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El último glaciar de León ha desaparecido. Con él se derrite también una parte de nuestra memoria geológica y del equilibrio climático que nos sostuvo durante milenios.
EL FIN DE UNA ERA CONGELADA
El 10 de octubre de 2025 el Trasllambrión dejó de existir. Lo que durante siglos fue el corazón helado de León es hoy un puñado de nieve derritiéndose entre las rocas. Un hueco en la montaña donde antes latía el hielo. Su desaparición no es solo una noticia local: es una advertencia escrita en piedra y silencio.
Durante dos décadas, el geógrafo Javier Santos González y el grupo Geopat de la Universidad de León documentaron su agonía. En 2004 aún conservaba parte de su cuerpo helado; en 2023 quedaba media hectárea de hielo dividido en fragmentos. En 2025 ya no queda nada. De las 10 hectáreas que tuvo en su apogeo —una lengua de seis kilómetros y un espesor de medio kilómetro— solo queda una cicatriz blanca en el macizo de los Urrieles.
El Trasllambrión fue hijo de la Pequeña Edad del Hielo (siglos XIV-XIX). Durante aquel periodo, el frío modeló montañas, reguló ríos y definió ecosistemas enteros. Hoy su muerte resume un proceso global: la desaparición de los glaciares de montaña en España y la aceleración del calentamiento global. En 2023, el informe European State of the Climate ya alertaba de que Europa se calienta el doble de rápido que la media mundial.
El glaciar leonés resistió mientras pudo. A más de 2.400 metros, bajo la Torre del Llambrión, sobrevivió a un siglo de deshielos, de veranos cada vez más largos y de inviernos cada vez más cortos. Pero los 2 grados que marcaron aquel día de octubre fueron sentencia definitiva.
CUANDO MUERE UN GLACIAR, MUERE UNA MEMORIA
Los glaciares son archivos naturales de la historia del planeta. Guardan el polvo del tiempo, las huellas del clima y los rastros químicos de nuestra propia destrucción. Cada capa de hielo es una página del pasado, y su derretimiento es una quema silenciosa de archivos.
León no depende de ellos para beber, pero sí para recordar. Porque cuando desaparece un glaciar, no solo se pierde agua: se borra el espejo del clima. Sin ellos, las montañas se convierten en desiertos de roca. Lo que antes regulaba temperaturas, amortiguaba lluvias y alimentaba ríos, se ha transformado en un paisaje árido donde el agua se filtra sin dejar rastro.
El Trasllambrión es la última pieza caída de un dominó climático que recorre toda la Cordillera Cantábrica. El glaciar de La Forcadona se evaporó. El de La Palanca, también. El Jou Negro, en Asturias, agoniza. Según el Atlas de Glaciares y Aguas de Montaña de la UNESCO (2022), el 75% de los glaciares de montaña del planeta podrían desaparecer antes de fin de siglo incluso si se cumple el Acuerdo de París.
El profesor Santos González lo dice sin rodeos: “De alguna manera sientes que estás viviendo el final de una época”. Lo que él y su equipo encontraron en octubre fue un cementerio blanco. Las morrenas, esas colinas de rocas que marcan los límites del antiguo glaciar, son ahora tumbas geológicas. Las montañas han quedado desnudas. Y el silencio solo lo rompe el eco de las piedras cayendo.
La muerte del Trasllambrión no es una metáfora, es un hecho.
Un hecho que anuncia lo que está por venir.
Porque si hasta el hielo de las cumbres ha rendido, ¿qué esperanza queda en los valles?
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