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La derecha mediática convierte el prime time en una sala de máquinas contra el Gobierno mientras el líder del PP asume a Vox como socio natural y se presenta como juez de una corrupción ajena que siempre mira de lejos la propia.
EL PLATÓ COMO TRINCHERA
Alberto Núñez Feijóo fue este 17 de junio a El Hormiguero y no encontró una entrevista. Encontró un pasillo alfombrado. Encontró un escenario amable, una conversación diseñada para que pudiera disparar contra el Gobierno, contra el PSOE y contra José Luis Rodríguez Zapatero sin que el espejo de su propio partido le devolviera demasiadas imágenes incómodas. La televisión convertida en maquinaria de guerra política. Ya sin pudor. Ya sin disimulo.
El líder del PP reservó para el programa de Pablo Motos su análisis sobre la declaración de Zapatero en la Audiencia Nacional. Lo hizo unas diez horas después de que el expresidente socialista pidiera públicamente “confianza” para demostrar que es “completamente inocente”. El juez José Luis Calama, según se ha conocido, considera que la declaración no ha disipado las sospechas, aunque no vio necesario imponer medidas cautelares. Ese matiz es importante. Pero en la televisión convertida en ring no caben los matices. Caben las frases. Los golpes. La insinuación con iluminación de plató.
Feijóo dijo que Zapatero era para la izquierda “una especie de Gandhi español”. Luego vino el barro: que estaba buscando “un jeque árabe, a ser posible muerto” para justificar el origen de las joyas localizadas por la UDEF en el registro de su oficina. Y remató con una frase calculada para incendiar titulares: “Quien blanquea una dictadura también puede blanquear capitales”. No era análisis judicial. Era espectáculo punitivo. Era una acusación envuelta en chascarrillo.
Hay algo especialmente obsceno en ver a Feijóo pontificar sobre sospechas patrimoniales desde la superioridad moral del que parece haber olvidado su propia biografía pública. El mismo dirigente que compartió vacaciones con Marcial Dorado y dijo que no sabía a qué se dedicaba ahora se permite explicar cómo detectaba irregularidades cuando presidía la Xunta. Contó que, si veía a un director de obra pública con un cochazo, llamaba al conselleiro y preguntaba cómo era posible. Muy edificante. Muy fino todo. La ética del retrovisor selectivo: se ve clarísimo el coche ajeno, pero el yate propio siempre salía borroso.
Feijóo también insinuó que Pedro Sánchez debía conocer las maniobras de Leire Díez y las causas que afectan al PSOE. Puede discutirse todo, faltaría más. La corrupción debe investigarse siempre. Pero lo que vimos fue otra cosa: una derecha que ya no distingue entre control democrático y linchamiento televisado. Una derecha que ha aprendido que una sospecha sirve más que una sentencia, porque la sospecha dura más, mancha más y exige menos pruebas ante el público.
VOX EN EL GOBIERNO Y LA DECENCIA COMO DECORADO
La entrevista arrancó con Pablo Motos hablando del “bucle de escándalos” de la política española. Hizo inventario de casos vinculados al PSOE. Se le olvidó, casualmente, el juicio de la Operación Kitchen: la guerra sucia del PP pagada con fondos reservados para destruir pruebas de la caja b del partido. Un pequeño despiste. Apenas una trama policial desde las cloacas del Estado para proteger a una organización política. Minucias, ya se sabe, cuando el invitado viene a hablar de “decencia”.
Motos le preguntó qué podían esperar las y los españoles de él si llega a Moncloa. Feijóo respondió: “Decencia”. La palabra quedó ahí, flotando, como si no pesara nada. Como si la decencia pudiera pronunciarse en un plató mientras se omite Kitchen, se blanquea el pacto con Vox y se convierte el aborto en una cuestión que se respeta con una mano mientras se entrega la otra mano a quienes quieren hacerlo retroceder 40 años.
Antes de llegar a algo parecido a una pregunta incómoda, el programa paseó por la mala situación económica de España, el exceso de ministros, los “900” asesores del Gobierno y el papel de los sindicatos. La música habitual. Mucho ruido contra lo público, mucho desprecio por lo colectivo, mucha caricatura de las y los trabajadores organizados. El capitalismo mediático tiene sus manías: cuando hay que hablar de poder empresarial, se pone serio; cuando hay que hablar de sindicatos, saca el sonajero.
La parte más reveladora llegó con Vox. Feijóo dio por hecho que gobernará con la extrema derecha si necesita sus votos. Lo envolvió en esa fórmula tan gallega de decir sin decir: “No voy a demonizar al tercer partido de España. No quiero gobernar con nadie, pero aceptaré el resultado de las urnas”. Traducido: si los números dan, Vox entra. Ya está. La ultraderecha no será un accidente: será una decisión.
Y no hablamos de una hipótesis remota. Vox ya ha impuesto su “prioridad nacional” para facilitar investiduras autonómicas del PP, como ocurrió con María Guardiola en Extremadura o Alfonso Fernández Mañueco en Castilla y León. Feijóo lo sabe. Motos lo sabe. Todo el mundo lo sabe. Lo que pasa es que el dispositivo mediático trabaja para que parezca normal que un partido que agita el odio contra migrantes, feministas, personas LGTBI y defensoras de derechos humanos sea tratado como un socio incómodo pero perfectamente aceptable. La palabra mágica es “demonizar”. Sirve para fingir que señalar a la extrema derecha es un exceso moral y pactar con ella, una simple operación aritmética.
Feijóo también tuvo tiempo para Junts. Lejos quedan los días en los que el PP lo presentaba como una amenaza para España. Ahora dice que comparte sus políticas económicas, recuerda que han “pactado bastantes cosas” y vuelve a pedirles apoyo para una moción de censura contra Sánchez. Cuando la derecha habla de España, muchas veces quiere decir poder. Y cuando habla de principios, suele estar negociando el precio.
Sobre el aborto, Feijóo dijo que no cambiará la actual ley de plazos si llega a Moncloa. Llegó incluso a llamarlo “derecho” de las mujeres, aunque luego rectificó el marco y lo dejó en “decisión”. Prometió dar “toda la información” y respetar a quien decida interrumpir el embarazo. La frase suena moderada. El problema es el ecosistema que la rodea. Porque no se gobierna solo con frases de plató. Se gobierna con alianzas, presupuestos, consejerías, leyes y cesiones. Y si tu mayoría depende de quienes llevan años señalando derechos sexuales y reproductivos, tu moderación no es una garantía. Es un decorado.
Con la eutanasia fue más claro: quiere modificar la ley porque, según él, requiere “más consenso” de profesionales sanitarios y políticos. Ahí está el truco. Cuando la derecha no se atreve a decir que quiere recortar un derecho, dice que quiere “mejorarlo”, “revisarlo”, “consensuarlo”. La palabra consenso se convierte en bisturí. Se usa para abrir una ley por dentro y vaciarla sin hacer demasiado ruido.
El Hormiguero no fue una entrevista. Fue una función de poder. Un espacio de prime time donde se agitó la sospecha contra Zapatero, se ocultó la podredumbre propia, se normalizó un futuro gobierno con Vox y se vendió “decencia” como quien vende una colonia antes de Navidad. La derecha no está preparando una alternativa: está preparando una coartada televisada para volver al poder con la ultraderecha de la mano.
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