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UN HUMORISTA CONTRA EL PODER
El regreso de Jimmy Kimmel a la televisión estadounidense fue todo menos discreto. Tras una suspensión forzada por presiones directas de la administración de Donald Trump, el presentador volvió a escena y logró su mayor audiencia en más de una década. Según datos de Disney, 6,26 millones de personas sintonizaron su programa la noche del martes 24 de septiembre de 2025, un récord que desmiente la narrativa de que la censura apaga voces. En realidad, las multiplica.
El motivo de la suspensión fue un monólogo del 15 de septiembre, donde Kimmel hizo referencia al hombre acusado de asesinar a Charlie Kirk, activista conservador y figura clave en el aparato político trumpista. Trump y varios funcionarios presionaron a la cadena ABC hasta lograr que el programa quedara fuera de las pantallas durante casi una semana. El resultado fue paradójico: el intento de silenciarlo solo disparó la expectación.
El programa no se emitió en el 23 % de los hogares del país, debido al boicot de dos gigantes mediáticos —Nexstar Media Group y Sinclair— que controlan unas 70 emisoras locales afiliadas a ABC. Ciudades enteras como Seattle, Nashville, Nueva Orleans y hasta Washington D. C. se quedaron sin la emisión en directo. Pero ni siquiera el apagón logró frenar la avalancha de espectadores. En plataformas digitales, el fenómeno fue aún mayor: el monólogo superó los 26 millones de reproducciones en menos de 24 horas, con 15,3 millones solo en YouTube y otros 6,3 millones en Instagram. Nunca antes un episodio del cómico había alcanzado tal impacto en línea.
CENSURA, BOICOT Y EFECTO REBOTE
El episodio evidencia cómo la censura política en Estados Unidos no solo persiste, sino que se normaliza cuando se trata de voces incómodas para el poder. Trump, desde el Air Force One, calificó a Kimmel de “sin talento” y “sin audiencia”. El humorista respondió en directo: “Pues esta noche sí la tengo”, arrancando aplausos del público. Era más que un chiste: era una bofetada simbólica a la maquinaria que intentó borrarlo.
La decisión de Nexstar y Sinclair de mantener la prohibición revela el nivel de control corporativo sobre la información y el entretenimiento. Lo que está en juego no es solo la carrera de un cómico, sino la capacidad del poder político y empresarial de decidir qué voces pueden ser escuchadas. El caso de Kimmel muestra cómo el humor se convierte en un espacio de resistencia, y cómo incluso bajo veto la audiencia busca canales alternativos para acceder al contenido.
El récord pulverizó la marca anterior del propio Kimmel: un emotivo vídeo de 2017 donde narraba la enfermedad cardíaca de su hijo recién nacido, con 14 millones de visualizaciones. Esta vez, la cifra fue casi el doble en cuestión de horas. La censura intentó silenciar un chiste y acabó dando forma a un fenómeno cultural y mediático.
La conclusión es simple: cuando el poder decide a quién callar, millones deciden a quién escuchar.
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