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El miedo importado no prende en una sociedad con memoria, instituciones fuertes y baja desafección política
En un país donde la extrema derecha ha logrado normalizarse en demasiados territorios, Euskadi se ha convertido en una anomalía incómoda para quienes viven de incendiarlo todo. Mientras Santiago Abascal recorre el Estado vendiendo miedo, en su propia tierra política el mensaje se le deshace entre los dedos. La estrategia de Vox se estrella en Euskadi porque aquí el alarmismo identitario no encuentra suelo fértil.
Los datos no son interpretables. En las elecciones generales de 2023, Vox obtuvo un 12,4% en el conjunto del Estado. En Euskadi cayó al 2,9%. En las autonómicas vascas apenas alcanzó el 2%. Y el dato más devastador: un 74,4% de la ciudadanía vasca afirma que no votará nunca a esa formación. No es una fluctuación coyuntural. Es un muro político y cultural.
El estudio “La democracia en Euskadi”, de próxima publicación por Dykinson, elaborado por las profesoras Sonia Alonso y Matthias Scantamburlo de la Universidad de Deusto, subraya una clave que desmonta el relato victimista de Vox: la desafección política en Euskadi es significativamente menor que en el conjunto del Estado. Solo un 9% declara no creer en los partidos, frente al 44% en España. La clase política no figura entre las principales preocupaciones; ocupa el noveno lugar. Y la confianza en el Gobierno vasco está entre las más altas de Europa, según el Deustobarómetro.
UNA SOCIEDAD MENOS POLARIZADA, UNA ULTRADERECHA SIN ESPACIO
La extrema derecha crece allí donde la política se percibe como fraude permanente. En Euskadi no sucede eso. Tras décadas de violencia, polarización y dolor, la sociedad vasca ha transitado hacia una normalización institucional que ha reducido la fractura. El director del Deustobarómetro, Braulio Gómez, lo resume con claridad: la década de ascenso de Vox ha coincidido con una valoración positiva de las instituciones vascas. Donde hay confianza institucional, el discurso antisistema pierde gasolina.
El 82% de la población se sitúa en el centro-izquierda. Solo el 9% se ubica en la derecha. En ese contexto, el intento de Abascal de reconfigurar la identidad vasca contra la inmigración suena forzado. Carteles en Vitoria anunciando que en 2039 habrá “más extranjeros que vascos” no han logrado abrir brecha. La fórmula del miedo demográfico funciona en otros lugares. Aquí no.
La propia identidad nacional vasca opera en sentido contrario al que Vox pretende instrumentalizar. Según el citado estudio, la identificación vasca se asocia con mayor implicación política y mayor confianza institucional. No es una identidad temerosa; es una identidad politizada y consciente.
El historiador José Antonio Pérez, profesor de la UPV, añade otro elemento incómodo para Vox: su nacionalismo español y su neofranquismo son una barrera estructural. Incluso sectores que puedan compartir prejuicios sobre inmigración o feminismo rechazan el marco ideológico que representa Abascal. La figura del propio líder tampoco ayuda. Criado en Álava y nacido en Bilbao, su salida hacia Madrid y su trayectoria posterior no le han otorgado crédito local.
Eso no significa que Euskadi sea un territorio idealizado. Existen patrullas ciudadanas esporádicas en barrios de Bilbao, Donostia o Irún. Hay sectores juveniles donde el discurso reaccionario encuentra eco. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, un 12,8% se ubica en la derecha frente al 9% de media. No hay inmunidad mágica.
Pero el vector dominante entre la juventud vasca es otro. Tras el fin del terrorismo y la crisis de 2009, emergió un electorado joven centrado en empleo, vivienda y derechos sociales. En 2016, Podemos fue primera fuerza en Euskadi en las generales. Hoy ese espacio lo capitaliza EH Bildu tras un proceso de institucionalización que ha priorizado agenda social sobre maximalismo identitario. Según Gómez, Bildu ha evolucionado hacia posiciones socialdemócratas, votando presupuestos y respaldando al Gobierno central cuando ha sido necesario. Cuando la izquierda disputa el terreno social con eficacia, la ultraderecha pierde capacidad de apropiarse del malestar.
EL FANTASMA CATALÁN Y EL LÍMITE DEL NACIONALISMO REACCIONARIO
En el PNV no preocupa Vox. Observan con más atención fenómenos como Aliança Catalana en Cataluña, donde el nacionalismo minoritario puede derivar en una derecha radical propia. Pero las condiciones vascas son distintas. El euskera, con su complejidad y arraigo, actúa como elemento de preservación cultural sin necesidad de construir enemigos internos. Y el PNV mantiene una tradición humanista que dificulta una deriva identitaria excluyente.
Mientras tanto, Abascal insiste en actos universitarios que generan más rechazo que adhesión. En Vitoria, una convocatoria reciente terminó con suspensión de clases por motivos de seguridad y con contramanifestaciones impulsadas por Gazte Koordinadora Sozialista. El ruido no es crecimiento electoral.
La extrema derecha necesita resentimiento, sensación de abandono y relato de decadencia. Euskadi, con todas sus contradicciones, no encaja en ese molde. Aquí nadie teme que España se rompa porque esa no es la discusión central. Aquí la prioridad es el empleo, la vivienda y la calidad de los servicios públicos. Aquí la política no es percibida como un teatro vacío.
Vox seguirá intentándolo. Porque el negocio del miedo no descansa. Pero por ahora, en Euskadi, el discurso de la exclusión choca contra una sociedad que aprendió demasiado sobre lo que ocurre cuando la identidad se convierte en arma.
Y las armas retóricas de Abascal, aquí, no disparan.
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