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Casi 1.000 menciones, años de correos y una disculpa tardía: el poder vuelve a tropezar con el mismo nombre y la misma impunidad
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Durante años, el nombre de Mette-Marit circuló por la prensa internacional como símbolo de modernización de la monarquía noruega. Una figura supuestamente cercana, accesible, ajena al boato más rancio. Hoy, ese relato se resquebraja. Los nuevos archivos desclasificados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos vuelven a poner sobre la mesa una verdad incómoda: el poder sabía, miró hacia otro lado y siguió relacionándose con un depredador sexual.
La última remesa de documentos del caso Jeffrey Epstein, publicados el 31 de enero de 2026, incluye casi 1.000 menciones a la princesa heredera de Noruega. Según el diario VG, los archivos recogen decenas de correos electrónicos intercambiados entre 2011 y 2014, es decir, años después de que Epstein se declarara culpable en 2008 de delitos sexuales que incluían la explotación de una menor en Florida. No hablamos de contactos puntuales ni de una coincidencia social. Hablamos de una relación sostenida, cercana y documentada.
Los mensajes revelan un tono que desarma cualquier intento de minimizar los hechos. Halagos reiterados, bromas privadas, referencias afectivas. En uno de ellos, Mette-Marit escribe que Epstein “estimula mi cerebro”. En otros, lo califica de “encantador”, “de buen corazón” y “un amor”. En 2012, llega a preguntarle si sería “inapropiado” sugerir como fondo de pantalla para su hijo adolescente la imagen de dos mujeres desnudas cargando una tabla de surf. No es una anécdota. Es un retrato.
Los documentos también indican que la princesa se alojó durante cuatro días en la mansión de Epstein en Palm Beach en 2013, aunque él no se encontraba allí. De nuevo, los hechos importan. Fechas, lugares y duración. Todo está escrito.
EL SABER Y EL SEGUIR: CUANDO GOOGLE YA NO ES EXCUSA
Ante la publicación de los archivos, la princesa emitió un comunicado en el que reconoce su “pobre criterio” y asegura sentirse “profundamente avergonzada” por haber tenido contacto con Epstein. Expresa además su “solidaridad” con las víctimas. Palabras medidas, institucionales, tardías.
Pero hay un detalle que desmonta el relato de la ingenuidad. En un correo de 2011, incluido en los propios archivos, Mette-Marit reconoce haber “googleado” a Epstein y añade: “no parecía muy bueno”, acompañado de un emoji sonriente. Es decir, sabía. O, al menos, intuía. Y aun así, continuó escribiéndose con él durante tres años más.
La Casa Real noruega sostiene ahora que la princesa rompió el contacto en 2014, cuando percibió que Epstein intentaba utilizar su relación como palanca de influencia. No cuando se confirmó su historial de abusos. No cuando las víctimas empezaron a hablar. No cuando el nombre de Epstein ya era sinónimo de explotación sexual de menores. Cuando el riesgo fue reputacional, no moral.
Este patrón no es nuevo. Se repite. El problema no es solo Epstein, sino el ecosistema que lo protegió. Empresarios, políticos, aristócratas, celebridades. Gente con agenda, con poder, con acceso. Personas que no pueden alegar desconocimiento, porque la información estaba disponible y porque las condenas existían desde 2008.
UNA MONARQUÍA BAJO SOSPECHA Y UN CONTEXTO QUE NO ES CASUAL
Las revelaciones llegan en un momento especialmente delicado para la familia real noruega. El 2 de febrero de 2026 comienza en Oslo el juicio contra Marius Borg Høiby, hijo de Mette-Marit, acusado de 38 delitos, entre ellos la violación de cuatro mujeres, agresiones y delitos relacionados con drogas. De ser condenado, podría enfrentarse a hasta 16 años de prisión. Høiby ha negado los cargos más graves. No ostenta título real y está fuera de la línea de sucesión, pero el contexto importa.
La coincidencia temporal no implica causalidad jurídica, pero sí una fotografía política y simbólica demoledora. Una institución que se presenta como garante moral del país aparece rodeada de silencios, disculpas tardías y responsabilidades diluidas. La pareja real no asistirá al juicio. La respuesta oficial se limita a recordar que “corresponde a los tribunales decidir”.
Los archivos Epstein incluyen una advertencia estándar: su aparición no implica delito. Es cierto. Pero la ética no se mide solo en sentencias. Se mide en decisiones. En cortar relaciones. En no normalizar lo intolerable. En no seguir escribiendo “con cariño” a quien ya había admitido explotar sexualmente a una menor.
Noruega presume de transparencia, igualdad y derechos humanos. Esa narrativa también debe aplicarse a quienes viven en palacios. Porque cuando el poder se relaciona con abusadores y solo pide perdón cuando es descubierto, no es un error personal, es un fallo sistémico. Y los sistemas, cuando fallan, lo hacen siempre hacia arriba.
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