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La UE acelera hacia un modelo de exclusión que normaliza la externalización del dolor
LA FORTALEZA LEGISLA SU CERROJO
Europa se atrinchera. Lo hace de manera metódica, fría, revestida de una respetabilidad burocrática que pretende camuflar lo evidente: la deriva reaccionaria ya no es un accidente, sino una hoja de ruta compartida por gobiernos conservadores, liberales y ultras. En la semana del 8 de diciembre de 2025, mientras la ciudadanía europea mira hacia otro lado, las instituciones comunitarias han empezado a desmantelar de forma activa el derecho de asilo, un derecho reconocido desde 1951 y convertido hoy en papel mojado.
La clave está en dos conceptos que parecen neutros: países seguros de origen y países seguros terceros. Eufemismos que autorizan a expulsar más rápido, a tramitar menos, a desentenderse más. El Consejo de la UE explicó en su comunicado del lunes que las nuevas normas permitirán rechazar solicitudes cuando la persona refugiada pudiera haber pedido protección en un país no comunitario considerado seguro. El argumento pretende sonar técnico. En realidad abre la puerta a trasladar el sufrimiento a otros territorios para mantener limpia la fachada europea.
Europa no quiere ver la guerra, pero sí quiere legislar contra quienes huyen de ella.
La reforma paralela sobre países de origen seguros profundiza en esta lógica. Se amplían criterios para acelerar devoluciones, incluso cuando los datos demuestran que la inseguridad, la persecución o la violencia institucional en esos territorios están documentadas por organismos como ACNUR o Amnistía Internacional. Se legisla ignorando la evidencia, porque la evidencia estorba la maquinaria.
La maniobra cuenta con el aval de la Comisión de Libertades Civiles del Parlamento Europeo (LIBE), que la semana pasada votó su propuesta. Un voto que, según denunció el grupo de La Izquierda, respalda los intentos de desplazar los procedimientos de asilo fuera del territorio europeo, siguiendo exactamente la aspiración de Giorgia Meloni materializada en su acuerdo con Albania en 2024. Ese pacto prevé que quienes lleguen a Italia en busca de refugio sean enviados a centros de detención en suelo albanés, financiados y diseñados por Italia, hasta que se resuelva su caso.
Los estudios del Parlamento Europeo de 2024 ya advertían de que estos modelos de externalización aumentan los riesgos de violencia, opacidad y arbitrariedad en los procedimientos. Las advertencias no han frenado a los gobiernos europeos, que han visto en la iniciativa de Meloni una oportunidad política y un laboratorio de impunidad.
Europa prueba su nuevo orden en los cuerpos de quienes no pueden responder.
LA NORMALIZACIÓN DE LA EXTERNALIZACIÓN
La tendencia no se limita a Italia. En los últimos meses, Alemania y Grecia han impulsado la idea de centros de retorno en países africanos, concebidos como herramientas de disuasión. El ministro griego Thanos Plevris lo resumió con una frase quirúrgica: imagina tomar a un egipcio y enviarlo a Uganda. Ese es el nivel de deshumanización que se verbaliza ya sin pudor. Se reduce la vida de una persona a un ejemplo en una tertulia política.
Estos movimientos forman parte de una arquitectura que se expande como un virus: acuerdos con Túnez para blindar fronteras, incentivos económicos para gobiernos con historiales de abusos, redefinición de lo que se considera seguro. Todo ello mientras miles de personas huyen de guerras, sequías, persecuciones y devastaciones alimentadas, en muchos casos, por intereses económicos europeos.
Europa externaliza el impacto, pero no renuncia a los beneficios que lo generan.
Las organizaciones de derechos humanos han advertido en vano. ACNUR, el Consejo Europeo de Refugiados y Exiliados y decenas de ONG han documentado el aumento de muertes, desapariciones y devoluciones en caliente asociadas a estas políticas. Un informe de 2023 del Parlamento Europeo señalaba que la externalización vulnera el artículo 18 de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE. Pero el nuevo discurso político ya no se molesta en ocultar su propósito: si las leyes impiden vulnerar derechos, entonces se cambian las leyes. Lo dijo sin rodeos el eurodiputado francés Damien Carême esta semana.
La eurodiputada italiana Ilaria Salis fue aún más lejos: describió la alianza entre la derecha tradicional europea y la extrema derecha como una coalición racista dispuesta a convertir al continente en una fortaleza decadente. No es retórica. Es un diagnóstico que encaja con la secuencia política de los últimos dos años: endurecimiento de Frontex, blindaje de fronteras, acuerdos con regímenes autoritarios y normalización del lenguaje deshumanizante en los parlamentos.
Lo más grave no es la existencia de estos discursos. Lo más grave es su adopción por gobiernos que se autodefinen democráticos. Funcionan bajo el principio de delegar la violencia: que otros detengan, retengan y silencien para que Europa pueda fingir neutralidad. Las y los migrantes dejan de ser sujetos de derechos y pasan a ser un problema logístico.
Europa convierte la defensa de los derechos humanos en un eslogan vacío mientras legisla para erosionarlos.
En este contexto, la política migratoria se transforma en espectáculo moral. La externalización permite que el sufrimiento ocurra lejos, lejos de las costas que alimentan titulares, lejos de los centros de detención que erosionarían la imagen europea. El resultado es una estrategia que combina cinismo institucional y cálculo electoral.
La historia demuestra que cuando un continente renuncia a proteger a quienes huyen del horror, termina justificando cualquier muro. Desde Hungría hasta Italia, desde Alemania hasta Grecia, el mensaje se ha unificado: preservar la comodidad europea a costa de la vida de quienes escapan.
Europa se aferra al miedo porque le aterra mirarse al espejo.
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