Mientras Hamás acepta una tregua, Israel responde con más reservistas y más destrucción
LA OCUPACIÓN COMO ESTRATEGIA
Israel ha aprobado el plan militar para la toma de Ciudad de Gaza, el mayor municipio de la Franja, como si de una conquista imperial se tratase. La operación se anuncia en paralelo al llamamiento de 60.000 reservistas, una cifra que desnuda la magnitud del despliegue: hablamos de una invasión en toda regla. No se trata de “defensa” ni de “operación quirúrgica”, sino de una maquinaria de guerra contra una población que ya está cercada, hambrienta y sin refugio.
El ministro de Defensa, Israel Katz, y el jefe del ejército, Eyal Zamir, confirmaron la ofensiva tras una reunión con altos cargos de inteligencia. La decisión revela lo que ya nadie puede ocultar: la paz nunca fue el objetivo, la ocupación sí.
Resulta grotesco que, al mismo tiempo que Israel prepara tanques y bombardeos, Hamás aceptara el lunes una propuesta de tregua prácticamente idéntica a la que Tel Aviv había firmado semanas atrás. Los mediadores internacionales hablan de un texto “casi idéntico”. La respuesta israelí no ha sido el diálogo, sino más pólvora. La política del Gobierno de Netanyahu y sus socios de extrema derecha es clara: convertir Gaza en un laboratorio de exterminio y dominación territorial.
EL DESPRECIO A LA TREGUA Y EL CÁLCULO DE LA VIOLENCIA
Lo que está en juego no es solo el control militar de un territorio, sino la imposición de un relato. Israel desprecia la tregua porque la paz no rentabiliza políticamente. La industria armamentística y la estrategia de colonización necesitan guerra constante. El envío de decenas de miles de reservistas responde a un cálculo frío: prolongar el asedio como mensaje ejemplarizante al pueblo palestino y al mundo.
Mientras tanto, la comunidad internacional juega al equilibrista hipócrita. La misma Europa que se desgarra las vestiduras con Ucrania guarda silencio cuando se trata de Gaza. Estados Unidos sigue garantizando el blindaje diplomático de Israel, incluso frente a una propuesta de alto el fuego que ya había sido validada antes.
El lenguaje oficial habla de “operación definitiva contra Hamás”. Pero quienes serán borrados de los mapas, una vez más, son las y los civiles palestinos. Familias enteras reducidas a escombros, hospitales convertidos en cementerios, escuelas bombardeadas bajo la coartada de la “seguridad”. Israel no busca desarmar a Hamás, sino demostrar que ninguna vida palestina vale tanto como un cálculo electoral en Tel Aviv o una demostración de fuerza ante Washington.
Israel no está rechazando a Hamás. Está rechazando la paz.
La historia recordará este momento no como un acto de defensa, sino como un paso más en el proyecto colonial de borrar Gaza del mapa. Y esa es la definición más precisa de genocidio.
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