una “respuesta internacional robusta”. Mali respondió con una frase que resume toda su posición:
“No pedimos ayuda al llamado ‘comunidad internacional’. Las decisiones sobre Mali se toman en Mali.”
Una advertencia que apunta tanto al pasado colonial como al presente extractivista. Y que deja una idea clave sobre la mesa:
cuanto más insistente es el relato del colapso, más urgente es la defensa de la soberanía.
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