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En los años 80, cuando las calles de Estados Unidos se llenaban de estudiantes, músicos y activistas exigiendo la desinversión en Sudáfrica, muchos decían que nada cambiaría. Pero los boicots, las sanciones y la presión colectiva lograron lo impensable: la economía del apartheid colapsó y Nelson Mandela salió de prisión en 1990. En 1994, los sudafricanos negros votaron por primera vez. No fue un milagro, sino una victoria conquistada a pulso.
El boicot tuvo rostros: los campus universitarios que se negaron a recibir dinero manchado de racismo, los artistas que renunciaron a tocar en Sun City, las empresas que se largaron ante la presión. Coca-Cola fue la primera en abandonar Sudáfrica. Stevie Wonder fue arrestado frente a la embajada sudafricana en Washington por exigir lo mismo. Las sanciones llegaron en 1986, y el Congreso prohibió los vuelos al país. Funcionó.
Hoy, cuatro décadas después, una nueva lucha se gesta, esta vez contra uno de los hombres más ricos del mundo: Elon Musk, el magnate con una biografía manchada de supremacismo blanco, acumulación obscena de subsidios públicos y una deriva fascistoide difícil de ignorar. El dueño de Tesla y SpaceX, el mayor donante de Trump, el multimillonario que se presenta como libertario pero cuyas empresas dependen del Estado, está viendo cómo su imperio tambalea ante un boicot en crecimiento.
ELON MUSK Y EL APARTHEID: UNA HISTORIA QUE NO SE CUENTA
Musk nació en Sudáfrica en 1971, en el apogeo del apartheid. Su familia tenía dinero y poder. Su abuelo materno huyó de Canadá en los años 50 por ser demasiado extremista incluso para la ultraderecha de su país y recaló en Pretoria, en una sociedad donde la supremacía blanca no solo era ley, sino modo de vida. Musk creció en un ambiente donde la segregación racial era la norma, y ha hablado poco sobre ello.
Pero hay hechos que no se pueden ignorar. En su ascenso en Silicon Valley, Musk se rodeó de sudafricanos con ideas reaccionarias. Peter Thiel, su antiguo socio en PayPal, calificó las críticas al apartheid como «exageradas». Otro de sus compañeros, David Sacks, firmó un artículo contra la acción afirmativa en 1996. Musk mismo ha permitido y amplificado discursos supremacistas en X (antes Twitter) mientras despide a moderadores y da espacio a neonazis.
El apartheid cayó en Sudáfrica, pero su legado sigue vivo en la acumulación obscena de riqueza y el desprecio por la justicia social de la élite tecnológica. Ahora, Musk se enfrenta a una tormenta que recuerda los boicots que ayudaron a derribar ese régimen.
TESLA Y EL BOICOT QUE SE EXPANDE
Las protestas contra Tesla y Musk han crecido en las últimas semanas. El movimiento «Tesla Takedown» ha llevado a manifestaciones en concesionarios, venta masiva de acciones y cancelaciones de pedidos. En Europa, las ventas de Tesla cayeron un 50% en enero de 2025, mientras que el mercado general de vehículos eléctricos creció un 34%. En California, el bastión progresista de Estados Unidos, las ventas de Tesla bajaron un 12%.
Las acciones de Tesla han caído un 37% desde diciembre de 2024, y Musk ha perdido decenas de miles de millones en riqueza. La caída ha sido acelerada por la percepción de que su empresa es más un culto a su ego que un proyecto de futuro.
Los propietarios de Tesla también están reaccionando. En foros y redes sociales, algunos llaman a desactivar las funciones premium para reducir ingresos a la empresa. Otros venden sus coches y los reemplazan por modelos de fabricantes menos tóxicos. En las calles, los «swasticars» (cybertrucks vandalizados con esvásticas y mensajes antifascistas) son la prueba de que la imagen de Tesla se ha convertido en un problema.
LA LECCIÓN DE LOS 80: CUANDO EL BOICOT DUELE, EL PODER SE RESIENTE
Elon Musk no es Sudáfrica. Pero su imperio, al igual que el apartheid, depende de que la gente normal lo sostenga con su dinero, su aceptación y su inacción. Hace 40 años, Coca-Cola y McDonald’s cerraron sus operaciones en Sudáfrica porque sabían que la presión pública haría insostenible su presencia allí. Hoy, Tesla podría ser el nuevo Sun City: un símbolo tóxico al que hay que abandonar.
La historia no se mueve en línea recta. El supremacismo blanco no desapareció con Mandela ni con Obama. En 2025, vuelve con nuevas formas, nuevos rostros y un respaldo financiero sin precedentes. Pero también vuelven las herramientas para combatirlo: el boicot, la protesta, la presión económica.
Si el apartheid cayó, Elon Musk también puede caer.
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