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Mientras señalan a actrices y directores, millones de euros vuelan hacia telecomunicaciones, automoción y tauromaquia sin el mismo escándalo mediático
La derecha mediática lleva años vendiendo la misma película. Una bastante cutre, por cierto. Cada vez que una actriz habla, que un músico se posiciona o que una película incomoda a alguien, aparece el mantra: “viven de las subvenciones”. Y listo. Ya está montada la caricatura. El creador cultural como parásito. El cineasta como mantenido. La cultura como un agujero negro de dinero público.
Lo curioso es que quienes más repiten ese discurso suelen callarse bastante cuando las ayudas multimillonarias terminan en grandes empresas privadas, sectores estratégicos o negocios mucho menos “patrióticos” de lo que dicen defender. Ahí desaparece la indignación. Ahí ya no hay tertulias incendiadas ni titulares sobre “paguitas”. Ahí todo se convierte mágicamente en “incentivos”, “rescates” o “apoyo económico”.
Eso es precisamente lo que desmontó José Cabrera en Poco me parece, el programa de RTVE Play presentado junto a Marina Lobo y Fernando Moraño. Y lo hizo con algo que en ciertos platós escasea más que la vergüenza: datos. Datos concretos. Cifras. Comparaciones incómodas.
Porque resulta que las empresas de telecomunicaciones españolas recibieron 541 millones de euros en ayudas públicas. El sector del automóvil se llevó otros 220 millones. Y luego está la tauromaquia. Ese negocio privado envuelto en bandera y subvención permanente del que casi nunca se habla cuando se monta el teatrillo sobre el dinero público. Cabrera recordó que las ayudas al sector taurino han batido récords mientras algunos siguen fingiendo que el gran problema presupuestario del país son cuatro películas sociales y dos festivales de barrio.
Claro. Es más fácil señalar a una directora de cine que a una gran empresa del IBEX. Mucho más rentable políticamente. Más sencillo construir odio contra “los artistas progres” que explicar por qué determinados sectores viven conectados a la manguera pública desde hace décadas sin que nadie les llame subvencionados.
Y funciona. Porque el bulo del “cine subvencionado” no busca debatir sobre cultura. Busca otra cosa. Desprestigiar cualquier espacio cultural que no encaje con el relato conservador dominante. Castigar la crítica. Convertir la cultura en entretenimiento manso o en producto turístico. Poco más.
ANDALUCÍA, CULTURA VACÍA Y DINERO PARA EL FOLCLORE DE ESCAPARATE
La parte más afilada de la intervención de Cabrera llegó al hablar de Andalucía. Ahí la crítica ya no era solo económica. Era política. Y bastante demoledora.
El colaborador explicó cómo el Gobierno andaluz utiliza sobrantes presupuestarios de cultura para financiar un macroevento cofrade en Sevilla. Una fotografía bastante precisa del modelo que ciertas administraciones están construyendo: menos apoyo a la creación cultural contemporánea y más dinero para grandes espectáculos identitarios que funcionan bien en campaña electoral y en televisión.
“Cómo no va a sobrar dinero de la Cultura en Andalucía, si todos los que se dedican a algo artístico se acaban yendo fuera”, soltó Cabrera. Y duele porque hay verdad ahí. Mucha.
Andalucía lleva años exportando talento mientras importa precariedad cultural. Guionistas, músicas y músicos, intérpretes, técnicas y técnicos terminan marchándose a Madrid o Barcelona porque sostener una carrera artística en muchas zonas del sur se ha convertido en una carrera de obstáculos. Luego llegan los mismos gobiernos que vacían el tejido cultural y presumen de que “sobran fondos”.
Sobran porque han dejado de apostar por quienes crean. Así de simple.
La comparación que lanzó Poco me parece fue bastante clara: un Ejecutivo autonómico que se comporta “como un padre ausente”. Uno que dice no tener dinero para sanidad o educación mientras sí encuentra recursos para procesiones, grandes eventos religiosos y operaciones de imagen. Cabrera ironizó incluso con que sí sobra dinero “para salir con Macarenas y Magdalenas”. Y con la “madrugá”, claro.
Hay algo especialmente irritante en todo esto. El discurso contra las subvenciones casi nunca va contra las subvenciones. Va contra quién las recibe. Porque cuando el dinero público termina en constructoras, bancos, automovilísticas, macroeventos religiosos o tauromaquia, la conversación cambia de nombre. Ya no son ayudas. Son “inversiones estratégicas”.
La cultura, en cambio, sigue tratándose como un lujo sospechoso. Como si una película, una obra de teatro o un documental no generaran empleo. Como si la industria cultural no moviera miles de trabajadoras y trabajadores. Como si la creación artística no fuese también infraestructura democrática.
Y mientras tanto, RTVE Play encontró en Poco me parece una rareza bastante poco habitual en ciertos formatos televisivos: gente usando el humor para desmontar propaganda política de manual. Con mala leche, sí. Pero también con información contrastada.
El programa, que desde el 30 de abril pasa a emitirse en directo cada jueves a las 19:40, se ríe incluso de sí mismo. Se presentan como “el programa que nunca dará las campanadas”, “el favorito de Koldo y Ábalos” y ese espacio al que solo van cuatro personas de público porque “solo llega la línea 9 y pilla lejos”. Hay ironía. Bastante. Pero debajo del chiste hay una cosa cada vez más rara en televisión: voluntad de discutir el relato dominante en lugar de repetirlo.
Porque el problema nunca fue el dinero público destinado a cultura. El problema real es quién tiene permiso para recibirlo sin ser señalado. Y quién debe pedir perdón constantemente por existir.
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