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La presidenta de la Comisión Europea recula tras poner en cuestión el derecho internacional y evidencia el caos estratégico de una Unión Europea que sigue subordinada a los intereses de Washington
Ayer, 11 de marzo, Ursula Von der Leyen protagonizó uno de los episodios más incómodos de su carrera política. La presidenta de la Comisión Europea se vio obligada a rectificar públicamente en el Parlamento Europeo después de que sus propias palabras pusieran en duda uno de los pilares fundamentales de la Unión: el sistema internacional basado en reglas y el respeto al derecho internacional.
La marcha atrás fue tan rápida como reveladora. Apenas tres días después de deslizar un discurso que abría la puerta a relativizar esos principios, Von der Leyen tuvo que afirmar lo contrario ante la presión política: “Siempre defenderemos los principios de la ONU y el derecho internacional”. No fue una reflexión estratégica. Fue una recogida de cable en toda regla.
El problema no es solo el error. El problema es lo que el error revela. La Unión Europea atraviesa un momento geopolítico extremadamente delicado, con Donald Trump y Vladímir Putin empujando el tablero internacional hacia una lógica de fuerza, y su principal institución ejecutiva aparece incapaz de sostener una línea política coherente.
Cuando el mundo exige liderazgo político y claridad ética, Bruselas ofrece improvisación y contradicciones.
UNA CRISIS DE LIDERAZGO EN LA UNIÓN EUROPEA
El episodio que obligó a Von der Leyen a rectificar no fue menor. En su discurso inicial insinuó que la política exterior europea debía adaptarse a una nueva realidad geopolítica en la que el sistema basado en normas podía dejar de ser el eje central. Dicho de otro modo: la presidenta de la Comisión abría la puerta a relativizar el derecho internacional en nombre del pragmatismo geopolítico.
El terremoto político fue inmediato.
El presidente del Consejo Europeo, António Costa, salió a desautorizarla con una defensa explícita del multilateralismo y de los principios de la Carta de Naciones Unidas. La vicepresidenta de la Comisión, Teresa Ribera, lanzó una advertencia contundente: “Es muy peligroso cuestionar el derecho internacional”.
En paralelo, diplomáticos de los 27 Estados miembros manifestaron su desconcierto ante una posición que consideraban fuera de las competencias de la presidenta de la Comisión. En los pasillos de Bruselas comenzó a circular incluso el rumor de una posible moción de censura parlamentaria.
La escena en la Eurocámara fue el retrato de esa soledad política. Von der Leyen compareció prácticamente abandonada por su propio grupo, el Partido Popular Europeo. Ni siquiera acudió al pleno su líder, Manfred Weber, uno de sus rivales internos.
Durante el debate, eurodiputadas y eurodiputados socialdemócratas, liberales y de la izquierda la sometieron a una avalancha de críticas. La presidenta tuvo que desdecirse en directo de sus propias palabras mientras una veintena de intervenciones desmontaban su posición.
Una escena difícil de imaginar hace solo unos años, cuando Von der Leyen era presentada como la figura capaz de proyectar a la Unión Europea como potencia global.
LA SUMISIÓN GEOPOLÍTICA Y EL CAOS ESTRATÉGICO
La crisis actual no es un accidente aislado. Es la culminación de una cadena de decisiones erráticas que han marcado el inicio del año 2026 para la Comisión Europea.
Uno de los episodios más polémicos ocurrió 20 días antes de esta crisis, cuando Von der Leyen decidió enviar una comisaria a la inauguración de la llamada “Junta de Paz” promovida por Donald Trump, a pesar de que el Consejo Europeo había decidido no participar en esa iniciativa. La maniobra provocó un profundo malestar entre varios gobiernos europeos, que acusaron a la presidenta de actuar unilateralmente y sin mandato político.
El episodio alimentó una percepción cada vez más extendida en Bruselas: la Comisión Europea está adaptando su política exterior para no incomodar a Washington.
Esa percepción se ha visto reforzada por otros silencios incómodos. Durante semanas, Bruselas mantuvo una reacción extremadamente tibia ante varias acciones del Gobierno estadounidense que generaron preocupación internacional, desde la crisis diplomática vinculada a Venezuela hasta las tensiones provocadas por las ambiciones territoriales sobre Groenlandia, territorio perteneciente al Reino de Dinamarca y, por tanto, a la Unión Europea.
La respuesta europea solo llegó cuando Trump amenazó con aplicar aranceles comerciales a los países que apoyaran militarmente a Dinamarca. Es decir, cuando el conflicto dejó de ser jurídico o político y pasó a afectar directamente a los intereses económicos.
La Unión Europea reaccionó tarde. Y reaccionó por dinero.
Ese patrón se repite en otros frentes. En el cuarto aniversario de la invasión rusa de Ucrania, la Comisión Europea tampoco ha logrado sacar adelante sus principales iniciativas. El plan para financiar a Ucrania mediante los activos rusos congelados terminó bloqueado por desacuerdos entre Estados miembros, y el préstamo comunitario de 90.000 millones de euros sigue paralizado por el veto del Gobierno húngaro de Viktor Orbán.
Ni siquiera el acuerdo comercial con Mercosur ha escapado al caos. Tras 25 años de negociaciones, el tratado firmado el 17 de enero de 2026 quedó en suspenso después de que el Parlamento Europeo decidiera enviarlo al Tribunal de Justicia de la UE para analizar su compatibilidad con los tratados comunitarios.
La reacción de Von der Leyen fue intentar aplicar provisionalmente el acuerdo, una decisión que varios eurodiputados calificaron de antidemocrática por ignorar el papel del Parlamento.
El último episodio ha sido el debate energético. Esta misma semana, Von der Leyen defendió públicamente la energía nuclear como una opción estratégica para Europa. La vicepresidenta Teresa Ribera tuvo que recordarle que la Comisión Europea no tiene competencias para intervenir en las decisiones energéticas nacionales.
La ironía final llegó desde Berlín. El canciller alemán Friedrich Merz recordó que Alemania abandonó definitivamente la energía nuclear en 2023, cerrando su última central. Y que esa decisión ya no tiene marcha atrás.
Mientras tanto, el mundo se mueve hacia una etapa de rivalidad geopolítica abierta, con Estados Unidos y Rusia redefiniendo el equilibrio global.
Europa observa.
Duda.
Retrocede.
Y su principal figura política acaba de protagonizar una de las rectificaciones más humillantes que se recuerdan en Bruselas.
Porque cuando incluso la propia presidenta de la Comisión Europea parece olvidar qué representa la Unión, el problema ya no es un error político.
El problema es la pérdida total de rumbo.
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