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En la política española, acostumbrada al cálculo, al tacticismo y a las máscaras, a veces un gesto inesperado rompe el tablero. Eso ocurrió cuando Felipe VI, desde El Cairo y luego en Nueva York, calificó de “brutal e inaceptable” el sufrimiento palestino y defendió la creación de un “Estado palestino viable”. El mismo monarca que rara vez arriesga en materia internacional decidió alinearse con el Gobierno de Pedro Sánchez y con el consenso de Naciones Unidas. Palabras que, por venir de quien vienen, no se explican por un repentino acceso de valentía humanitaria, sino por la insoportable evidencia de la masacre en Gaza y la creciente presión internacional.
Porque los datos son incontestables: decenas de miles de personas asesinadas en la Franja, con un castigo colectivo que Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia y cada vez más gobiernos europeos ya no dudan en llamar genocidio. España, pionera en el reconocimiento de Palestina, marcó un rumbo que más tarde han seguido Francia y Reino Unido. Y ahora el propio rey refuerza ese giro. Lo hace evocando incluso los orígenes de la ONU como un pacto para que “nunca más se permitiera que el miedo, la violencia y las amenazas marcaran nuestro destino común”. Una frase que resuena como contraste doloroso con la impunidad de Israel, pero también como línea divisoria en la política española.
El PP se adapta, Ayuso se atrinchera
En el Partido Popular, la sacudida ha sido inmediata. Hace apenas unos meses, Feijóo evitaba hablar de genocidio y acusaba al Gobierno de “romper consensos internacionales”. Hoy, en cambio, utiliza la palabra “masacre” y califica de “inaceptable” la ofensiva israelí. No lo hace por convicción, sino porque entiende que el aislamiento internacional es insostenible y porque dentro del propio PP los barones empiezan a marcar distancias. Juanma Moreno Bonilla, referente conservador en Andalucía, afirma ya que Palestina tiene derecho a un Estado. La presión europea, la lectura electoral y la necesidad de no quedar descolgados han forzado un cambio.
El giro, sin embargo, deja un cabo suelto: Isabel Díaz Ayuso. La presidenta madrileña insiste en repetir el mantra de que Israel “lucha contra el terrorismo de Hamás”, borrando a las víctimas civiles y repitiendo la propaganda de Netanyahu. Mientras su partido vira para no quedar en ridículo en Europa, Ayuso se atrinchera. Mientras Felipe VI habla de dignidad humana, ella blanquea el exterminio. La presidenta de la Comunidad de Madrid se ha convertido en verso suelto dentro de su partido y en un símbolo de deshumanización política.
Lo paradójico es que esa resistencia no nace de una defensa sincera de Israel, sino de la convicción de que el choque permanente le da rédito interno. Ayuso ha hecho de la contradicción con Sánchez su bandera y se ha especializado en ocupar posiciones extremas para mantener protagonismo. Pero en este caso, su cálculo empieza a mostrar grietas: ni la monarquía, ni los organismos internacionales, ni su propio partido están ya dispuestos a sostener su relato.
La soledad del modelo Ayuso
Vox, por supuesto, acude en su auxilio. En el Congreso, su portavoz Pepa Millán evitó hablar del genocidio en Gaza y se limitó a acusar a Sánchez de querer “asaltar todas las instituciones”. La ultraderecha rehúye pronunciarse sobre la masacre y prefiere utilizar la crisis humanitaria como munición política contra el Gobierno. Una estrategia que encaja con su silencio cómplice ante crímenes de guerra y con su subordinación al bloque reaccionario internacional. Pero lo que resulta más revelador es que Ayuso haya quedado reducida a esa compañía: Vox como único sostén.
En esta soledad hay una lección política más amplia. Ayuso no es solo una dirigente desubicada: es la representación de un modelo que se sostiene sobre la deshumanización. Lo vimos en las residencias durante la pandemia, lo vemos en la privatización sistemática de la sanidad madrileña, y lo vemos ahora en Gaza. Cuando la lógica es sacrificar a los vulnerables para salvar un relato de poder, la consecuencia es siempre la misma: vidas humanas convertidas en variable prescindible.
Gaza ha desmontado el espejismo. Lo que antes podía presentarse como defensa de la seguridad ahora es genocidio a ojos del mundo. Y en ese escenario, quienes lo niegan quedan marcados para siempre. El PP intenta escapar de esa quema con un giro oportunista, Felipe VI trata de alinearse con el consenso internacional, pero Ayuso y Vox siguen ahí, repitiendo la consigna como si la realidad no existiera.
El problema es que la realidad es insoportable. Más de 65.000 palestinos asesinados, la mayoría mujeres y niños. Una franja devastada, hospitales destruidos, hambre utilizada como arma de guerra. Y en medio de todo eso, la presidenta de la Comunidad de Madrid insiste en un relato que borra a las víctimas. No se trata de un error político: es una toma de partido consciente. Es la confirmación de que para Ayuso la política consiste en resistir siempre desde la trinchera más extrema, aunque al otro lado haya cadáveres amontonados.
Esa es la imagen final: una dirigente aislada, aferrada a un discurso que ni su partido, ni la monarquía, ni el derecho internacional comparten. Isabel Díaz Ayuso se queda sola. Pero no sola en dignidad, como quien resiste en nombre de principios, sino sola en la barbarie, sola en la complicidad con el genocidio. Su soledad no es un gesto de valentía: es la prueba de su fracaso moral y político.
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