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Cuando el imperio prepara bombarderos, los grandes medios preparan silencios.
El 22 de febrero, mientras decenas de aviones militares estadounidenses —cazas, aviones cisterna y aparatos de mando— despegaban rumbo a Oriente Medio con escalas en bases de Reino Unido y Alemania, la maquinaria mediática occidental afinaba algo igual de decisivo: la omisión. Según diversas informaciones, Estados Unidos ha desplegado la mayor concentración de fuerza militar en la región desde la invasión de Irak hace casi 23 años. El objetivo que se insinúa es Irán. El relato que se construye es el de siempre: amenaza nuclear, estabilidad regional, defensa preventiva.
Lo que no se cuenta es más importante que lo que se repite.
Estados Unidos ha estado en guerra 222 de sus 239 años de existencia desde 1776. No es una anomalía histórica, es un patrón estructural. Con un presupuesto militar que ronda el billón de dólares anuales, el complejo militar-industrial no está diseñado para la paz. Está diseñado para la expansión, la intimidación y la destrucción. Y cuando el imperio necesita una guerra, la opinión pública necesita una narrativa.
EL RELATO CAMBIANTE Y EL BORRADO SELECTIVO
En junio de 2025, el presidente estadounidense aseguró que los sitios nucleares iraníes habían sido “obliterados”. Ocho meses después, se nos dice que el programa nuclear iraní sigue siendo una amenaza existencial que exige una ofensiva mayor. La contradicción no se examina. El consumidor medio de noticias no es invitado a preguntarse cómo algo destruido puede volver a justificar una guerra total.
La expresión “programa nuclear iraní” se repite como conjuro. Sin contexto, sin matices. Lo que rara vez se explica es que Irán es uno de los principales productores mundiales de radiofármacos utilizados en diagnóstico y tratamiento del cáncer. Para producir isótopos médicos es necesario enriquecer uranio. Irán figura entre los cinco mayores exportadores globales de medicamentos radiactivos, suministrando a 15 países, incluidos algunos europeos. Y las sanciones occidentales impiden la importación de muchos de estos productos.
Sin su programa nuclear civil, Irán tendría enormes dificultades para diagnosticar y tratar enfermedades como el cáncer. Este dato no encaja en el relato bélico y por eso se diluye.
Tampoco se recuerda con la misma intensidad que en 2018 fue Estados Unidos quien abandonó unilateralmente el acuerdo nuclear firmado en 2016, avalado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Ese pacto permitía inspecciones periódicas por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica. La última evaluación pública antes de la ruptura certificaba el cumplimiento iraní de sus obligaciones. El acuerdo funcionaba. Fue Washington quien lo dinamitó.
La omisión es estratégica. Si se subraya que la crisis fue provocada por la retirada estadounidense, el encuadre cambia. El “Estado problemático” deja de ser Teherán y pasa a ser Washington.
DOBLES RASEROS, UNILATERALISMO Y EL TABÚ ISRAELÍ
El unilateralismo estadounidense no es episódico. En enero de 2026, Washington anunció su salida de 66 tratados y organizaciones internacionales. Bajo la administración anterior también se abandonaron instrumentos clave como el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio y el Tratado de Cielos Abiertos, pilares del frágil andamiaje que limitaba el riesgo nuclear global. Estos movimientos apenas ocupan titulares.
Pero hay un silencio más estructural: el nuclear israelí. Israel posee armas nucleares. No lo reconoce oficialmente, pero es un secreto a voces. Irán, en cambio, es signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear. La pregunta incómoda nunca formulada es por qué uno puede tener la bomba y el otro ni siquiera puede enriquecer uranio con fines médicos sin ser señalado como amenaza.
Plantear esa cuestión obligaría a discutir el funcionamiento del sistema imperial, las jerarquías de poder y los dobles estándares. Resulta más sencillo apelar al miedo. Cuando ahora se introduce como nuevo pretexto el programa iraní de misiles balísticos, el encuadre es idéntico: se presenta como agresividad irracional lo que, desde la lógica defensiva, es capacidad de disuasión frente a una potencia regional respaldada por Estados Unidos.
El derecho de Israel a cualquier arma se naturaliza. El derecho de Irán a defenderse se problematiza. Ese es el orden narrativo establecido.
CONSENTIMIENTO FABRICADO Y VIOLENCIA NORMALIZADA
Cuando comiencen los bombardeos, si comienzan, la secuencia ya está escrita. Se hablará de los “mullahs”, del autoritarismo religioso y de la liberación del pueblo iraní. Se invocarán cifras de represión interna sin contextualización histórica ni comparación internacional. Se sugerirá que la violencia exterior es un acto emancipador.
Lo que no se dirá es que se trata de una guerra de agresión contra un país situado a 4.500 millas de distancia que no ha iniciado un conflicto armado internacional en casi 300 años. No se recordará que la Carta de la ONU prohíbe el uso de la fuerza salvo en defensa propia o con autorización del Consejo de Seguridad. No se preguntará si bombardear infraestructuras civiles y militares en otro continente puede encajar en el concepto de legalidad.
La tradición bélica estadounidense no genera objeción interna masiva porque se ha normalizado. Se ha incorporado al imaginario nacional como defensa de la libertad. La violencia estructural se disfraza de misión civilizadora.
Mientras tanto, buena parte de la oposición política institucional en Washington evita cuestionar el despliegue militar. Se discuten matices tácticos, no la legitimidad de fondo. El consenso imperial permanece intacto.
El resultado es un ciclo previsible: crisis amplificada, omisiones estratégicas, construcción del enemigo, intervención armada y posterior reescritura narrativa. Cada guerra necesita bombas y necesita silencio. El silencio es la condición de posibilidad de la bomba.
Cuando los medios renuncian a contextualizar, cuando ocultan quién rompió qué acuerdos y quién posee realmente el monopolio regional de la fuerza nuclear, no están siendo neutrales. Están participando en la fabricación del consentimiento para la violencia.
Y mientras se nos habla de liberar a otros pueblos, la pregunta que nunca se formula en horario de máxima audiencia es quién liberará a la ciudadanía estadounidense —y a sus aliados europeos— de la inercia bélica de su propio imperio.
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