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Lo que se presentó como un “milagro económico” se resquebraja en forma de recesión, endeudamiento y precariedad masiva.
EL MILAGRO QUE NUNCA FUE
En agosto de 2024, Javier Milei prometía a un auditorio de empresarios el “ajuste más grande de la historia de la humanidad”. Aplaudía el superávit fiscal, la caída de la inflación del 20% mensual en enero a menos del 5% en junio y un crecimiento trimestral del 4%. Pero ese discurso era un espejismo. El supuesto milagro descansaba en préstamos externos, en un peso artificialmente sobrevaluado y en un ajuste fiscal que desangraba hospitales, universidades y pensiones.
El gobierno ultraderechista arrancó con un salvavidas: 22.000 millones de dólares de una moratoria fiscal y otros 20.000 millones del FMI. No había milagro, sino deuda y parche. Cuando en abril de 2025 se levantó el cepo cambiario, la demanda de dólares fue brutal: 14.700 millones comprados en apenas semanas por ciudadanos que ya no confiaban en la moneda de su propio país. El Banco Central, sin reservas, respondió con tasas de interés cercanas al 80% y encajes bancarios del 53%. El resultado era previsible: la actividad se frenó en seco.
Según el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), el primer semestre de 2025 mostró una economía estancada, con riesgo de recesión. El PIB creció un 6% interanual, pero cayó un 0,1% respecto al trimestre anterior. El consumo privado descendió un 1,1%. Los créditos se encarecieron hasta niveles absurdos, estrangulando a empresas y hogares.
La motosierra que Milei blandía como símbolo se clavó en la vida cotidiana de la gente trabajadora.
EL COSTO HUMANO DE LA TERAPIA DE SHOCK
El modelo neoliberal siempre repite la misma ecuación: beneficios para inversores y un costo social devastador. Milei lo repite con precisión. La luz, el gas, el transporte y el agua subieron tras eliminarse subsidios. Los salarios quedaron rezagados frente a la inflación. Entre enero de 2024 y julio de 2025, se destruyeron 98.763 puestos de trabajo privados: 73.415 en la construcción y 42.870 en la industria.
La precarización se disparó. Personas que tenían empleo formal buscaron pluriempleo o se arrojaron a la economía informal. Jubiladas y jubilados con ingresos recortados volvieron a trabajar. Las familias que mantenían prepagas o colegios privados se endeudaron hasta límites imposibles. La morosidad en tarjetas subió del 1,9% en junio al 4,4% en julio, y en préstamos personales del 4,1% al 6,4%, los niveles más altos desde la devaluación del 50% en 2024.
El sociólogo Ariel Wilkis lo resume con una paradoja cruel: “Estabilidad de precios en tensión con la escasez de ingresos”. Es decir, menos inflación pero más hambre.
La pobreza afecta aún al 38,1% de la población, con una estructura heredada de generaciones. Aunque 1,5 millones salieron de la pobreza estadística en 2024 gracias a planes estatales, la brecha social sigue siendo brutal. Y lo que se destruyó en salud, educación y servicios públicos no se recupera con parches.
Las y los investigadores del Observatorio de la Deuda Social de la UCA advierten que el sacrificio recae sobre la clase media, atrapada entre la caída del poder adquisitivo y el aumento de gastos básicos. La motosierra arrasó con un tejido social que ya estaba debilitado.
Mientras tanto, el capital internacional observa con calma. El riesgo país saltó de 500 puntos en enero de 2025 a más de 1.500 en septiembre. El Banco Central quemó 1.057 millones de dólares en reservas en una sola semana para contener el dólar. El espejismo de los mercados se evaporó.
LA RESACA POLÍTICA DEL ESPEJISMO
Las urnas reflejaron lo que las calles gritaban: Milei perdió por casi 14 puntos en la provincia de Buenos Aires, donde vive el 40% de la población. El relato de la “guerra cultural contra la casta” se desplomó frente a las facturas de gas y los supermercados vacíos.
Los errores políticos, la corrupción en torno a Karina Milei y la soberbia de un presidente sin aliados completan el cuadro. Incluso sectores empresariales, antes encantados con los recortes, hablan de “cansancio” y de una gestión “improvisada”. En Wall Street, las acciones argentinas se desplomaron hasta un 20% tras las legislativas.
El propio Milei intentó suavizar su discurso: presentó un presupuesto con leves aumentos en salud y educación, y convocó mesas de diálogo con gobernadores. Evitó sus insultos habituales e incluso dejó de gritar “Viva la libertad, carajo”. Pero la realidad económica es más fuerte que cualquier giro retórico.
La inversión extranjera, presentada como la panacea, llega a cuentagotas. Exxon Mobile y Telefónica se fueron, y de los proyectos aprobados bajo el Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones (RIGI) apenas hay siete en marcha, con 13.067 millones de dólares comprometidos y apenas mil empleos directos. La obra pública sigue paralizada en más del 50% de los casos heredados. Las carreteras del norte, colapsadas y plagadas de agujeros, simbolizan un país que se rompe.
El milagro de Milei no era otra cosa que la vieja receta neoliberal: endeudarse, ajustar, precarizar y esperar que la paciencia social dure lo suficiente para que el capital extranjero saque su tajada.
Argentina ya vivió este ciclo en los noventa con Menem y Cavallo. Terminó en 2001 con el corralito, el cese de pagos y un estallido social. Milei juega con las mismas piezas, pero con un agravante: se presenta como cruzado divino contra la “casta” mientras multiplica la dependencia del FMI y entrega la soberanía económica a corporaciones energéticas y mineras.
Lo llaman milagro, pero huele a ruina. Lo llaman motosierra, pero corta siempre en la misma dirección: contra quienes trabajan, estudian y sostienen el país. Y cuando la motosierra se cala, lo que queda no es libertad, sino despojo.
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