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El independentismo posmoderno juega con fuego mientras la ultraderecha afila los cuchillos.
ROMPER POR ROMPER: EL SÍNDROME DEL ESPEJO ROTO
Las bases de Junts han hablado con un 86,98 % de apoyo a la ruptura con el PSOE. Pero lo que parecen celebrar como un acto de dignidad es, en realidad, una maniobra de vértigo que deja a Catalunya —y al conjunto del Estado— al borde del abismo. ¿Qué pretende Puigdemont? ¿Abrir la puerta a la ultraderecha? ¿Pactar con quienes solo entienden “España” como dogma y frontera?
La consulta interna se presentó como un ejercicio de coherencia. En realidad, fue una votación emocional y autodestructiva, más cercana a la épica del agravio que a la política de resultados. Puigdemont, desde su retiro confortable en Waterloo, repite el guion que ya desgastó al independentismo: la pureza por encima del progreso, la bandera por encima del pan. Y el resultado no es otro que dejar a la derecha y la extrema derecha el espacio libre para dictar el relato de país.
En su discurso, el líder de Junts acusó al PSOE de incumplir acuerdos y de “promesas vacías”. Pero olvidó mencionar que la oficialidad del catalán en la UE depende de los Estados miembros, no del Gobierno español; que la ley de amnistía se aplica con una lentitud judicial que ni siquiera el Ejecutivo controla; y que la cesión de competencias en inmigración o fiscalidad requiere reformas constitucionales que ningún partido —ni siquiera Junts— ha defendido con seriedad.
No hay estrategia. Hay resentimiento envuelto en retórica de soberanía. Mientras tanto, Catalunya sigue sin financiación justa, sin inversiones ferroviarias suficientes y con una derecha española que sueña con capitalizar cada error ajeno.
EL PRECIO DE LA COHERENCIA VACÍA
Junts dice no buscar “la estabilidad de España”, pero la pregunta real es si le interesa la estabilidad de Catalunya. Porque cuando un partido con siete diputados en el Congreso decide romper con el único bloque que frena el ascenso del fascismo institucional, lo que hace no es desobediencia: es irresponsabilidad histórica.
La maniobra de Puigdemont no fortalece la causa catalana. La debilita, al entregarla a los mismos medios y poderes que ansían convertir la política catalana en un laboratorio de odio. Vox y el PP ya celebran en silencio esta ruptura: menos diálogo, más polarización, más votos para quienes llevan años sembrando la idea de que Catalunya es un problema y no una nación.
La coherencia, sin contexto, se convierte en dogma. Y el dogma, en suicidio político.
El resultado de la consulta interna no es una victoria de la militancia, sino un síntoma del aislamiento. Junts se aleja de la realidad social que dice representar: la de las y los trabajadores catalanes que sufren alquileres imposibles, salarios precarios y servicios públicos en declive. Esas personas no viven en Bruselas, ni votan por la épica, sino por la supervivencia.
El Gobierno de coalición podrá ser imperfecto, pero fue ese pacto el que liberó a independentistas encarcelados, detuvo la judicialización del conflicto y abrió una vía política. Romper ahora esa posibilidad no es valentía, es nostalgia de confrontación. Puigdemont prefiere ser mártir antes que mediador.
Mientras tanto, la izquierda catalana observa el naufragio desde la orilla. ERC asume el desgaste, la CUP desconfía, y Junts se envuelve en un relato heroico que ya no convence ni a quienes votaron por la independencia en 2017. La política catalana se ha convertido en una asamblea de espejos donde cada quien se mira sin reconocerse.
El independentismo se enfrenta a su peor enemigo: la irrelevancia.
Puigdemont no ha roto con el PSOE. Ha roto con la realidad.
Y cuando la política deja de construir puentes, otros —más peligrosos— los cruzan.
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