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Mazón ha cambiado tantas veces su versión del 29 de octubre que ya no se sabe si miente por reflejo o por cálculo político.
La tarde del 29 de octubre de 2024 quedó grabada en la memoria de la Comunidad Valenciana como una herida colectiva. 229 personas perdieron la vida bajo la DANA más mortífera en un siglo. Mientras los equipos de emergencia luchaban contra el agua y el caos, el president Carlos Mazón (Partido Popular) comía tranquilamente con la periodista Maribel Vilaplana en el restaurante El Ventorro. Desde entonces, su relato de aquella jornada se ha convertido en una cadena interminable de contradicciones, una historia de versiones mutantes que ha terminado por sepultar su credibilidad.
Su primera versión fue casi burocrática: dijo haber llegado al Centro de Coordinación de Emergencias (Cecopi) a las 19:43, apenas después del almuerzo. Ya era tarde: decenas de personas estaban muertas o desaparecidas. Esa versión se desmoronó al poco tiempo, cuando las pruebas temporales y los testimonios no coincidían. Entonces llegó la segunda versión, con tintes victimistas. Mazón aseguró haber estado en el Cecopi a las 20:20 intentando comunicarse “sin cobertura”, acusando a la prensa de manipular los hechos.
El relato volvió a cambiar con la tercera versión, la más conocida: según Mazón, llegó al Cecopi a las 20:28, es decir, 17 minutos después de que se enviara la alerta oficial ES-Alert que advirtió del peligro de la riada. Esa diferencia temporal era crucial. Diecisiete minutos que separaban la vida de la muerte de cientos de personas. Porque la alerta, según los técnicos, podría haber evitado la mayoría de las víctimas si se hubiese emitido antes.
En ese punto, la mentira ya tenía estructura. Óscar Puente, entonces ministro de Transportes, lo señaló públicamente: “Si Mazón dice que llegó a las 20:28, ¿cómo podía estar sin cobertura a las 20:20?”. La cronología no cuadraba, ni siquiera dentro de sus propios márgenes de error.
EL DESMORONAMIENTO DEL RELATO OFICIAL
Durante los meses siguientes, la historia del president se fue desangrando por los bordes. Primero dijo que recordaba “calle a calle” el recorrido desde el restaurante hasta el Cecopi. Luego negó haber pasado por su despacho. Ahora, una nueva revelación de Levante-EMV añade otro capítulo: Mazón acompañó a Vilaplana hasta el parking cercano a El Ventorro, un detalle hasta ahora oculto que vuelve a cambiar el punto de partida temporal de su desplazamiento.
En cualquier democracia sana, un presidente que ha modificado su versión más de media docena de veces sobre una tragedia con 229 muertos habría presentado su dimisión inmediata. En la Comunidad Valenciana, en cambio, se ha normalizado la mentira institucional como herramienta de gobierno.
Mientras tanto, la oposición mantiene viva la exigencia de verdad. Joan Baldoví (Compromís) ha sido claro: “Cada vez estamos más cerca de saber la verdad. Mazón, caerás, y el PP lo pagará”. No lo dice por odio, sino por dignidad. Porque cada versión contradicha es un golpe a la memoria de las víctimas y a la confianza de todo un pueblo.
El president, lejos de asumir responsabilidades, se parapeta en el cinismo: culpa a los medios, acusa a la izquierda de “politizar la tragedia” y repite su mantra favorito, “basta de manipulación”, mientras los hechos lo desmienten una y otra vez. La verdad, en su caso, parece ser solo una variable política.
LOS SILENCIOS DE UN PARTIDO Y EL RUIDO DE LA CALLE
Feijóo no mueve ficha. Prefiere mantener a Mazón en su escaño antes que abrir una crisis interna que debilite la imagen del PP. Pero la crisis ya está abierta. Doce manifestaciones han recorrido las calles de València pidiendo la dimisión del president, al que muchos ya llaman “el hombre de las siete versiones”. Y dentro de su propio partido se empieza a oler la sangre: Francisco Camps, el expresident defenestrado por la corrupción, ve una oportunidad para volver, apoyado por los sectores más duros del partido.
El problema no es solo Mazón. Es la cultura política que lo ampara. La que convierte el engaño en protocolo, la que no entiende la dimisión como un gesto ético, sino como un signo de debilidad. La que prefiere la impunidad al respeto por las víctimas.
Un año después, la gran mentira valenciana ya no es solo su relato de aquella tarde. Es la estructura entera que lo sostiene: los silencios cómplices, los titulares indulgentes, la falta de vergüenza institucional.
Porque Mazón podrá cambiar su versión, podrá inventar nuevas horas, podrá volver a señalar a los demás. Pero el agua no se borra con declaraciones. Y las 229 víctimas de la DANA no murieron por la lluvia, sino por la desidia.
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