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La vegetación silvestre en los bordes de los cultivos fomenta la presencia de polinizadores y otros animales. Rene Hartmann / Shutterstock
Nos enseña el refranero español que “no se puede estar en misa y repicando” y que “soplar y sorber, no puede ser”. Estas son sólo algunas de las expresiones que hacen referencia a dos actividades que no se pueden llevar a cabo de manera simultánea.
Y esta dicotomía es la que nos han vendido que existe entre la agricultura y la conservación de la biodiversidad. Nos han hecho pensar que centrarse en una necesariamente lleva a un descenso de la otra. Pero existe evidencia científica que demuestra que esto no tiene por qué ser así.
Más diversidad, más productividad
Sabemos que para conservar la biodiversidad necesitamos paisajes heterogéneos. Esto se refiere, por ejemplo, a zonas agrícolas donde se encuentran diferentes cultivos plantados en pequeños campos a modo de mosaico. A cultivos que se entremezclan con parches de hábitats naturales. O a una combinación de diversos usos del suelo que permite que allí habiten diferentes organismos silvestres.
Pues un reciente estudio que hemos publicado en la revista Journal of Applied Ecology demuestra que los paisajes agrícolas más heterogéneos son además más productivos. Productividades que incluso han ido aumentando a lo largo del tiempo.
Este efecto positivo es especialmente relevante en el caso de cultivos cuya fructificación depende de la polinización por animales. Estos cultivos incluyen, entre otros, a muchos frutales y hortalizas. Especies en su mayoría de gran valor económico. Además de contener las mayores cantidades de vitaminas esenciales. Esto se debe a que una mayor diversidad de insectos beneficiosos, como abejas polinizadoras, repercute en la productividad de los cultivos.
Para llegar a esta conclusión, hemos analizado una base de datos del Ministerio de Agricultura español. La Encuesta sobre Superficies y Rendimientos de Cultivos incluye el seguimiento anual de más de doce mil parcelas permanentes. Estas parcelas están distribuidas por todo el territorio nacional y representan alrededor del 1 % de la superficie del país.
Usando los datos comprendidos ente 2001 y 2019, nuestro equipo ha demostrado que existen estrategias de manejo que pueden resultar ganadoras, como la heterogeneidad de los cultivos y la reducción de su tamaño. Es decir, serían positivas tanto para la conservación de la biodiversidad como para el aumento de la productividad agrícola.
Un hábitat favorable para los polinizadores
Nuestro estudio se suma a trabajos previos que han demostrado que la intensificación agrícola tiene un efecto negativo para la biodiversidad. Pero en este caso damos un paso más. Con nuestros resultados, demostramos que estas prácticas serían además menos productivas.
Muchas de las especies silvestres que podemos encontrar en zonas agrícolas no intensificadas realizan importantes funciones. Entre ellas encontramos insectos que polinizan muchas especies de plantas, entre las que se incluyen el 75 % de los cultivos de los que nos alimentamos. Pero también aves insectívoras que realizan importantes labores de control de plagas.
Estos organismos tienen diferentes necesidades a lo largo de sus ciclos vitales. Los paisajes más heterogéneos serían más beneficiosos, al proveerles de una mayor variedad de recursos. Y esto repercutiría de manera positiva también en el rendimiento agrícola.
Además, en muchos casos, estas prácticas de manejo tienen otros beneficios añadidos. Por ejemplo, en los campos de cultivo más pequeños se suelen mantener zonas no cultivadas en los márgenes. Zonas que, junto con los setos que delimitan los campos, son hábitat para muchas especies. Asimismo, cuanto menor sea el campo, más cerca estará todo el cultivo de los nidos de los polinizadores. En muchas ocasiones, estas especies anidan en zonas silvestres de alrededor.
Hacia una agricultura más sostenible
Nuestro estudio supone un hito importante al combinar la evidencia sobre el efecto positivo de la biodiversidad para la producción agrícola con datos reales de rendimiento. Así, demostramos que existen prácticas agrícolas que no tienen por qué entrar en conflicto con la conservación de la biodiversidad.
Con esto, abrimos la puerta a cambiar la forma en la que cultivamos alimentos. Y demostramos que es posible una transición hacia una agricultura más sostenible.
Los resultados de estudios como este son los que deberían usarse para informar las políticas agrícolas que se impulsan desde la Unión Europea. Actualmente, estas políticas, como la Política Agraria Común (PAC), tienden a favorecer un número limitado de cultivos y un incremento de los tamaños de los campos.
Con nuestro trabajo demostramos que la inercia hacia la intensificación agrícola que estamos siguiendo no es buena para la biodiversidad, pero tampoco lo está siendo para la productividad.
Ignasi Bartomeus recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Comisión Europea.
Ainhoa Magrach recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación y de la Comisión Europea
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