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Dos semanas de tregua que excluyen a un país entero mientras las bombas siguen cayendo con total impunidad
El Gobierno israelí lo dejó claro desde el primer momento: el acuerdo no incluye territorio libanés. Es decir, se negocia la paz para unos mientras se garantiza la guerra para otros. La diplomacia se convierte así en una herramienta selectiva, donde la vida de unas poblaciones vale menos que la estabilidad de determinados intereses geopolíticos.
El propio Donald Trump celebró el acuerdo como un éxito económico antes que humanitario, afirmando que Estados Unidos ayudará a “descongestionar” el estrecho de Ormuz y destacando que “se ganará mucho dinero”. No hay metáfora. La guerra se gestiona como un mercado, y la paz como una oportunidad de negocio.
Mientras tanto, sobre el terreno, la realidad desmiente cualquier narrativa de contención. Las imágenes difundidas en redes muestran la dimensión del horror. En este registro audiovisual de ataques israelíes en Líbano difundido en redes sociales, se observan edificios enteros reducidos a escombros en cuestión de segundos. No se trata de daños colaterales, sino de destrucción sistemática.
UNA TREGUA QUE EXCLUYE A LAS VÍCTIMAS
La lógica del alto el fuego es profundamente desigual. Se presenta como un paso hacia la estabilidad, pero en realidad consolida una jerarquía de vidas. ¿Quién entra en la tregua y quién queda fuera? Esa es la pregunta que define este acuerdo.
Pakistán había planteado inicialmente un marco más amplio, pero Israel impuso su propia interpretación: Líbano no forma parte del pacto. Así, mientras se negocia la apertura del estrecho de Ormuz y se habla de reconstrucción en Irán, los bombardeos continúan sin freno en territorio libanés.
Esta exclusión no es accidental. Responde a una estrategia de fragmentación del conflicto que permite mantener la presión militar en determinadas zonas sin alterar los equilibrios globales. Es una guerra administrada, donde la violencia se dosifica según convenga a los actores dominantes.
Las y los civiles quedan atrapados en ese cálculo. Sin protección internacional efectiva, sin cobertura mediática proporcional y sin capacidad de presión diplomática, sus vidas quedan relegadas a una nota al pie de la geopolítica.
EL NEGOCIO DE LA GUERRA Y EL SILENCIO INTERNACIONAL
El discurso de Trump no deja lugar a dudas. La referencia explícita a los beneficios económicos revela una lógica estructural: la guerra no es un fracaso del sistema, es una de sus funciones. La reconstrucción, el control de rutas energéticas y la industria armamentística forman parte de un mismo engranaje.
El estrecho de Ormuz, por donde circula aproximadamente el 20% del petróleo mundial, se convierte en el eje de esta operación. La “descongestión” anunciada por Washington no es un gesto altruista, sino una intervención para garantizar el flujo de recursos y estabilizar los mercados.
En paralelo, el silencio internacional frente a lo que ocurre en Líbano resulta ensordecedor. No hay grandes titulares, no hay movilización diplomática, no hay urgencia política. La normalización de la violencia es, en sí misma, una forma de complicidad.
Las comparaciones con otros momentos históricos evidencian la doble vara de medir. Cuando determinados países son atacados, el mundo se detiene. Cuando otros son bombardeados de forma sistemática, la respuesta es la indiferencia. No es una cuestión de información, sino de prioridades.
Las instituciones internacionales, diseñadas supuestamente para garantizar el derecho internacional, muestran sus límites estructurales. Sin mecanismos coercitivos reales y condicionadas por los intereses de las grandes potencias, su capacidad de intervención queda reducida a declaraciones simbólicas.
Mientras tanto, la maquinaria continúa. Bombardeos que no se detienen, acuerdos que excluyen, discursos que mercantilizan la vida y un sistema que convierte la guerra en rutina. Porque cuando la paz se negocia sin justicia, lo que se firma no es un alto el fuego: es una tregua para seguir destruyendo.
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