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La escritora chilena recuerda cómo un país puede derrumbarse en apenas 24 horas mientras el machismo, el odio y el autoritarismo avanzan disfrazados de normalidad.
Henar Álvarez viajó hasta San Francisco para entrevistar a una de las voces más importantes de la literatura en castellano. Y lo que dejó Isabel Allende en Al cielo con ella no fue una charla amable sobre libros, fama o nostalgia. Fue algo bastante más incómodo. Un recordatorio brutal de que las democracias también mueren despacio. Que el machismo muta. Que el odio se normaliza. Que las libertades pueden desaparecer mientras mucha gente sigue convencida de que “eso aquí no puede pasar”.
Allende, con 84 años, más de 80 millones de libros vendidos y traducciones en 40 idiomas, habló desde la experiencia de quien vio cómo un país entero se hundía bajo un golpe de Estado. Y se nota. Hay una diferencia enorme entre quienes hablan de democracia como un concepto abstracto y quienes han tenido que huir para sobrevivir.
“La democracia es mucho más frágil de lo que creemos y solamente se aprecia cuando se pierde”, dijo durante la entrevista. No lo planteó como una frase grandilocuente para redes sociales. Lo dijo casi como quien recuerda una cicatriz vieja que todavía duele. Porque ella vio cómo Chile pasó del debate político a la dictadura en cuestión de horas. Literalmente. “En Chile se perdió en 24 horas”, recordó. Y añadió algo todavía más inquietante: en otros países no desaparece de golpe, sino lentamente, “royendo desde la base”.
Cuesta escuchar eso y no pensar en Estados Unidos. O en Europa. O en el crecimiento global de una extrema derecha obsesionada con perseguir feministas, migrantes, personas LGTBIQ+, periodistas y cualquiera que incomode al poder económico y cultural tradicional. Cuesta no pensar en cómo el odio se convierte en entretenimiento televisivo mientras los derechos sociales se presentan como privilegios excesivos.
EL PATRIARCADO YA NO NECESITA DISIMULAR
Hay un momento especialmente revelador en la conversación cuando Allende habla de la revista Paula, publicación chilena en la que trabajó y desde la que empezaron a romper silencios incómodos sobre aborto, divorcio, prostitución, desigualdad laboral o infidelidad. Temas que hoy algunos sectores presentan como “batallas culturales modernas”, cuando muchas mujeres llevan décadas dejándose la piel para poder hablar de ellos sin ser aplastadas socialmente.
Lo interesante no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta.
“Allí nos salvó el humor”, explica. “Fue burlarse del machismo, burlarse del patriarcado”. Y esa frase tiene más profundidad política de la que parece. Porque el patriarcado soporta mal el ridículo. Mucho peor que la crítica académica. Por eso la ultraderecha global ha convertido el humor reaccionario en un arma constante y, al mismo tiempo, intenta destruir cualquier sátira feminista o progresista que les exponga como lo que son: estructuras de poder profundamente inseguras.
Allende tampoco romantiza el éxito. Y eso también tiene carga política. En una época donde el capitalismo convierte incluso a las escritoras en marcas aspiracionales, ella desmonta esa fantasía con una frase mucho más terrenal: “Tengo que lavar los platos igual, recoger la caca del perro igual”. Parece una anécdota menor. No lo es.
Vivimos en una cultura que necesita fabricar élites inalcanzables constantemente. Millonarios visionarios. Gurús. Genios individuales. Personas convertidas en producto. Y Allende hace justo lo contrario: aterriza el mito. Lo humaniza. Lo devuelve al suelo. Tal vez por eso sigue conectando con tanta gente.
Pero la frase más demoledora probablemente fue otra: “Me ha costado 84 años conseguir lo que los hombres consiguen con la mitad de tiempo y esfuerzo”.
Ahí está resumido el problema estructural entero. Décadas de talento, trabajo y reconocimiento internacional para obtener un respeto que a muchísimos hombres se les concede automáticamente. Y todavía hay quien insiste en que el feminismo “ya no hace falta”. Como si la desigualdad desapareciera porque algunos tertulianos estén cansados de escuchar hablar de ella.
CUANDO EL AUTORITARISMO SE CONVIERTE EN COSTUMBRE
La entrevista deja una sensación extraña. Porque Isabel Allende no habla desde el catastrofismo vacío ni desde el cinismo cómodo. Habla desde la memoria política. Y eso cambia todo.
Hay personas que creen que las democracias caen con tanques en las calles. A veces sí. Otras veces caen con campañas mediáticas permanentes, con jueces convertidos en actores políticos, con multimillonarios comprando periódicos, con algoritmos premiando odio, con periodistas convertidos en propagandistas y con una ciudadanía agotada económicamente.
Se erosionan poco a poco. Día tras día.
Primero convierten a colectivos vulnerables en enemigos públicos. Luego banalizan la violencia verbal. Después llega la persecución política selectiva. Más tarde, la censura cultural. Y cuando mucha gente quiere reaccionar, el deterioro ya está demasiado avanzado.
Allende apunta directamente hacia Estados Unidos porque vive allí y porque observa esa degradación de cerca. Un país donde sectores ultrarreligiosos intentan ilegalizar derechos reproductivos mientras multimillonarios financian discursos autoritarios disfrazados de libertad individual. Donde la palabra “democracia” se llena la boca de quienes luego apoyan golpes institucionales o políticas represivas.
Y sí, cuesta no ver paralelismos en otros lugares.
También en España. Donde ciertos sectores políticos y mediáticos llevan años normalizando discursos antifeministas, racistas y reaccionarios mientras se presentan a sí mismos como víctimas censuradas. Donde se criminaliza la protesta social y se protege con absoluta impunidad a quienes acumulan poder económico. Donde algunos llaman “dictadura woke” a que las mujeres y las minorías hablen más alto que antes.
La entrevista de Henar Álvarez funciona precisamente porque no intenta convertir a Isabel Allende en una estatua cultural intocable. La deja hablar como alguien que ha vivido demasiado para tragarse según qué cuentos. Y quizá por eso sus palabras incomodan tanto.
Porque cuando alguien que sobrevivió al derrumbe democrático te dice que el deterioro ya ha empezado, lo peligroso no es exagerar.
Lo peligroso es seguir actuando como si nada estuviera pasando.
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