Israel acelera la anexión de Cisjordania mientras JD Vance bendice la impunidad desde JerusalénEl apartheid israelí ya no disimula: legaliza la ocupación con el aval de Washington.
ANEXAR UN CRIMEN: EL ROBO LEGALIZADO DE UNA TIERRA VIVA
El 22 de octubre de 2025, el Knesset israelí aprobó en votación preliminar la anexión formal de Cisjordania. Veinticinco votos a favor, veinticuatro en contra. La diferencia entre el delito y la ley cabía en un solo voto. Mientras tanto, el vicepresidente estadounidense JD Vance visitaba Jerusalén junto a Jared Kushner y Steve Witkoff, emisarios del gobierno de Donald Trump. La coincidencia no fue casualidad. Fue el símbolo perfecto del matrimonio entre el poder militar israelí y el cinismo político estadounidense.
Israel no solo ocupa: ahora legisla su ocupación. A lo que llaman “soberanía” es en realidad la institucionalización del expolio. Convertir en norma lo que durante décadas fue crimen de guerra. No es una anexión: es la consagración de un apartheid con membrete legal.
El texto, impulsado por parlamentarios de la extrema derecha israelí, busca extender la “soberanía” israelí sobre los territorios palestinos que llevan 57 años bajo ocupación militar. Desde 1967, más de 700.000 colonos israelíes han sido trasladados ilegalmente a Cisjordania y Jerusalén Este, en violación directa del derecho internacional y de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU.
Mientras el proyecto avanzaba en el Parlamento, en el terreno se multiplicaban los asesinatos. Solo una semana antes, el niño palestino de cuarto grado Mohammad Bahjat Al-Hallaq fue abatido a tiros mientras jugaba al fútbol en Hebrón. El número de personas asesinadas en Cisjordania superó ya el millar en 2025, según Truthout. Ese es el contexto real del “proceso legislativo”: sangre seca en los muros, y firmas en los despachos.
TRUMP, VANCE Y EL NUEVO MANDATO DEL CINISMO
Donald Trump ha dicho que se opone a la anexión. Pero su política la ha hecho inevitable. Fue él quien reconoció Jerusalén como capital de Israel, quien bendijo la ocupación del Golán y quien armó hasta los dientes al ejército israelí durante el genocidio en Gaza. Ahora, mientras finge moderación, su vicepresidente JD Vance sonríe al lado de Netanyahu, el mismo que ordenó el asedio que dejó a dos millones de personas sin agua ni electricidad.
Trump dice que no permitirá la anexión, pero ha permitido la impunidad total del Estado que la ejecuta. Su negativa es puro teatro diplomático: Washington juega a ser árbitro mientras financia al agresor.
Incluso el Senado demócrata, tan tibio como predecible, ha enviado una carta firmada por casi todos sus miembros —salvo John Fetterman— pidiendo a Trump que mantenga su postura “contra la anexión”. Lo hacen no por principios, sino por cálculo electoral. Porque saben que, según una encuesta de Reuters/Ipsos, el 60% de la población estadounidense quiere que su país reconozca el Estado palestino, incluyendo el 80% de los votantes demócratas. El pueblo estadounidense lo entiende mejor que su clase política: no puede haber paz donde se normaliza el robo.
Mientras tanto, Jared Kushner, yerno de Trump y empresario con intereses inmobiliarios en Israel, se permite decir en 60 Minutes que “Gaza y Cisjordania son demasiado diferentes para formar un Estado conjunto”. No menciona que esa diferencia la construyeron ellos mismos con muros, checkpoints, bloqueos y bombardeos.
La anexión es el último clavo en el ataúd de la solución de los dos Estados. Netanyahu lo sabe, Vance lo aplaude y Occidente lo tolera. Cada voto en el Knesset es un ladrillo más sobre la tumba del derecho internacional.
Lo llaman “soberanía” pero es saqueo.
Lo llaman “seguridad” pero es apartheid.
Lo llaman “alianza” pero es complicidad en un crimen.
El futuro se escribe en Hebrón, con sangre palestina y silencio occidental.
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