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Madrid no necesitaba una oficina propagandística para defender un idioma cuya influencia global es innegable.
La creación de la Oficina del Español en 2021 no fue más que otro movimiento de propaganda de Isabel Díaz Ayuso para alimentar un discurso victimista sobre el idioma español. En lugar de fortalecer la educación pública o la cultura de base, se apostó por un «chiringuito» lingüístico con un único propósito: proporcionar refugio laboral a Toni Cantó tras su deriva política.
Este organismo, dotado con un presupuesto anual de 200.000 euros, comenzó con Cantó al mando, un político sin experiencia en diplomacia cultural y cuyo único mérito era su lealtad política al PP tras abandonar Ciudadanos. Su sueldo anual de 75.000 euros encarnaba la ironía: un hombre que clamaba contra los «chiringuitos» pasaba a encabezar uno.
La excusa oficial era proteger el español de un ataque inexistente. Los datos del Instituto Cervantes desmentían esa narrativa. En 2024, el español no solo mantenía su estatus como la segunda lengua más hablada del mundo, sino que había superado los 600 millones de hablantes. El auge del idioma en Estados Unidos y otros países lo convertía en un motor económico global, sin necesidad de oficinas regionales creadas al capricho de Ayuso.
Lo que sí dejó patente este experimento fue el carácter ornamental de la Oficina del Español. El evento «Hispanidad 2021» gastó 850.000 euros en actividades sin ningún impacto cultural relevante, más allá de inflar titulares y nutrir la agenda propagandística del Gobierno regional.
Detrás de la retórica grandilocuente, los logros reales brillan por su ausencia.
DE LA FARSA A LA DESAPARICIÓN: EL VACÍO DE PROPÓSITO
La llegada de José Ramiro Alonso de Villapadierna como sucesor de Cantó tampoco cambió el rumbo. Con un perfil más vinculado a la gestión cultural, Villapadierna heredó una institución vacía. En su agenda de 2024 solo se registraron dos reuniones oficiales, un símbolo inequívoco del agotamiento de este proyecto.
La integración de la Oficina del Español en la Consejería de Cultura marcó el principio del fin. Sin autonomía ni objetivos claros, el organismo pasó a ser un apéndice más del organigrama institucional. Mientras tanto, los problemas estructurales del modelo educativo y cultural de la Comunidad de Madrid se agudizaban. En lugar de potenciar un modelo público de enseñanza del español como recurso económico y cultural, el Gobierno regional se dedicó a financiar espectáculos y convenios con escasa repercusión.
Uno de los ejemplos más reveladores es el convenio con Fedele para posicionar Madrid como destino turístico idiomático, que costó 113.000 euros. Los resultados fueron decepcionantes: según datos del sector, la Comunidad de Madrid no ha recuperado los niveles de estudiantes de español previos a la pandemia. Al contrario, se observa un flujo de alumnos hacia otras regiones, como la costa mediterránea, más accesible y con mejores programas.
El chiringuito que tanto criticó Cantó era, efectivamente, su reflejo: un espacio de autobombo con una estructura sostenida por dinero público.
Mientras tanto, las actividades destacadas por Villapadierna, como el “seminario internacional sobre mestizaje y descolonización”, parecen más estrategias de lavado de cara que proyectos con verdadero impacto social. Detrás de la retórica grandilocuente, los logros reales brillan por su ausencia.
La desaparición de la Oficina del Español como ente independiente confirma lo que muchos ya sabían: fue un capricho político para legitimar discursos de confrontación y alimentar una narrativa identitaria hueca. El chiringuito que tanto criticó Cantó era, efectivamente, su reflejo: un espacio de autobombo con una estructura sostenida por dinero público.
Madrid no necesitaba una oficina propagandística para defender un idioma cuya influencia global es innegable. Lo que realmente requiere es inversión en cultura, educación y acceso a recursos para que todas y todos puedan aprovechar las oportunidades del idioma. La defensa del español no se hace con banderas y despachos vacíos, sino con políticas públicas reales.
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