Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Israel llama alto el fuego a seguir destruyendo el sur de Líbano mientras Washington convierte la guerra en una cuestión de intensidad, no de vidas humanas.
UNA PAZ QUE ARRASA PUEBLOS
La palabra tregua debería significar una cosa bastante sencilla: parar. No rebajar el ritmo, no cambiar de zona, no bombardear con menos ruido mediático, no desplazar la violencia hacia los márgenes donde las cámaras llegan peor. Parar. Pero en Líbano, según las cifras difundidas por el Gobierno libanés, la tregua negociada por Estados Unidos se ha convertido en otra de esas piezas de lenguaje diplomático que sirven para cubrir con barniz institucional lo que sigue siendo destrucción.
El ministro de Defensa libanés, Michel Menassa, dijo el lunes 8 de junio que Israel ha lanzado 3.491 ataques aéreos contra Líbano entre el 17 de abril y el 7 de junio. Casi 3.500 bombardeos durante un supuesto alto el fuego. A eso se suman 407 demoliciones controladas y seis operaciones de arrasamiento, que han dejado aldeas enteras del extremo sur libanés directamente borradas del mapa. No dañadas. No afectadas. Arrasadas.
La secuencia es obscena. Estados Unidos anunció el cese el fuego el 16 de abril. Entró en vigor justo después de la medianoche del 17 de abril. Y aun así, las tropas israelíes seguían posicionadas en profundidad dentro del sur de Líbano. El acuerdo ha reducido los ataques sobre Beirut y sus suburbios, sí, pero no ha detenido la guerra en el sur. La capital respira un poco más. Las aldeas del sur, no. Allí la tregua parece haberse traducido en una administración más ordenada de la devastación.
Las cifras fueron publicadas después por la oficina del primer ministro libanés, Nawaf Salam, en X. El ejército israelí no respondió de inmediato a la petición de comentarios. Silencio. Otra vez el silencio. Ese silencio burocrático que suele aparecer cuando los números ya pesan demasiado y cuando la explicación, si llega, solo puede sonar a excusa militar escrita por alguien que jamás va a dormir bajo los escombros.
El resultado no es abstracto. Desde que la guerra estalló el 2 de marzo, más de 1 millón de personas han sido desplazadas por los ataques israelíes y las órdenes de evacuación en Líbano. Es decir, una quinta parte de la población del país. Una de cada cinco personas. Familias enteras moviéndose de un lugar a otro, no porque quieran, no porque “huyan de un conflicto”, sino porque una potencia militar decide que su vida vale menos que una operación, una represalia, una advertencia o una línea en el mapa.
Cuando una tregua deja más de 3.491 ataques aéreos, el problema no es la fragilidad del acuerdo. El problema es la mentira del acuerdo.
TRUMP Y LA GUERRA COMO DOSIS CONTROLADA
La última escalada entre Irán e Israel ha añadido nuevas oleadas de desplazamiento y ha tensado aún más la capacidad de Líbano para acoger a las familias que huyen. Nawaf Salam lo dijo con claridad: el país está siendo empujado a sostener una presión que no ha provocado, mientras se le exige que absorba los daños de una arquitectura regional de guerra diseñada por otros.
El último conflicto se desató cuando Hezbollah lanzó cohetes contra Israel en apoyo a su aliado Irán, que estaba siendo atacado por Israel y Estados Unidos. Hezbollah ha seguido disparando contra Israel y ha rechazado las conversaciones mediadas por Estados Unidos entre responsables libaneses e israelíes, conversaciones que buscaban reforzar el alto el fuego con un acuerdo duradero. Aquí nadie está limpio. Pero conviene no perder el foco: quien presume de legalidad internacional mientras mantiene tropas dentro de otro país y suma miles de ataques durante una tregua no está defendiendo la paz. Está gestionando su impunidad.
El domingo, Israel atacó los suburbios del sur de Beirut como represalia por fuego de Hezbollah contra el norte de Israel. Después, Teherán bombardeó el norte israelí. Israel respondió atacando distintos puntos de Irán. La rueda perfecta. La rueda de siempre. Un disparo, una represalia, otra represalia, otro comunicado, otra familia desplazada, otra aldea convertida en ruina y otra potencia occidental pidiendo “contención” mientras vende, financia, protege o justifica el incendio.
Y entonces aparece Donald Trump para decir la frase que retrata toda una época. Según el presidente estadounidense, los altos el fuego en Oriente Medio implican “disparar de forma más moderada”, no detener totalmente los combates. Ahí está. Sin máscara. La paz imperial reducida a control de daños, a dosificación de la violencia, a una especie de tarifa plana de bombardeos siempre que no incomode demasiado a los mercados, a los aliados o a los platós.
Es una frase brutal porque no es un desliz. Es una doctrina. Para quienes mandan desde Washington, un alto el fuego no tiene por qué significar que dejen de morir civiles, que dejen de caer bombas, que dejen de ser desplazadas las familias libanesas, palestinas, sirias o iraníes. Basta con que la violencia entre dentro de una intensidad tolerable. Basta con que el horror no rompa del todo el decorado diplomático.
Líbano ya conoce demasiado bien esa lógica. La conocen sus pueblos del sur, sus barrios castigados, sus familias desplazadas, sus niñas y niños creciendo entre avisos de evacuación y ruido de drones. La conocen también las trabajadoras y trabajadores que cargan con una economía destrozada mientras las élites regionales y las potencias extranjeras convierten el país en tablero. No es geopolítica sofisticada. Es capitalismo armado con pasaporte diplomático.
Porque detrás de cada palabra pulida (tregua, mediación, acuerdo duradero, estabilidad regional) hay una contabilidad mucho más cruda: 3.491 ataques aéreos, 407 demoliciones controladas, seis operaciones de arrasamiento, más de 1 millón de personas desplazadas y una quinta parte de Líbano obligada a moverse bajo la amenaza israelí desde el 2 de marzo.
Eso no es un alto el fuego. Es una guerra con oficina de prensa.
Y si el mundo acepta que la paz consiste en bombardear más despacio, entonces la paz ya no es paz: es la forma educada de llamar a la masacre.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
La injerencia nuestra de cada día: Trump mete la mano en Colombia
Trump no está “opinando” sobre Colombia. Está marcando territorio. La misma derecha que grita “soberanía” cuando gobierna la izquierda se arrodilla ante Washington cuando el amo levanta la ceja. Llaman libertad a que Estados Unidos les diga qué candidato conviene. Llaman democracia a la subordinación.
La tregua israelí en Líbano ya suma casi 3.500 bombardeos
Casi 3.500 bombardeos durante una tregua. Ese es el resumen. Israel llama alto el fuego a seguir destruyendo Líbano con otro nombre, mientras Washington convierte la paz en una cuestión de intensidad: no parar la guerra, solo hacerla más administrable. Cuando una tregua deja aldeas arrasadas, más de 1 millón de personas desplazadas y una quinta parte del país huyendo, no estamos ante un acuerdo frágil, sino ante una gran mentira.
El poder, el silencio y Canal Sur: el caso que sacude a la principal productora de la RTVA
No hablamos de una empresita cualquiera ni de un jefe cualquiera. Hablamos del CEO de la principal productora de Canal Sur, investigado por agresión sexual y acoso, al frente de una empresa participada mayoritariamente por la Junta de Andalucía y alimentada por la televisión pública. El poder siempre dice que no sabía nada cuando el escándalo ya no cabe debajo de la alfombra. Y aquí hay demasiadas alfombras, demasiados despachos y demasiadas instituciones mirando hacia otro lado.
Vídeo | Palantir en España: el contrato opaco que mete a Silicon Valley en el corazón de Defensa
Defensa entregó a una empresa nacida en el ecosistema de la CIA una pieza sensible de la inteligencia militar española, sin publicidad, con una sola oferta y bajo una capa de secreto que huele demasiado a negocio blindado.
Vídeo | Palantir en España: el contrato opaco que mete el tecnofascismo en Defensa
Mientras nos hablan de modernización, eficiencia y seguridad, el Estado español abre la puerta de su inteligencia militar a una de las empresas más vinculadas al negocio global de la vigilancia, la guerra y el poder algorítmico. Te lo contamos en #ReportajesSR. Presentado por Patricia Salvador.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir