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Si algo ha quedado claro en el juicio es que el beso no fue un acto aislado. Lo que vino después fue un intento brutal de presión para que la futbolista callara.
El juicio contra Luis Rubiales ha comenzado y con él se ha expuesto algo que muchas veces se intenta ocultar: el abuso de poder y la impunidad con la que operan algunos hombres en los espacios de trabajo. Jenni Hermoso ha dejado claro lo que ya se sabía: el beso no fue buscado, no fue deseado, no fue consentido. No importa cuántas veces se intente enredar el relato o cuántas estrategias utilice la defensa del expresidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) para desacreditarla.
Durante dos horas de declaración, la futbolista relató con firmeza los hechos y expuso cómo el abuso de poder de Rubiales se manifestó de la manera más evidente: una acción no consentida, en un contexto laboral, por parte de su superior. Un abuso que se tradujo, después, en un intento constante de presión para que minimizara los hechos y se convirtiera en cómplice de su propio silenciamiento.
NO HAY QUE LLORAR PARA SER VÍCTIMA
La estrategia de la defensa de Rubiales no es nueva. Se ha visto en otros casos de agresión sexual: poner en duda la reacción de la víctima, escudriñar su comportamiento antes, durante y después de la agresión, intentar convertirla en sospechosa. Lo hicieron con la víctima de La Manada, lo intentaron con la joven que denunció a Dani Alves y ahora con Hermoso.
La abogada de Rubiales le preguntó si en mensajes previos se había despedido con un «besote» o si había usado emoticonos de besos, como si eso pudiera ser una invitación al contacto físico no consentido. También cuestionó por qué Hermoso no reaccionó de inmediato con rechazo público. Como si la única manera de validar una agresión fuera el llanto inmediato o una escena de confrontación.
«No tengo que estar llorando en una habitación ni tirarme al suelo cuando pasó el acto para dar a entender que eso no me gustó», respondió Hermoso. Y es que las víctimas de agresión sexual no tienen por qué responder de una manera predefinida. La reacción ante un abuso no es un molde, pero el machismo judicial sigue esperando que las víctimas cumplan con un estereotipo para ser creídas.
PRESIÓN, SILENCIAMIENTO Y UNA FEDERACIÓN CÓMPLICE
Si algo ha quedado claro en el juicio es que el beso no fue un acto aislado. Lo que vino después fue un intento brutal de presión para que la futbolista callara. Primero en el vestuario, después en el avión de regreso y luego en los días siguientes, con viajes organizados para que aceptara colaborar en la versión oficial.
Rubiales y su entorno le insistieron en que saliera a «quitar hierro al asunto». Incluso utilizaron la excusa de que sus declaraciones podrían afectar a las hijas de su agresor. Y mientras la presionaban, la Federación optaba por mirar a otro lado.
«Me sentí desprotegida por la Federación. Tenía que ser mi lugar seguro y nadie preguntó cómo estaba», afirmó Hermoso. La RFEF, que tenía un protocolo contra la violencia sexual aprobado dos meses antes, jamás lo aplicó. Se preocupó más por limpiar la imagen de Rubiales que por defender a una de sus jugadoras campeonas del mundo.
El juicio sigue y con él se expone una cultura de impunidad que ha permitido que personajes como Rubiales se crean intocables. Pero Jenni Hermoso ha dejado claro que ni el poder, ni la presión, ni la manipulación pueden cambiar una verdad simple: el consentimiento no se asume, se pide.
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