26 Jun 2026

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‘MANGOS’, parte 4 | Sam Altman y OpenAI: la promesa de cambiar el mundo también quería factura
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‘MANGOS’, parte 4 | Sam Altman y OpenAI: la promesa de cambiar el mundo también quería factura 

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OpenAI abrió la puerta de la inteligencia artificial generativa el 30 de noviembre de 2022. Ahora la pregunta ya no es solo qué puede hacer ChatGPT, sino quién va a pagar el coste político, laboral y energético de esa revolución.

EL LABORATORIO QUE CONVIRTIÓ LA IA EN FIEBRE GLOBAL

OpenAI no inventó la inteligencia artificial. Conviene recordarlo, porque el relato de Silicon Valley siempre funciona igual: borra décadas de investigación pública, trabajo universitario, avances colectivos y financiación estatal para colocar en el centro a un fundador, un escenario, una presentación y una marca. La historia se reduce a un producto. El producto se reduce a un CEO. Y el CEO, si la bolsa acompaña, acaba convertido en profeta.

Sam Altman ocupó ese papel con una habilidad notable. OpenAI, fundada en 2015, lanzó ChatGPT el 30 de noviembre de 2022 y cambió de golpe la conversación tecnológica mundial. En cinco días alcanzó un millón de usuarios. En dos meses, cien millones. Ninguna herramienta digital había llegado tan rápido a esas cifras en la historia de Internet. Era útil, era sorprendente, era accesible. También era una demostración brutal de poder: una empresa privada podía poner en manos de medio planeta una tecnología capaz de escribir, resumir, traducir, programar, simular conversaciones y alterar industrias enteras antes de que las instituciones hubieran terminado siquiera de entender el fenómeno.

Ahí nació la fiebre. Y con ella, los MANGOS: Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX, el nuevo bloque de empresas que aspiran a dominar la cadena de valor de la inteligencia artificial. OpenAI es, en buena medida, la responsable de que ese club exista. No porque tenga todas las piezas. No fabrica los chips como Nvidia. No controla Android como Google. No tiene la red social planetaria de Meta ni los satélites de SpaceX. Pero encendió la mecha. Hizo que la IA dejara de ser una promesa de laboratorio y se convirtiera en producto de masas.

El problema es que la historia no acaba en la fascinación. Empieza ahí.

Durante los primeros años de expansión, Altman recorrió capitales, gobiernos, universidades y foros empresariales vendiendo una nueva era. Hablaba de productividad, de creatividad, de medicina, de educación, de ciencia, de automatización, de riesgos existenciales, de regulación y de beneficios para la humanidad. Todo a la vez. El paquete completo. La vieja retórica tecnocapitalista: primero se presenta una tecnología como inevitable, luego se pide confianza, después se reclama inversión, y cuando aparecen los daños se responde que la solución será más tecnología.

OpenAI se convirtió en símbolo de esa ambivalencia. Por un lado, millones de personas encontraron en ChatGPT una herramienta real, cotidiana, capaz de ahorrar tiempo y abrir posibilidades. Por otro, la compañía puso sobre la mesa una pregunta incómoda: qué ocurre cuando una tecnología tan poderosa nace dentro de una estructura empresarial obligada a crecer, monetizar, cerrar acuerdos, captar inversión y defender su posición frente a competidores igual de agresivos.

La valoración de OpenAI ronda los 756.000 millones de euros tras su última ronda de financiación privada. Sam Altman, con 41 años, aparece con una fortuna personal estimada en 3.000 millones de euros. La compañía que empezó envuelta en un discurso de beneficio general opera ya en el centro de una carrera donde cada día cuentan los modelos, los servidores, los contratos, los socios estratégicos y la paciencia de los inversores.

Y esa paciencia no es infinita.

OpenAI tiene un problema que ninguna charla sobre el futuro puede ocultar: la inteligencia artificial generativa cuesta muchísimo dinero. Entrenar modelos, ejecutarlos a escala global, mantener servicios, comprar capacidad de cómputo, asegurar energía, competir con Anthropic, Google y Meta. Todo eso no se paga con mística. Se paga con capital. Mucho capital. La compañía se ha comprometido a gastos de computación superiores al billón de euros en los próximos años. Una cifra que debería obligar a detener la música un momento.

Porque cuando una empresa necesita semejante cantidad de recursos para sostener una promesa, la promesa deja de ser solo tecnológica. Pasa a ser política.

DEL APOCALIPSIS LABORAL AL NEGOCIO PUBLICITARIO

Altman ya ha empezado a reconocer que OpenAI “se equivocó bastante” en algunos pronósticos. Entre ellos, el del apocalipsis laboral inmediato que ChatGPT supuestamente iba a provocar. Esa autocrítica puede parecer honesta, incluso razonable. Pero también revela algo más profundo: durante años, el sector habló con una seguridad insoportable sobre los efectos sociales de una tecnología que ni siquiera sus principales impulsores entendían del todo.

Primero se exageró el terremoto. Luego se matizó. Mientras tanto, empresas, gobiernos y medios reorganizaron expectativas alrededor de esas predicciones. Trabajadores y trabajadoras escucharon que sus empleos podían desaparecer. Universidades corrieron a regular entregas y exámenes. Medios de comunicación se llenaron de piezas sobre profesiones condenadas. Consultoras vendieron informes. Directivos y directivas fantasearon con plantillas más pequeñas. El miedo también es un producto. Y Silicon Valley sabe venderlo muy bien.

OpenAI se enfrenta ahora a un momento incómodo. Según la radiografía publicada por elDiario.es, Anthropic la ha superado en tecnología, ingresos y valoración. Su rival, nacido precisamente de una escisión de OpenAI por discrepancias sobre seguridad, aparece hoy como el actor más sólido del sector. Es una ironía dura. La empresa que desencadenó la revolución mira cómo otra compañía le disputa el liderazgo en el terreno que ella misma convirtió en obsesión global.

La reacción de OpenAI apunta al corazón del problema: monetizar. Encontrar dinero suficiente para que la maquinaria no se pare. Una de las posibilidades que ha colocado sobre la mesa es extraer datos de las personas usuarias para hacer publicidad personalizada. Dicho con menos barniz: convertir conversaciones, preferencias, hábitos y necesidades en material comercial. Puede tranquilizar a los inversores. Puede resultar una pesadilla para buena parte de quienes usan la herramienta.

Y aquí se rompe el cuento.

Durante años se nos ha pedido que pensemos la IA como una compañera, una asistente, una ayuda casi íntima. Le escribes dudas laborales, textos personales, problemas técnicos, preguntas de salud, ideas políticas, borradores, mensajes, tareas, inseguridades. La usas porque responde rápido. Porque parece entender. Porque no juzga. Porque está ahí. Si esa relación termina convertida en un sistema de publicidad personalizada, el salto no es menor. Es enorme. La herramienta que prometía ayudarte a pensar puede acabar diseñada para ayudarte a consumir.

Ese es el capitalismo tecnológico en estado puro: convertir cualquier espacio humano en mercado. La conversación, mercado. La atención, mercado. La duda, mercado. La creatividad, mercado. El aprendizaje, mercado. La productividad, mercado. Incluso la intimidad lingüística entre una persona y una máquina puede transformarse en una mina de datos si la presión financiera aprieta lo suficiente.

OpenAI no está sola en esto, claro. El problema es estructural. Una IA a escala planetaria necesita recursos gigantescos, y los recursos gigantescos exigen retorno. Ese retorno no cae del cielo. Puede venir de suscripciones, contratos empresariales, acuerdos con gobiernos, integración en productos, licencias, publicidad o explotación de datos. Cada vía tiene consecuencias. Cada una desplaza poder hacia la empresa. Cada una refuerza la dependencia.

El discurso público, sin embargo, sigue atrapado en la fascinación. Se habla de si el modelo razona mejor, si escribe más natural, si programa con menos errores, si genera imágenes más precisas. Todo eso importa. Pero la pregunta decisiva es otra: qué tipo de sociedad se está construyendo cuando la producción de conocimiento, texto, código, imágenes, atención y decisiones se concentra en manos de laboratorios privados valorados en cientos de miles de millones.

Las y los trabajadores ya conocen esa música. Primero llega la promesa de ayuda. Luego la exigencia de productividad. Después la reducción de costes. Más tarde, la precarización. La IA entra como asistente y termina como vara de medir. Si una herramienta permite hacer más en menos tiempo, el capital no suele regalar tiempo libre. Suele subir el listón. Lo hemos visto demasiadas veces como para fingir ingenuidad.

Tampoco se puede ignorar el coste material. La inteligencia artificial generativa necesita centros de datos, electricidad, agua, chips, suelo y cadenas globales de extracción. No hay nube limpia. No hay magia inmaterial. Cada respuesta que parece flotar en la pantalla descansa sobre infraestructura pesada. Mientras OpenAI y sus competidoras hablan de futuro, territorios enteros empiezan a discutir por energía, recursos hídricos y permisos para nuevas instalaciones.

Sam Altman quiere seguir representando la cara amable de esa revolución. El tecnólogo prudente. El empresario que pide regulación. El líder que reconoce errores. Pero ninguna autocrítica cambia el núcleo del asunto: OpenAI abrió una puerta que ahora intenta convertir en negocio a una escala descomunal. Y cuando una herramienta se vuelve indispensable antes de que sepamos gobernarla, la democracia vuelve a llegar tarde.

OpenAI prometió democratizar la inteligencia artificial. Puede acabar demostrando lo contrario: que la inteligencia colectiva acumulada durante décadas puede ser empaquetada, privatizada, cobrada por suscripción y orientada a publicidad cuando los números no salen.

El futuro no debería depender de laboratorios privados que primero incendian el mundo con una promesa y luego pasan la factura.

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