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Hannah Arendt, Minneapolis y la pedagogía política de la mentira institucional
En Minneapolis, Estados Unidos, dos muertes a manos de agentes federales de inmigración en enero de 2026 han abierto algo más profundo que una crisis policial. Han activado una grieta política que tiene que ver con la verdad, con la autoridad y con la capacidad de una sociedad para reconocerse a sí misma en los hechos. El 24 de enero, Alex Pretti fue abatido por agentes federales que dispararon al menos diez veces. La versión oficial habló de defensa propia. Las imágenes posteriores mostraron otra cosa: Pretti sostenía un teléfono móvil, no un arma. Semanas antes, Renée Good había muerto en un operativo similar, también envuelto en versiones contradictorias. Las autoridades estatales y locales de Minnesota denunciaron obstáculos para acceder a pruebas e investigar de forma independiente.
No es un detalle menor. Las primeras versiones oficiales no son un trámite, son el andamiaje sobre el que se construye el juicio público. Cuando ese andamiaje se demuestra falso, incompleto o cambiante, el daño no se limita a un caso concreto. Se instala una pedagogía política corrosiva: la idea de que los hechos son maleables y que la verdad es solo una herramienta más del poder.
LA MENTIRA COMO MÉTODO DE GOBIERNO
La historia política estadounidense ofrece un catálogo amplio de este problema. Durante la guerra de Secesión (1861-1865), la administración de Abraham Lincoln cerró cientos de periódicos, detuvo a editores y censuró comunicaciones telegráficas para controlar el relato. En los años ochenta, el escándalo Irán-Contra mostró cómo la administración Reagan mintió de forma sistemática para ocultar operaciones ilegales. En 2003, las supuestas armas de destrucción masiva en Irak justificaron una guerra basada en afirmaciones que nunca fueron ciertas. Y durante la guerra de Vietnam, las administraciones de Johnson y Nixon sostuvieron públicamente que la victoria estaba cerca mientras los informes internos describían un estancamiento sangriento.
Ese doble lenguaje estalló en 1971, cuando The New York Times y The Washington Post publicaron los Papeles del Pentágono, un informe clasificado que demostraba años de engaño deliberado. Poco después, la filósofa política Hannah Arendt publicó el ensayo La mentira en la política, incluido más tarde en Crisis de la República. Arendt no analizaba la mentira como una desviación puntual, sino como una técnica estructural de gobierno.
Para Arendt, el problema no era que las y los gobernantes mintieran. El problema era lo que le ocurre a una sociedad cuando se la entrena para dejar de creer en un mundo factual compartido. Cuando el poder no informa sobre la realidad, sino que intenta fabricarla, el resultado no es la obediencia, sino el cinismo. Y el cinismo es políticamente estéril.
“YA NADIE CREE EN NADA”
Arendt había llegado a esa conclusión mucho antes. En Los orígenes del totalitarismo (1951), analizó cómo el nazismo y el estalinismo destruyeron la relación entre verdad y política. Más tarde, en sus crónicas para The New Yorker sobre el juicio a Adolf Eichmann en 1961, volvió sobre la misma idea desde otro ángulo: la banalidad del mal se alimenta de la suspensión del juicio.
Los Papeles del Pentágono confirmaron para Arendt un giro decisivo: la política convertida en “creación de imagen”. Gobernar ya no consistía en responder ante la ley o los hechos, sino en gestionar percepciones. En ese marco, la verdad deja de ser un límite y se convierte en un recurso manipulable.
La advertencia de Arendt sigue siendo incómodamente precisa. “Si todo el mundo te miente constantemente, la consecuencia no es que creas las mentiras, sino que ya nadie cree en nada”, escribió. No se trata de que una falsedad triunfe sobre la verdad, sino de que la realidad misma se vuelva inestable. Cuando las versiones oficiales cambian según conviene, la capacidad colectiva de pensar, juzgar y decidir se deteriora.
Eso es lo que está en juego cuando un Gobierno emite afirmaciones categóricas que luego chocan con pruebas audiovisuales, como ocurrió en el caso de Alex Pretti. No es un fallo de comunicación, es una quiebra de legitimidad. Las declaraciones distorsionadas, la publicación selectiva de pruebas y la resistencia a investigaciones externas transmiten un mensaje claro: el relato importa más que los hechos.
Las redadas de inmigración son, por definición, operaciones de alta tensión. Se ejecutan con rapidez, con escasa visibilidad pública y exigen a las comunidades afectadas que acepten una presencia federal agresiva como legítima. En ese contexto, la transparencia no es un gesto ético, es una condición política básica. Cuando se niega, el Estado no solo mata cuerpos; erosiona el suelo común sobre el que se sostiene la democracia.
Arendt recordaba que la verdad factual es un bien público, no una concesión graciosa del poder. Las democracias pueden sobrevivir a errores, a contradicciones y a disputas políticas duras. Lo que no soportan es la normalización de la mentira organizada. Porque sin una realidad mínimamente compartida, no hay deliberación posible, solo gestión autoritaria del desconcierto.
Minneapolis no es un episodio local ni un debate técnico sobre el uso de la fuerza. Es una prueba política de primer orden. Cuando el poder reescribe los hechos, no solo manipula el pasado: incapacita al presente para reaccionar y al futuro para decidir.
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