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Proteger a quienes denuncian es el verdadero compromiso feminista
La reciente renuncia de Íñigo Errejón, tras una denuncia de violencia machista, nos recuerda una verdad que aún parece incómoda para algunos: creer a las víctimas debe ser el primer paso en toda sociedad que se considere justa y feminista. Y es que, en un país que presume de políticas progresistas, sigue siendo frecuente que las víctimas de violencia sexual enfrenten sospechas, dudas e incluso rechazo al alzar la voz. La cuestión no es si Errejón u otros políticos merecen el beneficio de la duda, sino si nuestras estructuras están preparadas para proteger, de forma efectiva y sin titubeos, a quienes denuncian violencia de género.
Creer a las víctimas no es sinónimo de juicio previo. No es lo mismo acusar sin pruebas que ofrecer apoyo y seguridad a quien denuncia un abuso. Lo primero exige prudencia, lo segundo, una empatía que aún nos cuesta practicar. Y, en estos días de convulsión política, el verdadero desafío para la izquierda no debería ser proteger la imagen de sus figuras públicas, sino construir un espacio en el que las víctimas se sientan respaldadas desde el primer momento. Un espacio donde las declaraciones de “tolerancia cero” sean más que palabras vacías.
El caso de Errejón pone de manifiesto una falla en el sistema: la de una izquierda que, aunque se enorgullece de su defensa del feminismo, sigue cayendo en el error de colocar sus intereses partidistas por encima de la protección de las mujeres. La renuncia no debe ser vista como el final de la historia, sino como el punto de partida para una autocrítica profunda. Si las víctimas perciben que denunciar no les garantiza protección, sino un espectáculo mediático y la exposición al escarnio, ¿cuánto avanzamos realmente en términos de igualdad?
Creer a las víctimas significa crear un entorno donde la palabra de las personas agredidas no se ponga en tela de juicio sin más. Que sentirse apoyadas y seguras en el proceso de denuncia sea lo que predomine, y no el miedo a ser señaladas, desacreditadas o abandonadas. Porque mientras exista la sombra de la impunidad, mientras las agresoras o agresores sigan creyendo que sus acciones pueden quedar sin castigo, las políticas de igualdad y las declaraciones públicas de apoyo se quedan en gestos simbólicos.
La izquierda, y en particular aquellos sectores que han convertido el feminismo en un eje de su discurso, tienen aquí una responsabilidad ineludible. No se trata de acusar a las figuras que caen en desgracia ni de hacer justicia popular. Se trata de construir mecanismos sólidos, tanto legales como sociales, que garanticen que ninguna víctima tema represalias o descrédito al dar el paso de denunciar. La realidad es que una cultura de apoyo inquebrantable y de creencia inicial hacia las víctimas es la única vía para desmantelar el poder que el patriarcado ejerce en silencio.
La credibilidad de un partido, de un movimiento o de cualquier institución que diga defender la igualdad de género se juega, precisamente, en la firmeza con la que respalda a las víctimas. Creer a las víctimas no es incompatible con el rigor ni con la justicia. Al contrario, es la base para romper la cadena de impunidad que permite que los abusos continúen. Que un político como Errejón, con un discurso impecable en favor de los derechos, caiga por actitudes machistas debería encender las alarmas. El machismo no entiende de partidos; es un problema estructural que encuentra refugio allí donde no se combate con firmeza.
Si verdaderamente queremos acabar con la impunidad, es hora de cambiar el enfoque. No basta con reaccionar cuando la presión social obliga a tomar decisiones. Es necesario proteger a las víctimas desde el primer momento, sin cuestionamientos ni condiciones. Creerlas no significa condenar sin pruebas, sino otorgarles la seguridad y el apoyo que merecen para enfrentar un proceso profundamente doloroso.
Porque al final, una sociedad que no cree a las víctimas es una sociedad que les da la espalda. Y una izquierda que no está a la altura de esa promesa traiciona sus propios principios, dejando un vacío de justicia que solo fortalece el silencio y el miedo.
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