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La derecha española no radicalizó su discurso migratorio por presión externa. Lo construyó, lo normalizó y lo sostuvo durante décadas desde el poder.
Decir que el Partido Popular se ha vuelto xenófobo por culpa de Vox es una coartada cómoda. Sirve para blanquear responsabilidades, para fingir sorpresa y para presentar a la derecha tradicional como una víctima arrastrada por la ultraderecha. Pero no es verdad. El PP no ha endurecido su discurso migratorio porque Abascal le apriete por la derecha. El PP fue quien diseñó el marco, el vocabulario y la lógica que hoy Vox lleva al extremo.
Antes de que Vox existiera, ya estaban ahí el “efecto llamada”, la “inmigración ilegal”, el “papeles para todos” dicho con desprecio y el “buenismo” como insulto político. No son deslices recientes ni concesiones tácticas. Son pilares discursivos que el PP introdujo en la conversación pública española desde hace más de treinta años. Y no desde la oposición marginal, sino desde el Gobierno del Estado.
LA XENOFOBIA COMO POLÍTICA DE ESTADO
La hemeroteca no engaña. En el año 2000, en pleno debate sobre la reforma de la Ley de Extranjería, un ministro del Interior del PP, Jaime Mayor Oreja, utilizó por primera vez en sede parlamentaria la expresión “efecto llamada”. No como una hipótesis técnica, sino como arma política. En aquel mismo debate afirmó que la inmigración sería en pocos años “el principal problema de convivencia en España”, equiparándola de facto a la amenaza de ETA.
No fue solo retórica. Ese mismo ministro trasladó las competencias migratorias desde Trabajo y Asuntos Sociales al Ministerio del Interior, convirtiendo la inmigración en un problema policial y de orden público. Fue una decisión política consciente, con consecuencias duraderas. Desde entonces, la figura de la persona migrante quedó asociada institucionalmente al control, la sospecha y la seguridad, no a los derechos laborales ni a la protección social.
Bajo los gobiernos de José María Aznar, el PP inició una etapa de criminalización sistemática. En 1996, recién llegado al poder, el Ejecutivo ordenó la expulsión de 103 personas subsaharianas mediante un procedimiento que hoy resultaría escandaloso incluso para los estándares europeos más duros. Fueron narcotizadas, atadas y subidas a un avión para ser abandonadas en un país africano sin comprobar su nacionalidad ni sus solicitudes de asilo. “Teníamos un problema y lo hemos solucionado”, dijo Aznar. La frase no fue un lapsus. Fue una declaración de principios.
Es cierto que esos mismos gobiernos aprobaron procesos de regularización. Pero conviene no confundir hechos administrativos con orientación política. La regularización coexistía con un relato que presentaba a las personas migrantes como amenaza, carga y problema estructural, una narrativa que ha sobrevivido intacta hasta hoy.
DEL “EFECTO LLAMADA” A LA NORMALIZACIÓN DEL ODIO
Escuchar hoy a Alberto Núñez Feijóo hablar de “efecto llamada”, vincular migración con delincuencia o responsabilizar a la población migrante del deterioro de los servicios públicos no es una novedad. Es la continuidad de un discurso que el PP nunca abandonó. La diferencia es que ahora existe Vox, y eso permite al PP fingir que solo está reaccionando.
Pero Vox no inventó nada. Vox radicaliza lo que el PP normalizó. Dice en voz alta lo que el PP formuló con traje y tecnicismos. Donde Vox grita, el PP habla de “gestión”. Donde Vox señala con el dedo, el PP habla de “presión sobre los servicios públicos”. El resultado es el mismo. La deshumanización también puede ser institucional y educada.
Por eso no sorprende que el PP rechace hoy la regularización extraordinaria de personas migrantes. Ni siquiera cuando la medida cuenta con el respaldo de amplios sectores sociales y con posiciones favorables dentro de la propia Iglesia católica. El rechazo no es coyuntural ni táctico. Es ideológico. Forma parte de una visión del mundo en la que los derechos son condicionales y la igualdad nunca es plena.
Durante más de 30 años, el PP ha sostenido el mismo marco: la inmigración como problema, como amenaza y como excusa. Ha cambiado el contexto, han cambiado los nombres, pero no el fondo. No necesitó que le creciera una ultraderecha a su derecha para endurecer un discurso que ya era duro desde el origen. Vox no es el virus. Es el síntoma más explícito de una enfermedad política que lleva décadas instalada en el corazón de la derecha española.
La xenofobia no llegó al PP por contagio. Fue política de Estado antes de convertirse en consigna electoral.
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