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La semana pasada, Juanma Bajo Ulloa se sentó en el plató de Horizonte, el programa de Iker Jiménez, para denunciar la supuesta “dictadura woke” del cine español. Según su relato, si no escribes guiones con inclusión, paridad y Agenda 2030, estás fuera. Sin ayudas. Sin salas. Sin premios.
El problema es que los datos no encajan con el discurso.
LA AYUDA PÚBLICA QUE “NO EXISTE”
Bajo Ulloa afirmó que el sistema de subvenciones favorece solo a películas “ideológicamente aceptables”. Pero su propia película, El mal, recibió apoyo público.
En los créditos figura el respaldo de RTVE y EITB. Según datos obtenidos vía transparencia, RTVE adquirió la película por 700.000 euros. La misma cantidad que recibió Rodrigo Sorogoyen por As bestas. Más que Alcarràs, de Carla Simón, ganadora del Oso de Oro en Berlín.
No solo eso. El mal ya había recibido en 2011 una ayuda al desarrollo de 40.000 euros. Y su anterior película, Baby, obtuvo 266.050 euros en ayudas del Ministerio de Cultura.
Es decir: el sistema que denuncia es el mismo que ha financiado parte de su filmografía.
La recaudación en taquilla de El mal ronda los 22.907 euros. Pero la rentabilidad nunca ha sido el criterio principal para conceder ayudas. De hecho, quienes más atacan las subvenciones al cine suelen usar precisamente ese argumento económico que, cuando les conviene, desaparece del relato.

LOS PUNTOS QUE NO SON COMO LOS CUENTA
El director sostuvo que si es hombre apenas suma puntos en el sistema y que bastaría poner a “una chica sin currículum” para obtener diez.
Eso no es correcto.
En las ayudas generales del ICAA, 92 de los 100 puntos responden a criterios objetivos: viabilidad económica, gasto en España, financiación asegurada, solvencia de la productora. La trayectoria del director otorga como máximo 7 puntos. El bloque de igualdad de género puede sumar hasta 8 puntos. Tener una directora da 3.
No existen puntos por tener personas racializadas ni por contratar personas LGTBI. Sí existen incentivos para incorporar personas con discapacidad o en prácticas, en línea con políticas de accesibilidad.
Si el sistema estuviera diseñado para expulsar a los hombres, los datos deberían reflejarlo. No es así. En 2024, de 63 películas con ayuda, 23 fueron dirigidas por mujeres (36,5%). En años anteriores la cifra oscila entre el 36% y el 40%. Nunca ha alcanzado el 50%.
Tampoco en RTVE: entre 2020 y 2023, el 63,7% de las películas adquiridas fueron dirigidas por hombres.
La realidad es menos épica que el relato: el sistema no ha feminizado el cine. Apenas ha corregido parcialmente un desequilibrio histórico.

CUANDO EL RELATO IMPORTA MÁS QUE LOS HECHOS
El discurso de Bajo Ulloa no se quedó en las ayudas. También habló de salas “ideologizadas” que impiden estrenos incómodos. Sin embargo, documentales sobre tauromaquia o fenómenos conservadores como Sound of Freedom han encontrado distribución amplia en España.
Si el mercado estuviera filtrado por ideología progresista, esos títulos no habrían tenido espacio.
El problema no es disentir del modelo de ayudas. El debate es legítimo. Lo problemático es construir una narrativa de persecución mientras se omite que uno mismo ha sido beneficiario del sistema que denuncia.
En un país donde el cine siempre ha sido campo de batalla cultural, resulta tentador convertir una mala taquilla en prueba de conspiración. Pero la industria no funciona con consignas ideológicas ocultas en los guiones. Funciona con financiación, distribución, promoción y, sobre todo, interés del público.
El día que Juanma Bajo Ulloa decidió explicar su situación apelando a una supuesta censura “woke”, no abrió un debate sobre el modelo cultural. Eligió algo más rentable mediáticamente: alinearse con un marco que simplifica la realidad en víctimas y enemigos.
El problema es que las cifras, como las hemerotecas, tienen la mala costumbre de no adaptarse al guion.
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