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Mientras Gaza y Líbano acumulan dolor, destrucción y cadáveres, la Unión Europea sanciona a Israel por comprar grano robado a Rusia, no por el genocidio.
Hay semanas que deberían romper gobiernos, tratados, alianzas y silencios. Semanas que deberían obligar a la comunidad internacional a dejar de fingir que no ve. Pero Gaza ya no solo mide la violencia de Israel. Mide también la degradación moral de quienes lo permiten.
LA BARBARIE COMO MÉTODO
En apenas una semana, la lista de atrocidades atribuidas al ejército israelí y a colonos israelíes vuelve a parecer imposible. Pero no lo es. Es la normalidad de un régimen colonial que ha convertido la destrucción en política de Estado.
El ejército israelí irrumpió de forma violenta en un orfanato palestino con licencia en Hebrón y soldó su puerta. No hablamos de un objetivo militar. Hablamos de niñas y niños huérfanos a quienes se les corta deliberadamente el acceso a alimentos y necesidades básicas. **La crueldad aquí no es un exceso. Es el mensaje.**
Desde Líbano, personal médico ha denunciado el uso de metralla con tungsteno por parte de Israel. Una munición de racimo experimental con pequeños cubos de tungsteno que actúan dentro de las heridas para causar el mayor daño posible. Esos residuos de metales pesados quedan en el cuerpo, intoxican a las víctimas y pueden provocar fallos orgánicos. Dicho de forma clara: cuerpos palestinos y libaneses tratados como campo de pruebas.
También se ha denunciado la tortura de un niño en Gaza. Quemaduras con cigarrillo. Un clavo insertado en la pierna. Todo para presionar a su padre y arrancar confesiones. Cuesta escribirlo. Más cuesta aceptar que esto ocurra mientras dirigentes europeos siguen usando un lenguaje burocrático, frío, cobarde.
En el sur de Líbano, soldados israelíes aplastaron una ambulancia con una excavadora y lo difundieron en redes como si fuera un trofeo. Ese gesto resume una época: **el crimen ya no se oculta, se exhibe**. La impunidad se ha vuelto tan sólida que los verdugos ni siquiera necesitan disimular.
La destrucción de pueblos enteros al sur de Líbano, como Al Qantara, añade otra capa a esta obscenidad. Netanyahu ha compartido imágenes de infraestructuras civiles destruidas. Hay que repetirlo porque parece que se ha olvidado: destruir hogares e infraestructura civil es un crimen de guerra. Y cuando se presume de ello, el problema no es solo militar. Es político, moral y judicial.
EUROPA SANCIONA EL GRANO, NO EL GENOCIDIO
La violencia no se limita a Gaza. En Beit Lahia, un paramédico descubrió que una de las víctimas de un ataque aéreo israelí contra familias desplazadas era su propio hermano. Una escena más dentro de miles. Una tragedia íntima dentro de una catástrofe colectiva.
Otro vídeo, obtenido de la cuenta de un soldado israelí, muestra la magnitud de la devastación en la Franja: una ciudad entera reducida a cenizas. Y, otra vez, la celebración. La destrucción convertida en contenido. La humillación de las víctimas convertida en propaganda.
Mila tenía solo 3 años. Fue asesinada junto a su madre en un bombardeo israelí en el sur de Líbano. Tres años. La edad en la que una niña debería aprender canciones, no convertirse en cifra. Pero el sionismo mata niñas y niños en Gaza, en Líbano y donde su maquinaria bélica decida operar, mientras demasiada prensa occidental lo traduce a daños colaterales.
En la aldea cristiana de Debel, en el sur de Líbano, Israel destruyó una estatua de Jesucristo. También atacó paneles solares que proporcionaban electricidad y agua. No, unos paneles solares no son objetivos militares. Son infraestructura civil. Son vida. Y precisamente por eso se atacan.
En Gaza, Israel asesinó a Imad Miqdad. Su “crimen” fue mantener una estación solar de carga de teléfonos móviles para que la población gazatí pudiera seguir comunicándose con el mundo. Drones para matar a quien ayuda a cargar teléfonos. **Ese es el nivel de descomposición al que hemos llegado.**
En Cisjordania ocupada, colonos israelíes abrieron fuego contra una escuela y mataron al menos a 2 palestinos, entre ellos un estudiante de 14 años. Tropas israelíes entraron en una escuela de secundaria, agredieron a estudiantes y al menos uno acabó muerto. La infancia palestina no solo vive bajo ocupación. Vive bajo castigo permanente.
También se denunció que soldados israelíes tirotearon a un hombre que cuidaba una colonia de gatos. Una escena aparentemente menor dentro del horror. Pero no lo es. Sirve para entender el sistema: cuando todo cuerpo palestino es tratable como amenaza, hasta cuidar animales puede acabar en muerte.
Y entonces llega la pregunta inevitable. Qué hace la Unión Europea. Qué hace esa Europa que presume de derechos humanos, de legalidad internacional y de valores democráticos. La respuesta es miserable: no ha sancionado a Israel por cometer un genocidio en Gaza, ni por arrasar Líbano, ni por la limpieza étnica, ni por los ataques contra civiles. Lo ha sancionado por comprar a Rusia grano robado en Ucrania.
Grano. No niñas asesinadas. No orfanatos bloqueados. No ambulancias aplastadas. No pueblos arrasados. No escuelas atacadas. Grano.
La Unión Europea ha encontrado el límite moral de Israel en los cereales, no en los cadáveres.
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