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La presidenta madrileña culpa al Gobierno de una crisis que su propio modelo ha convertido en negocio, renta y expulsión.
LA VIVIENDA COMO COARTADA
Isabel Díaz Ayuso volvió a hablar de vivienda este sábado, 2 de mayo, en una entrevista en Telemadrid. Y volvió a hacerlo como si el problema fuera que la gente se ha vuelto caprichosa, desconfiada o enemiga de la propiedad. La frase quedó grabada: Ayuso afirmó que “la gente no quiere tener casas”. Así, sin temblar demasiado.
“Por culpa del Gobierno la gente no quiere tener casas, se las quita de encima”.
— Mario (@PiedrafitaMario) May 2, 2026
Lo dice mientras se niega a intervenir el mercado de la vivienda.
No se puede ser peor persona. pic.twitter.com/6qTBPTaeae
La presidenta de la Comunidad de Madrid cargó contra Pedro Sánchez y atribuyó al Gobierno central la situación del mercado inmobiliario. Según ella, antes muchas familias tenían “la de la playa, la suya o la del pueblo” y podían alquilarla según sus necesidades. Ahora, dijo, “se las quitan de encima” porque “no quieren problemas”. La culpa, claro, nunca es del modelo que convierte la vivienda en activo financiero. La culpa siempre es de otra ventanilla.
El problema es que la frase no describe la vida de millones de personas. La caricaturiza. La gente no está rechazando casas: está siendo expulsada del derecho a vivir en ellas. Jóvenes que no pueden emanciparse, trabajadoras y trabajadores que entregan medio sueldo al alquiler, familias que encadenan mudanzas, barrios donde el vecindario desaparece para dejar paso a pisos turísticos. Eso no es falta de deseo propietario. Es un mercado roto a favor de quien acumula.
Ayuso defendió que la solución pasa por aumentar la oferta, como dice que hacen “los demás”. Pero Madrid lleva años siendo escaparate del mismo dogma: construir, liberalizar, atraer capital, proteger rentas y presentar cualquier regulación como un ataque a la libertad. Una libertad curiosa. Mucha para especular. Poca para quedarse en el barrio.
La presidenta también mencionó los pisos turísticos, pero lo hizo como si fueran una consecuencia inevitable de las decisiones del Gobierno central, no una pieza central de la turistificación que ha reventado barrios enteros. Cuando la vivienda se trata como mercancía, pasan estas cosas. El casero profesional gana, el fondo gana, la plataforma gana. Quien vive allí, pierde.
EL RUIDO POLÍTICO COMO ESCUDO
La entrevista no se quedó en la vivienda. Ayuso aprovechó también para hablar de la investigación por presunta corrupción que instruye el Tribunal Supremo y que afecta a Koldo García, José Luis Ábalos y Santos Cerdán. Dijo que serán las y los jueces quienes decidan si la trama es delictiva, pero acto seguido señaló a Pedro Sánchez como “el uno”.
La fórmula es conocida. Se invoca la justicia y después se dicta sentencia política desde el plató. Ayuso sostuvo que, si el “dos”, el “tres” y el entorno del presidente están involucrados, Sánchez no puede tener más responsabilidad porque llegó al poder con ellos. Es una acusación grave, envuelta en frase de barra libre. Y sirve para lo de siempre: desplazar el foco.
Porque mientras se habla de tramas ajenas, Madrid sigue siendo el laboratorio donde la vivienda se ha convertido en una prueba de resistencia económica. La presidenta acusó a Sánchez de tener “la cara de cemento armado”, de no haber hecho nada en los últimos ocho años y de haber perdido el “rumbo” y el “sentido democrático”. Pero el cemento armado también sostiene muchas promociones, muchos alquileres imposibles y muchas políticas hechas a la medida de quien ya tiene patrimonio.
Las redes reaccionaron con rapidez tras la emisión. No por sensibilidad excesiva, sino porque la frase tocó una fibra evidente. Decir que “la gente no quiere tener casas” en plena crisis habitacional suena menos a diagnóstico que a burla involuntaria. O no tan involuntaria.
El problema no es que la gente no quiera casas. El problema es que el mercado quiere casas sin gente. Quiere viviendas convertidas en rentabilidad, barrios convertidos en producto, ciudades convertidas en escaparate y vecinas y vecinos convertidos en estorbo. Eso es lo que Ayuso no dice. Y quizá por eso lo dice todo.
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