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Mientras millones de personas pierden acceso a tierras públicas, las élites económicas cercanas a Trump amplían sus resorts de lujo sobre montañas, bosques y recursos comunes
Hay una frase que resume perfectamente lo que está pasando en Estados Unidos: la naturaleza ya no pertenece al pueblo, pertenece a quien puede comprarla. Y no es una metáfora. Está ocurriendo. Literalmente.
En Montana, en las montañas Crazy Mountains, el Gobierno estadounidense ha entregado miles de hectáreas públicas a intereses privados vinculados al exclusivo Yellowstone Club, un refugio para multimillonarios donde descansan empresarios tecnológicos, fondos de inversión y miembros de la órbita de Donald Trump.
No hablamos de un simple conflicto urbanístico. Hablamos de cómo el poder económico está colonizando territorios públicos con la bendición de quienes deberían protegerlos. Y de cómo el trumpismo ha decidido que la tierra común es un activo más para especular.
Porque cuando el secretario de Interior de Estados Unidos posee una mansión de 22 millones de dólares dentro de ese mismo club privado que se beneficia de estas decisiones… ya no existe ni el disimulo.
LAS MONTAÑAS PARA LOS RICOS, LOS RESTOS PARA EL PUEBLO
El intercambio de tierras aprobado en enero de 2025 transfirió casi 4.000 acres de suelo público a manos privadas a cambio de más de 6.000 acres de terrenos montañosos mucho más inaccesibles. Sobre el papel parece un buen negocio. En la práctica, es una trampa contable.
Las y los habitantes locales lo explican con una claridad brutal: el pueblo perdió las zonas bajas, accesibles, llenas de fauna y bosques utilizables, mientras recibió cumbres heladas prácticamente imposibles de recorrer salvo para escaladores experimentados.
La propia tasadora independiente contratada por el Servicio Forestal reconoció que algunas de las parcelas entregadas al público eran “muy empinadas y difíciles” y que una persona tendría que ser “una escaladora experta” para transitarlas.
Es decir: te quitan la tierra útil y te dejan hielo, roca y pendientes imposibles. Luego te venden el acuerdo como una mejora ambiental. Una estafa de lujo. Con lenguaje institucional.
Mientras tanto, el Yellowstone Club sigue creciendo como símbolo obsceno de una aristocracia moderna que ya ni siquiera necesita esconderse. Allí han pasado nombres como Mark Zuckerberg, Bill Gates, Tom Brady o Paris Hilton. Mansiones privadas, pistas de esquí exclusivas, campos de golf, cine privado y parcelas de hasta 10 millones de dólares.
Todo levantado sobre terrenos que décadas atrás fueron públicos.
Y ahora quieren más.
Más montañas. Más agua. Más silencio. Más exclusividad.
El problema nunca es suficiente dinero. El problema es que el capitalismo convierte cualquier límite en una invitación a devorarlo.
EL TRUMPISMO COMO GESTOR DE LOS INTERESES DE LOS MILMILLONARIOS
La pieza más obscena de esta historia tiene nombre y apellido: Doug Burgum.
El hombre encargado de administrar alrededor de 500 millones de acres de tierras federales posee propiedades dentro del Yellowstone Club y mantiene intereses económicos en el complejo mientras impulsa políticas favorables a la explotación y privatización de suelo público.
Ni siquiera se molestó en desprenderse de esas inversiones al entrar en el cargo.
Y mientras tanto, la Administración Trump impulsa recortes de 1.000 millones de dólares al presupuesto de Parques Nacionales, abre Alaska a nuevas perforaciones de petróleo y elimina protecciones ambientales que impedían nuevas carreteras y talas masivas en cerca de 60 millones de acres protegidos.
Todo encaja demasiado bien.
La naturaleza deja de ser un derecho colectivo para convertirse en un producto premium. Un parque temático privado para fondos de inversión y oligarcas tecnológicos. El resto podrá mirar desde la valla. Si tiene suerte.
Porque eso es lo verdaderamente inquietante de esta historia: no se trata solo de Montana. Los propios activistas ambientales advierten de que las Crazy Mountains son un “presagio” de lo que viene para el resto del país.
Y cuesta no ver el patrón.
Primero llegan los discursos sobre “desarrollo”, “vivienda asequible” o “modernización”. Después aparecen los despachos, las recalificaciones y los fondos de inversión. Luego desaparecen los caminos públicos. Más tarde llegan los resorts de lujo, los campos de golf y las urbanizaciones blindadas.
Siempre igual.
El capitalismo tardío ya ni siquiera necesita fábricas para expulsar a la gente de sus territorios. Ahora basta con convertir montañas enteras en experiencias exclusivas para ricos aburridos.
La población local de Montana lo está viendo delante de sus ojos. Gente que lleva generaciones viviendo allí observa cómo sus rutas históricas desaparecen, cómo se bloquean senderos usados durante más de un siglo y cómo las instituciones miran hacia otro lado mientras los multimillonarios compran cordilleras completas.
Y lo más grave quizá sea otra cosa: la resignación institucional. Más de dos tercios de los comentarios públicos enviados contra el acuerdo se opusieron al intercambio de tierras. Aun así, el proyecto salió adelante.
La ciudadanía habló. El poder económico decidió.
Eso también es trumpismo. No solo los discursos ultras o las banderas gigantes. También esto. Convertir lo común en mercancía mientras llaman “libertad” al privilegio de unos pocos para apropiarse de todo.
Porque al final el mensaje es clarísimo: si eres multimillonario puedes comprar montañas, influir en gobiernos y redibujar el acceso a la naturaleza. Si eres una persona normal, te tocará caminar 22 millas cuesta arriba para acceder a unas tierras que antes eran tuyas.
Y todavía tendrán la desvergüenza de decirte que el problema es el déficit público.
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