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La transición hacia una economía basada en el decrecimiento no será fácil, pero es necesaria
El persistente e inexplicado temor al decrecimiento ha cobrado notoriedad, transformándose en un anatema para los titanes del poder. Un anatema cuya resonancia se ha amplificado en el informe del célebre economista Jean Pisani-Ferry sobre la transición ecológica, un adalid afín a Emmanuel Macron. Este repudio generalizado del decrecimiento es un espejismo que desvela la vulnerabilidad de la élite, todavía sin explotar en el ámbito político.
«DECRECIMIENTO, EL ADVERSARIO A COMBATIR», pareciera ser el leitmotiv tácito que sutilmente susurran los jerarcas políticos, económicos y mediáticos de la geografía europea. Ante la encrucijada ecológica, social y geopolítica que zarandea nuestro mundo, la premisa predominante ha girado hacia la salvaguarda del crecimiento del PIB, que, curiosamente, se ha metamorfoseado en el avatar de prosperidad, progreso y hasta de humanidad.
Imbuídos de este mantra, cabe destacar la postura de Alexander de Croo, el Primer Ministro belga, y aliado europeo de Macron, quien tildó el decrecimiento como «totalmente antitético a la naturaleza humana» durante un encuentro con líderes empresariales alemanes. Su afirmación pareciera sugerir que el partido liberal flamenco Open-VLD posee una comprensión más profunda de la «naturaleza humana» que la legión de filósofos que desde hace dos milenios y medio aún divagan acerca de su significado.
UNA CRÍTICA LACÓNICA
Por otro lado, tenemos a Noah Smith, uno de los influyentes blogueros económicos de Estados Unidos, quien recientemente lanzó un texto denunciando el peligro del decrecimiento bajo el título «No podemos permitir que suceda el decrecimiento». En él, desvelaba su preocupación por la inquietante influencia del movimiento del decrecimiento en Europa.
Antes de zambullirnos en estos argumentos, es vital recalcar que su peso no es banal. Hasta hace poco, el «decrecimiento», o la salida del crecimiento, era una opción que parecía no valer ni una sola línea en un editorial. Ahora, se debate al más alto nivel, ciertamente en un intento de descartarla, pero es un hecho revelador que el dilema del decrecimiento está sobre la mesa.
La inesperada aparición de este decrecimiento en la escena pública es un claro reflejo de la necesidad de cambio. La magnitud de la crisis nos ha obligado a tomar en serio estas reflexiones, tanto las de Jean Pisani-Ferry como las de figuras como Éloi Laurent, Kohei Saito y Tim Jackson. En Francia, Timothée Parrique ha popularizado estas ideas a través de su bestseller Ralentir ou périr (Le Seuil, 2022).
LA FANTASÍA DE la DESCARBONIZACIÓN
Mientras tanto, la hipotética línea divisoria entre crecimiento económico y emisiones de gases de efecto invernadero, parece más un sueño fugaz, una quimera, que una realidad tangible. Un mito tanto más seductor cuanto que nos permite ignorar nuestra culpabilidad. Según Pisani-Ferry, la pretendida capacidad de separar el crecimiento y las emisiones de gases de efecto invernadero es una falacia propagada por los proponentes de la decadencia. Pero la retórica suena más como un grito de defensa a última hora que como un análisis objetivo de los hechos.
La realidad es que el desacoplamiento entre el crecimiento económico y las emisiones de CO2 solo ha ocurrido en determinados países desarrollados, y siempre bajo la sombra de la deslocalización de la producción a países menos desarrollados. Aquí es donde se evidencia la gran paradoja de esta supuesta solución: la economía globalizada actual se basa en la dependencia de bienes producidos en otros países. Así, a través de un juego de espejos, los países desarrollados parecen estar en el camino de la descarbonización, mientras la realidad es que simplemente han externalizado la mayor parte de sus emisiones.
Por otra parte, incluso si pudiésemos llegar a un desacoplamiento real, este sería insuficiente para afrontar la multifacética crisis ecológica que estamos viviendo, que no sólo afecta al clima, sino también a la biodiversidad y a otros aspectos de nuestro ecosistema. Estamos, en resumen, tratando de tapar una herida que sangra con un parche demasiado pequeño.
LA AMENAZA DE LA POBREZA Y EL DECRECIMIENTO
El otro argumento que se levanta contra la idea del decrecimiento es el del empobrecimiento generalizado. Pisani-Ferry y otros, aluden a la idea de un retorno a un nivel de vida más bajo, casi preindustrial. El miedo a la regresión y la pérdida de comodidad es, sin duda, un argumento potente y profundamente emotivo. Pero este argumento es un espejismo engañoso.
Lo que amenaza realmente nuestro nivel de vida no es el decrecimiento, sino la crisis ecológica. La escasez de agua, las temperaturas extremas y la disminución de la producción de alimentos son amenazas mucho más tangibles y perturbadoras que la posibilidad de tener que prescindir de ciertos bienes de consumo.
El decrecimiento, o más exactamente la salida del crecimiento, nos permite anticiparnos y adaptarnos a un estilo de vida sostenible desde el punto de vista ecológico. Esta adaptación no implica necesariamente un empobrecimiento, sino más bien una reorganización y una toma de decisiones consciente sobre lo que es y no es sostenible. En esta perspectiva, el decrecimiento no conlleva necesariamente una disminución del nivel de vida, sino más bien una redefinición y reorientación del mismo.
Lejos de ser una recesión, el decrecimiento es una oportunidad para reforzar la solidaridad y proteger a la población de las consecuencias del estancamiento económico.
HACIA UN NUEVO PARADIGMA ECONÓMICO Y SOCIAL
La única forma de asegurar un futuro viable es desafiar y redefinir la lógica de crecimiento constante. En lugar de perseguir un crecimiento infinito en un planeta finito, debemos buscar formas de prosperar y satisfacer nuestras necesidades sin agotar nuestros recursos naturales.
La sostenibilidad y el bienestar humano deben ser nuestros objetivos primordiales, y la economía debe ser un medio para lograr esos objetivos, no el fin en sí mismo. De este modo, podemos desplazar el énfasis del PIB a otras medidas de bienestar y prosperidad, como la calidad de vida, la equidad social, la salud del ecosistema y la satisfacción de las necesidades humanas básicas.
La transición hacia una economía basada en el decrecimiento no será fácil, pero es necesaria. Se requerirán cambios profundos en nuestras estructuras económicas y sociales, así como en nuestros valores y formas de vida. Tendremos que reevaluar nuestro concepto de ‘bienestar’ y reconocer que la verdadera riqueza radica en nuestra capacidad para vivir en armonía con la naturaleza y los demás.
EL DECRECIMIENTO COMO UNA ELECCIÓN CONSCIENTE
El decrecimiento no es una perspectiva sombría de un futuro sombrío, sino una elección consciente para una vida más sostenible y justa. Implica reconocer los límites de nuestro planeta y tomar decisiones conscientes sobre cómo utilizamos nuestros recursos. Significa valorar la calidad sobre la cantidad, y la cooperación sobre la competencia.
El decrecimiento puede ser una oportunidad para reimaginar y reconstruir nuestras sociedades de una manera que fomente la equidad, la resiliencia y la sostenibilidad. Puede proporcionar un camino hacia una vida de menor impacto, con menos estrés, menos desigualdad y menos degradación del medio ambiente. Y puede permitirnos vivir de una manera que sea más en sintonía con los ritmos naturales del planeta.
En lugar de ver el decrecimiento como una amenaza, podríamos considerarlo una oportunidad. Una oportunidad para construir un futuro que se enfoque en lo que realmente importa: la salud de nuestro planeta y el bienestar de todas las personas que lo habitan.
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