Cuando el balón ya no tapa la sangre, las gradas se convierten en trincheras contra el genocidio.
EL FÚTBOL YA NO PUEDE SER CÓMPLICE
Lo que hace apenas diez días parecía impensable hoy se coloca en la mesa de las decisiones más duras del deporte mundial. UEFA y FIFA mantienen conversaciones para expulsar a Israel de todas sus competiciones: clubes fuera de la Champions, Europa League y Conference, y selecciones apartadas de la clasificación para el Mundial 2026.
El detonante ha sido múltiple y no casual. La semana pasada, Ursula von der Leyen anunció la suspensión parcial de acuerdos comerciales con Israel, un movimiento político que ha hecho temblar hasta los despachos deportivos. A la vez, el eco de las protestas propalestinas en la Vuelta ciclista —que obligaron a cancelar la última etapa y la entrega de premios— desnudó la fragilidad de la narrativa de “normalidad” que Israel intenta sostener.
Pero el golpe definitivo llegó el martes, cuando ocho expertos de Naciones Unidas publicaron un comunicado exigiendo a la UEFA y a la FIFA que aparten a Israel. “El deporte debe rechazar la percepción de que todo sigue como de costumbre”, señalaron. Recordaron además que el Consejo de Derechos Humanos de la ONU concluyó hace apenas una semana que Israel está cometiendo un “genocidio” en los territorios palestinos ocupados, especialmente en Gaza.
El presidente de la UEFA, Alexander Ceferin, sopesa convocar de urgencia al Comité Ejecutivo para someter la expulsión a votación. Mientras, el Consejo de la FIFA presidido por Gianni Infantino tiene cita el 2 de octubre, con la posibilidad de que la sanción se apruebe de manera coordinada, como sucedió con Rusia tras la invasión de Ucrania.
LA REBELIÓN DE LAS GRADAS
Mientras los despachos tiemblan, las gradas ya han dictado sentencia. El jueves pasado, en Salónica, hinchas del PAOK desplegaron pancartas contra el genocidio de Gaza en su duelo de Liga Europa frente al Maccabi de Tel Aviv. No fue un gesto aislado, sino parte de una ola de protestas que recorre estadios de toda Europa.
El fútbol, que tantas veces ha servido para blanquear regímenes y guerras, se convierte ahora en un altavoz incómodo. La pelota ya no rueda en silencio: rebota en pancartas, cortes de carretera, huelgas deportivas y boicots espontáneos. La narrativa del “deporte como espacio neutral” se deshace cuando la realidad irrumpe a patadas: en Gaza no hay césped ni porterías, solo ruinas, hambre y morgues desbordadas.
Las organizaciones deportivas, que durante años miraron a otro lado mientras se levantaban muros y se bombardeaban hospitales, enfrentan una disyuntiva histórica. O expulsan a Israel, o quedan como cómplices de un genocidio avalado con cada saque inicial y cada himno sonando en un estadio europeo.
La pregunta ya no es si la FIFA y la UEFA se atreverán a sancionar a Israel, sino si seguirán permitiendo que el fútbol sirva como pantalla para encubrir la barbarie. Porque hoy, cuando un balón se lanza al aire, cae inevitablemente en Gaza, sobre los escombros.
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